El desprecio a la emoción: por qué el cine eterno ha sido expulsado del gusto contemporáneo

Algo profundamente revelador ha ocurrido en el ecosistema del cine contemporáneo: el cine auténtico —el clásico en el sentido más noble del término, no como museo sino como pulsión viva— ha dejado de existir para el gusto dominante del teórico cinéfilo actual. No porque haya desaparecido del todo, sino porque ya no resulta deseable. No genera prestigio. No provoca conversación académica. No sirve para afilar el ego intelectual ni para ocupar columnas con terminología ampulosa. Emocionar, hoy, es sospechoso.

El cine que perdura —ese que cuenta historias con personajes que se adhieren a la piel, que construye una puesta en escena clara, artística y sutil, donde la emoción no es una consecuencia sino el centro mismo de la acción— ha sido desplazado por otro tipo de objeto fílmico: uno más interesado en demostrar que en conmover. El plano ya no busca tocar, sino justificar su existencia. La película ya no quiere quedarse en la memoria del espectador, sino en el currículum del crítico.

La causa no es únicamente estética, sino moral y cultural. Existe un rechazo casi militante a todo lo que huela a clasicismo narrativo, como si la claridad fuese una forma de pereza y la emoción directa un pecado de ingenuidad. El cine clásico —el de verdad— ha sido caricaturizado como algo rancio, conservador, incapaz de dialogar con el presente. Y esa caricatura ha sido útil para levantar, en oposición, una falsa idea de modernidad: tramas artificiosas, estructuras fragmentadas por sistema, géneros mezclados no por necesidad expresiva, sino por la ansiedad de resultar “interesantes”.

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Este nuevo gusto dominante encuentra placer en el morbo, en la complejidad impostada, en la confusión elevada a valor estético. Son películas que se ven como se resuelve un enigma, no como se vive una experiencia. Ganan festivales, copan titulares, generan debates inflamados… y a los dos años se disuelven en el olvido colectivo. Se convierten en fantasmas culturales: obras que existieron para ser defendidas, no para ser recordadas. Nadie las vuelve a ver. Nadie las cita con amor. Nadie las hereda.

El papel de cierta crítica ha sido decisivo en este proceso. Una crítica cada vez más snobista, más preocupada por diferenciarse del espectador común que por dialogar con él. Para este discurso, amar lo clásico implica una falta de sofisticación, una renuncia al futuro. Así, se construye un relato tramposo: el progreso pasa por lo neo-moderno, por una supuesta nueva vanguardia que se presenta como heredera de la Nouvelle Vague, pero sin su bagaje cultural, sin su amor profundo por la historia del cine, sin su conciencia crítica real.

La Nouvelle Vague original amaba el cine hasta el delirio. Conocía sus reglas para romperlas. Reverenciaba a Hawks, Ford o Hitchcock mientras los descomponía desde dentro. Lo que hoy se vende como revolución carece, en muchos casos, de esa base. Es una modernidad sin raíces, un gesto sin genealogía. Cine que quiere parecer nuevo, no serlo. Cine que confunde ruptura con desorden y audacia con desdén por el espectador.

En este contexto, el cine de emoción limpia, de personajes bien construidos, de puesta en escena invisible pero precisa, resulta incómodo. No permite al crítico exhibirse. No necesita ser explicado. Funciona en un nivel primario y profundo, allí donde el cine siempre fue más peligroso: en la intimidad del sentimiento. Por eso se le margina

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