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Bad Boys: Ride or Die (2024) y el ocaso de la gran acción popular

Hubo una época en la que el cine de acción norteamericano no necesitaba justificarse. Era un género orgulloso de sí mismo, consciente de sus excesos, de su condición espectacular y de su capacidad para generar imágenes destinadas a permanecer en la memoria colectiva durante décadas. Las persecuciones de William Friedkin, la fisicidad casi mitológica de John McTiernan, la precisión mecánica de James Cameron o la exuberancia visual del primer Michael Bay construían un lenguaje cinematográfico reconocible, imperfecto en ocasiones, pero profundamente cinematográfico. Cada director poseía una personalidad visual tan marcada que bastaban unos pocos planos para identificar su firma.

Ver hoy Bad Boys: Ride or Die supone enfrentarse a una realidad muy distinta. No porque la película dirigida por Adil El Arbi y Bilall Fallah sea un desastre, ni mucho menos. De hecho, posee momentos de energía genuina, algunos hallazgos visuales estimables y una voluntad evidente de evitar la apatía industrial que caracteriza a buena parte de las superproducciones contemporáneas. El problema es que esos destellos aparecen atrapados dentro de una película incapaz de decidir qué quiere ser realmente y que termina funcionando como una curiosa amalgama de influencias incompatibles.

Por momentos parece una versión domesticada del Michael Bay de los noventa, obsesionada con los movimientos de cámara imposibles, los contraluces dorados, los personajes caminando hacia la lente como si cada desplazamiento requiriese una entrada triunfal. En otros instantes surge una comicidad física y exagerada que recuerda vagamente a John Landis, aunque desprovista de la elegancia narrativa y el sentido del caos que distinguían al director de The Blues Brothers. Incluso aparecen secuencias donde la cámara adopta perspectivas extremas y movimientos frenéticos que parecen querer evocar al Sam Raimi de Posesión infernal, pero filtrado a través de una sensibilidad contemporánea mucho más preocupada por la superficie estética que por la construcción de una auténtica personalidad visual.

Bad Boys: Ride or Die (2024)

El resultado de esta mezcla resulta revelador. Es como si tres tradiciones cinematográficas profundamente diferentes hubiesen sido introducidas en una misma coctelera para terminar cubiertas por una capa uniforme de estética streaming. Esa estética que domina gran parte del entretenimiento audiovisual contemporáneo y que convierte cualquier exceso visual en un producto extrañamente homogéneo. Todo parece moverse mucho. Todo parece querer impresionar constantemente. Todo parece diseñado para mantener la atención del espectador. Sin embargo, muy pocas imágenes permanecen en la memoria una vez concluye la proyección.

Quizá ahí resida uno de los problemas fundamentales del cine de acción actual. Durante décadas, las mejores películas del género construían secuencias concebidas para ser recordadas. La persecución bajo el tren de French Connection, el asalto al Nakatomi Plaza de La jungla de cristal, la llegada al puente en Mentiras arriesgadas o la persecución por San Francisco de Bullitt siguen existiendo como fragmentos autónomos dentro de la historia del cine. Hoy, en cambio, muchas producciones parecen más preocupadas por mantener una estimulación constante que por crear momentos verdaderamente memorables.

Bad Boys: Ride or Die ilustra perfectamente esta transformación. La película nunca resulta ofensiva para la inteligencia del espectador. Su ritmo es eficaz, la química entre Will Smith y Martin Lawrence continúa funcionando y algunos pasajes poseen una energía contagiosa. Sin embargo, al terminar la proyección queda una sensación extraña de vacío. Como si el film hubiese conseguido entretener durante algo más de dos horas sin llegar a generar una implicación emocional auténtica. Como si cada secuencia estuviese diseñada para producir una reacción inmediata, pero no una huella duradera.

Esta sensación se vuelve especialmente evidente en el modo en que la saga parece intentar aproximarse al modelo contemporáneo popularizado por Fast & Furious. Las primeras entregas de Bad Boys giraban esencialmente alrededor de una amistad. La escala podía crecer, los presupuestos podían aumentar y las explosiones podían multiplicarse, pero el centro emocional seguía siendo la relación entre dos personajes. Las películas recientes parecen convencidas de que toda franquicia moderna necesita convertirse en una especie de familia expandida, un colectivo de aliados recurrentes destinado a sostener futuras entregas, derivados y posibles expansiones narrativas.

Bad Boys: Ride or Die (2024)

Sobre el papel la estrategia resulta comprensible. Comercialmente parece lógico aspirar a reproducir la fórmula de una de las sagas más rentables del siglo XXI. Sin embargo, lo que funciona en una franquicia no necesariamente funciona en otra. Fast & Furious acabó construyendo una mitología propia, por absurda que esta pudiera resultar en ocasiones. En Bad Boys, por el contrario, la ampliación constante del reparto transmite la impresión de diluir aquello que hacía especial a la serie. Cuantos más personajes orbitan alrededor de Mike Lowrey y Marcus Burnett, menos relevante parece el vínculo que durante décadas constituyó la verdadera razón de ser de la franquicia.

Tal vez por eso el resultado final deja una impresión tan tibia. No porque la película fracase de manera espectacular. De hecho, su problema es precisamente el contrario. Funciona. Cumple. Entretiene. Avanza con profesionalidad de una secuencia a otra. Pero rara vez alcanza esa dimensión casi física que poseían las mejores obras del género. Aquella capacidad para provocar en el espectador el deseo inmediato de regresar a ese universo, de reencontrarse con esos personajes o de contemplar nuevamente una escena concreta.

Al concluir Bad Boys: Ride or Die uno no siente rechazo hacia la película. Tampoco entusiasmo. Lo que permanece es una cierta indiferencia melancólica, la sensación de haber asistido a una obra competente nacida en una época donde la acción parece haber perdido parte de su identidad. Una película que intenta mirar simultáneamente hacia Michael Bay, John Landis, Sam Raimi y el modelo industrial contemporáneo sin terminar de encontrar una voz propia entre tantas referencias.

bad boys ride or die 2024

Quizá ese sea el verdadero signo de los tiempos. Ya no vivimos una era donde las grandes producciones aspiran a convertirse en clásicos. Vivimos una era donde aspiran, sobre todo, a seguir existiendo. Y entre ambas ambiciones existe una diferencia mucho más profunda de lo que suele parecer.

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