De aliens, moscas y sueños imposibles: el fantástico de 1986 cumple cuarenta años

Hubo un año en el que el cine fantástico no necesitó pedir permiso. Un año en el que la ciencia ficción, el terror y la fantasía se mezclaron con la cultura popular, los videoclubs y las pesadillas adolescentes. 1986 no fue solo un gran año: fue un punto de no retorno.

En un Hollywood que empezaba a medirlo todo en cifras, aún quedaba espacio para el riesgo, para la imaginación desbordada y para películas que no sabían —ni querían saber— si estaban destinadas al éxito o al culto. Cuatro décadas después, estas obras no han envejecido: han mutado, como buenas criaturas del género.


Aliens: El regreso

James Cameron convirtió el terror claustrofóbico de Ridley Scott en una ópera bélica de acero y sudor. Ripley ya no huye: combate. Y al hacerlo, redefine para siempre el heroísmo femenino en el cine comercial. Que Sigourney Weaver fuera nominada al Oscar no fue una anomalía, fue un aviso que Hollywood decidió ignorar durante décadas.

Carretera al infierno

Rutger Hauer se convirtió aquí en una fuerza abstracta, casi metafísica. No un villano, sino una idea: la del mal que aparece cuando decides recoger a un desconocido en mitad de la nada. Un thriller seco, polvoriento y cruel, heredero directo de la serie B más áspera.

Cortocircuito

En los ochenta, los robots aún podían ser inocentes. Número 5 no quería destruir el mundo, quería entenderlo. Esta fantasía tecnológica hablaba, sin saberlo, del miedo a que las máquinas aprendieran demasiado… y del deseo humano de que aprendieran a sentir.

Critters

Gamberra, descarada y orgullosamente derivativa. Donde Gremlins jugaba a ser traviesa, Critters se entregaba al caos. Pequeños monstruos como dibujos animados con hambre, una fiesta de serie B que nunca pidió perdón.

Cuando el viento sopla

Pocas películas han sido tan dulces y tan devastadoras al mismo tiempo. Una historia animada sobre el fin del mundo vivida desde la ingenuidad de quienes confiaron demasiado en los manuales oficiales. El verdadero terror nuclear fue este.

Dentro del laberinto

Jim Henson construyó un cuento sobre crecer sin darte cuenta. Jennifer Connelly cruzaba un umbral simbólico mientras David Bowie, imposible y eterno, convertía el deseo en canción. El fracaso inicial fue solo una anécdota: el mito estaba servido.

El terror llama a su puerta

Fred Dekker entendió algo esencial: el terror también puede ser una fiesta. Parásitos cerebrales, zombis y un lanzallamas bastan cuando el amor por el género es auténtico y sin complejos.

El vuelo del navegante

La ciencia ficción familiar también supo ser melancólica. Un niño que regresa a casa y descubre que el tiempo no lo esperó. Bajo su envoltorio Disney, esta película hablaba de la pérdida y del precio invisible del asombro.

Golpe en la pequeña China

John Carpenter riéndose de todos, incluido de sí mismo. Un héroe que cree serlo y no lo es tanto, un cóctel imposible de géneros y un Kurt Russell en estado de gracia. El cine de culto suele nacer así: incomprendido.

House, una casa alucinante

Terror doméstico convertido en parque de atracciones. Monstruos, traumas y humor negro conviviendo en una misma sala de estar. Una película que entendió que el miedo también puede ser catártico.

Howard, un nuevo héroe

El gran error de los ochenta. Y precisamente por eso, fascinante. Un delirio que casi arruina a George Lucas y dejó claro que incluso los imperios creativos también tropiezan.

La mosca

Cronenberg tocó la perfección. Amor, enfermedad y cuerpo como campo de batalla. Nunca una historia de terror fue tan romántica, ni tan insoportablemente humana. El Oscar al maquillaje fue solo una formalidad.

La tienda de los horrores

Comedia negra, musical y pesadilla botánica. Una planta carnívora como metáfora del deseo desmedido. Frank Oz logró que el horror cantara… y sonara pegadizo.

Los inmortales

Espadas, siglos y Queen. Una mitología imposible contada como un videoclip eterno. Solo podía quedar una… pero quedaron muchas secuelas. El mito, eso sí, ya estaba escrito.

Re-Sonator

Lovecraft, ciencia y deseo. Stuart Gordon empujó el cuerpo más allá de lo recomendable con una serie B orgullosa de serlo. Barbara Crampton se convirtió aquí en icono definitivo.

Star Trek IV: Misión salvar la Tierra

Viajar al pasado para salvar el futuro. Humor, ecologismo y humanidad en la entrega más luminosa de la tripulación original. Star Trek entendió aquí su corazón.

Tras el cristal

El debut de Agustí Villaronga fue un golpe seco. Cine incómodo, oscuro y necesario. No todas las pesadillas vienen del espacio: algunas habitan en nuestra historia reciente.


1986 no fue solo un año prolífico. Fue el momento en el que el cine fantástico dejó de ser un género menor para convertirse en un espejo deformado, pero honesto, de nuestros miedos, deseos y contradicciones. Cuarenta años después, seguimos mirando dentro.

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