El tiempo detenido en la mirilla: relectura de The Jackal (1997)

Hay películas que no fracasan ni triunfan: simplemente esperan. The Jackal llegó a las salas en 1997 envuelta en el ruido funcional del thriller industrial de gran estudio, sin provocar escándalo ni devoción. La crítica norteamericana de entonces fue, en general, tibia y algo ingrata: se le reprochó su condición de remake libre de The Day of the Jackal, su dependencia del star system y una puesta en escena considerada correcta pero poco audaz. Era, decían, un producto eficaz y olvidable. Y, sin embargo, casi tres décadas después, ese mismo “correcta pero poco audaz” se revela como una virtud inesperada.

jackal1997_pic01-1024x434 El tiempo detenido en la mirilla: relectura de The Jackal (1997)

Vista hoy, The Jackal posee una fuerza que en su estreno pasó desapercibida, quizá porque el cine comercial todavía no había entrado en su fase más áspera y literal. La película se permite algo que el thriller contemporáneo parece haber olvidado: una puesta en escena que no pide perdón por ser cine. La fotografía, la iluminación y el tratamiento del color trabajan desde una estilización clásica, con sombras que modelan los rostros y una paleta cromática que no aspira a parecer “real”, sino significativa. No hay aquí esa obsesión actual por lo documental, por la textura gris y neutra que confunde gravedad con ausencia de mirada. The Jackal pertenece a una era donde lo artístico aún dominaba lo banal, donde el encuadre pensaba antes de correr y la luz narraba tanto como el diálogo.

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Pero si hay algo que hoy deslumbra con una claridad casi melancólica es la colisión de sus dos astros. Bruce Willis y Richard Gere, en pleno dominio de su carisma, representan una forma de entender la estrella de cine que hoy roza la extinción. Cuando comparten plano —cuando se persiguen, se miden, se intuyen— el tiempo parece detenerse. No es solo una cuestión de presencia física o de fama acumulada: es la sensación de estar ante intérpretes que saben ocupar el espacio, que entienden el silencio y que convierten el duelo en coreografía invisible. En esos momentos, The Jackal deja de ser un thriller y se convierte en una demostración pura de magia cinematográfica.

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La dirección, deliberadamente carente de alardes autorales, responde a una lógica industrial hoy casi desaparecida: claridad, ritmo, eficacia. No busca imponer un sello personal ni subrayar su importancia; se limita a contar bien una historia, a sostener la tensión y a servir a sus actores. Paradójicamente, esa modestia formal resulta hoy refrescante en un panorama saturado de “estilos” forzados y artificios digitales que envejecen antes que sus propios estrenos.

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The Jackal no es —ni pretende ser— una obra mayúscula. No reescribe el género ni aspira a la veneración canónica. Pero es una de esas películas que, al terminar, dejan una sensación de plenitud serena: la de haber asistido a un relato bien construido, con imágenes que pesan y rostros que permanecen. Y, quizá por eso mismo, es también una película a la que uno no tendría ningún reparo en volver. Porque hay filmes que se revisitan por nostalgia… y otros, como este, porque el tiempo, al fin, ha aprendido a mirarlos mejor.

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