De nuevo El misterio de la épica madridista: Gol de Antonio «Ramiger» en el 115

El misterio de la épica madridista: un pacto con la eternidad

La épica es un fenómeno que en el fútbol encuentra su refugio más fiel en el Real Madrid. Es un pacto no escrito entre la historia y el presente, entre los dioses de la pelota y un equipo que, cuando parece sucumbir ante el peso de la derrota, se yergue como si respondiera a un conjuro ancestral.

La noche del último prodigio, en una Copa del Rey que se debatía entre la locura y la hazaña, volvió a ser testigo de este rito místico. El marcador oscilante, el desespero de un equipo que jugaba con el destino en contra, y de pronto, el tiempo y la razón se fracturan. Minuto 115. Un córner. Un salto que desafía el cansancio y la lógica. Y de nuevo, la gloria.

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Antonio Rüdiger, como si una sombra espectral le susurrara los designios de la historia, se elevó en el aire y martilló el balón con la misma contundencia con la que Sergio Ramos lo hiciera tantas veces en el pasado. El Madrid, otra vez, transformaba la angustia en júbilo. Otra vez, en el último suspiro, cuando el rival siente la victoria a su alcance, el aire se enrarece y la energía del Bernabéu –invisible pero tangible– impregna a los suyos y vampiriza a los otros.

No se trata solo de fe ni de azar. Es un fenómeno cuasi metafísico, una danza con lo irreal que, sin embargo, se repite con una constancia científica. Lo ha vivido la Juventus en Turín, el Bayern en Múnich, el PSG en el Parque de los Príncipes, el Atlético de Madrid en mil batallas. Lo vivió ahora la Real Sociedad, que tras haber gobernado el encuentro en tramos interminables, vio cómo el Madrid le arrebataba la victoria en la penumbra de la prórroga, como un ladrón de sueños que siempre sabe dónde y cuándo golpear.

En esos instantes donde la razón claudica, el rival percibe un escalofrío. Una certeza cruel: el Madrid no muere, nunca muere. Y es entonces cuando sus piernas pesan, cuando su ímpetu decae, cuando su espíritu se rinde a una fatalidad inexorable. Lo que para cualquier otro equipo sería un último intento desesperado, para el Real Madrid es la manifestación natural de su destino. No es resistencia, es certeza; no es una casualidad, es una tradición.

01715153130718-fotor-2025040272453-1024x576 De nuevo El misterio de la épica madridista: Gol de Antonio "Ramiger" en el 115

Los griegos hablaban del concepto de ananké, la fuerza inevitable que gobierna el cosmos, el destino escrito al que nadie puede escapar. Quizás en el fútbol, el Madrid haya pactado con esa fuerza. Quizás haya encontrado la grieta en la realidad por donde filtrarse y desafiar las reglas de lo establecido. No es solo el talento de sus jugadores, ni la estrategia de su entrenador, ni la energía de su estadio. Es algo más. Algo que late en la camiseta blanca como un eco de todas sus gestas, de todas sus noches en las que, contra todo pronóstico, la épica vuelve a renacer.

Y así, el Real Madrid continúa su marcha, acumulando en su estela los suspiros de los rivales vencidos, las lágrimas de los que ya saben, incluso antes del pitido final, que no podrán huir de lo inevitable. Porque la historia no se escribe con lógica. Se escribe con fe. Y la fe, en el fútbol, lleva el escudo del Real Madrid.

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