Tiempo de lectura: 13 minutos — por LucenPop
las 7

Eleine Marlowe y el pueblo de las siete sombras

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Eleine Marlowe y el pueblo de las siete sombras

Eleine Marlowe y el pueblo de las siete sombras

Capítulo I: El tren hacia ninguna parte

La luz verde del viejo neón de Sprite seguía entrando por la ventana del apartamento de Eleine Marlowe como una presencia doméstica, como un fantasma amable que nunca se marchaba del todo.

Era ya de madrugada en Chicago.

El agua de la bañera comenzaba a enfriarse lentamente, y sobre la pequeña mesa de madera descansaban dos objetos que parecían definir con bastante exactitud el carácter de su propietaria: una copa de Old Fashioned medio vacía y una pistola automática cuidadosamente desmontada, aún húmeda por el aceite de limpieza.

Jazz, el gato gris de ojos imposibles, dormía sobre una silla junto a la ventana, vigilando con esa autoridad silenciosa que sólo poseen los animales y los ancianos.

La noche había sido tranquila.

Demasiado tranquila.

Por eso, cuando llamaron a la puerta, Eleine no sintió sorpresa.

Sintió curiosidad.

El visitante no era John Ford.

Eso habría sido demasiado teatral incluso para él.

Era su asistente.

Un hombre flaco, perfectamente afeitado, vestido con un traje gris tan impecable que parecía recién planchado dentro de la propia Los Ángeles.

Le entregó una tarjeta.

Sólo una línea:

«El señor Ford necesita sus servicios. Paramount Studios. Urgente.»

Debajo, una hora.

Y un billete de tren.

Eleine ni siquiera preguntó por qué.

Las mejores historias nunca empiezan explicándose.

Empiezan llamando a la puerta.

Dos días después, el tren cruzaba lentamente los desiertos de Arizona.

La geografía americana cambiaba con la lentitud de una gran película.

Los rascacielos habían quedado atrás.

Ahora el mundo estaba hecho de roca roja, cactus inclinados, mesetas inmensas y un cielo tan grande que parecía dispuesto a tragarse cualquier pensamiento.

A Eleine siempre le habían gustado los trenes.

No por romanticismo.

Por anonimato.

En un tren uno podía ser cualquiera.

Una viuda.

Una cantante.

Una fugitiva.

Una detective privada que viajaba sola con una maleta pequeña, un revólver moderno y demasiadas preguntas.

Cuando la avería llegó, lo hizo con un sonido seco.

Una sacudida.

Un largo gemido metálico.

Y luego el silencio.

El convoy quedó detenido en mitad de ninguna parte.

Una estación perdida llamada Wickenburg, más polvo que pueblo.

El revisor anunció las opciones como si ofreciera postres:

esperar varios días a la reparación;

esperar un autobús que quizá llegaría;

o alquilar un caballo y cabalgar hasta Williams, donde otro tren podría llevarlos a California.

La mayoría eligió la paciencia.

Eleine eligió el caballo.

Cabalgó toda la tarde.

Luego toda la noche.

El desierto se convirtió lentamente en montaña.

La montaña en bosque.

Y el bosque en nieve.

Eso fue lo que más la sorprendió.

La nieve.

No esperaba encontrar invierno en Arizona.

Pero allí estaba.

Cayendo lentamente sobre los pinos negros como una advertencia.

El frío empezó a morderle los dedos.

Su caballo resoplaba vapor.

Y entonces, entre la ventisca, lo vio.

Un pueblo.

No un pueblo moderno.

Un pueblo detenido.

Congelado en otro siglo.

Una calle principal de barro endurecido.

Faroles de queroseno.

Acera de madera.

Un establo.

Una herrería.

Una pequeña escuela blanca.

Y al fondo, dominándolo todo como una catedral pagana del Oeste…

el saloon.

Un edificio de madera de dos plantas, con balcones y puertas batientes.

Sobre ellas, un letrero desgastado:

The Widow’s Rest.

El descanso de la viuda.

Un nombre poco tranquilizador.

Dentro olía a madera vieja, café recalentado y humo de chimenea.

Un matrimonio mayor regentaba el lugar.

Martha Boone y Elias Boone.

Ella, dura como cuero seco.

Él, más silencioso que una tumba.

Le ofrecieron una habitación en la planta superior.

Una cama estrecha.

Agua caliente limitada.

Y una advertencia.

—No salga después de medianoche.

Eleine sonrió.

Siempre sonreía cuando alguien le decía exactamente qué no debía hacer.

Fue pasada la medianoche cuando las escuchó.

Caballos.

Siete.

No había que ser detective para saber contarlos.

Las pezuñas resonaron sobre la nieve con una cadencia marcial.

Luego las puertas del saloon se abrieron de golpe.

El viento helado entró primero.

Ellas después.

Siete mujeres.

Vestidas como pistoleros.

Gabardinas largas.

Sombreros bajos.

Botas de montar.

Pero cuando sus abrigos se abrieron…

apareció la otra verdad.

Encajes.

Corsés.

Medias negras.

Piel.

Una de ellas incluso mostraba el torso desnudo bajo la gabardina, cubierta sólo por un cinturón de balas.

No eran prostitutas.

No exactamente.

Tampoco eran pistoleras.

Eran ambas cosas.

Y algo peor.

Al frente iba Virginia James.

Alta.

Rubia.

El rostro tallado por la belleza y la violencia.

Decían que era hija bastarda de Jesse James.

Decían también que había aprendido a disparar antes que a leer.

Y mirándola, Eleine decidió que ambas cosas podían ser verdad.

Virginia no gritó.

No hacía falta.

Simplemente extendió la mano.

Los pocos clientes entregaron dinero, relojes, llaves.

Todo.

Con la obediencia de quien ya ha perdido demasiadas veces.

Más tarde, en voz baja, Elias Boone le contó la historia.

Había sido un pueblo minero.

Hubo oro.

Hubo esperanza.

Luego llegaron aquellas mujeres.

Primero para entretener.

Después para gobernar.

Ahora los hombres trabajaban para ellas.

Excavaban.

Cocinaban.

Pagaban.

Callaban.

Y cuando ya no pudieron soportarlo…

reunieron lo poco que tenían y contrataron a un hombre.

O a una leyenda.

—¿Quién? —preguntó Eleine.

Elias miró hacia la ventana.

Como si temiera que pudiera oírle.

—El jinete sin nombre.

El viento golpeó el cristal.

La chimenea crepitó.

Y por primera vez en mucho tiempo…

Eleine sintió un escalofrío que no venía del frío.

Aquella noche no durmió.

Desde la ventana de su cuarto observó la calle nevada.

Vacía.

Blanca.

Silenciosa.

Hasta que, poco antes del amanecer…

una figura apareció al fondo del pueblo.

Montada sobre un caballo oscuro.

Larga silueta.

Sombrero bajo.

Abrigo negro.

Quieto.

Mirando hacia el saloon.

Como si hubiese cabalgado desde otro tiempo.

O desde la muerte.

Eleine entrecerró los ojos.

No podía verle el rostro.

Pero supo dos cosas.

La primera:

acababa de llegar el hombre más peligroso que había conocido jamás.

La segunda:

por alguna razón que todavía no entendía…

quería conocerlo.

Capítulo II: El hombre que cabalgaba entre los muertos

La figura apareció y desapareció con la misma lógica con la que desaparecen ciertas certezas: sin aviso, sin explicación y dejando tras de sí una perturbación difícil de nombrar. Eleine permaneció largo rato inmóvil junto a la ventana de su pequeña habitación en el piso superior del saloon, observando la calle principal del pueblo como si esperara que aquella silueta oscura, suspendida unos minutos antes entre la nieve y la noche, decidiera reaparecer para explicarse. Pero el jinete se había disuelto en la tormenta como un pensamiento incómodo. Allí abajo solo quedaba el pueblo: la calle blanca, los porches vacíos, el crujido de alguna madera vencida por el hielo y un viento que parecía haber aprendido a silbar nombres olvidados.

No fue exactamente inquietud lo que la mantuvo inquieta, sino algo más antiguo y menos razonable: intuición. La misma sensación que años atrás la había llevado a seguir a un senador corrupto hasta un motel en Milwaukee o a descubrir, antes que la policía, que un pianista de jazz había asesinado a su propia esposa en un apartamento de Hyde Park. Aquella vibración interior que, en su oficio, distinguía a los investigadores mediocres de quienes vivían demasiado cerca del abismo.

Amaneció con una claridad cruel.

El sol iluminó la nieve con una violencia casi ofensiva, como si quisiera ridiculizar los secretos de la noche anterior. Desde la ventana, el pueblo parecía incluso hermoso: las chimeneas arrojaban columnas de humo azul, las fachadas de madera resplandecían bajo el hielo, y las montañas que lo rodeaban lo aislaban del mundo con la solemnidad de una muralla natural. Era un paisaje de calendario, de esos que invitan al descanso. Pero Eleine sabía —y el lector también comenzaba a comprenderlo— que bajo aquella apariencia latía una podredumbre mucho más profunda que la simple injusticia de un puñado de forajidas.

Bajó al salón principal.

El calor de la chimenea la recibió como un animal doméstico. El matrimonio Boone ya estaba despierto. Martha, de pie tras la barra, parecía haber envejecido una década desde la noche anterior; Elias removía unas brasas con la lentitud de quien lleva demasiado tiempo asistiendo a su propia derrota.

—Lo vio, ¿verdad? —preguntó Martha finalmente, sin apartar la vista de la cafetera.

Eleine no fingió ignorancia.

—Lo vi.

La mujer asintió, pero no como quien confirma una noticia, sino como quien valida una superstición heredada.

—Entonces ya sabe que esto va a terminar pronto.

Aquella frase intrigó a Eleine más que cualquier amenaza de las siete pistoleras.

Porque los pueblos pequeños poseen una cualidad casi religiosa: cuando sus habitantes hablan de leyendas, no lo hacen como quien habla del pasado, sino como quien se refiere a una presencia todavía activa.

Decidió salir.

Quería ver el pueblo de día, tocarlo, entender su disposición física como se entiende un tablero antes de una partida difícil. Caminó lentamente por la calle principal, dejando que sus botas quebraran la costra de nieve. A su derecha, la vieja escuela protestante; a su izquierda, un taller de ruedas abandonado; más allá, una herrería cuya fragua parecía llevar años apagada. Todo olía a humo, madera húmeda y resignación.

Fue entonces cuando vio a los hombres.

Mineros.

O lo que quedaba de ellos.

Entraban y salían de una vieja galería excavada en la ladera norte, llevando herramientas, cajas, sacos. Sus movimientos eran lentos, mecánicos. Ninguno levantaba demasiado la cabeza. Algunos eran jóvenes. Otros, demasiado viejos para seguir trabajando allí. Todos tenían el mismo gesto vacío, el mismo cansancio mineral en el rostro.

Eleine comprendió entonces algo que Elias Boone no le había contado.

Aquello no era una extorsión.

Era esclavitud.

Y esa certeza hizo que el caso dejara de parecerle ajeno.

No era su pueblo.

No era su guerra.

Pero ya empezaba a ser su problema.

La primera de las siete en aparecer durante el día fue Sadie Crow.

La joven estaba apoyada contra un poste de madera, fumando con una elegancia que parecía ensayada. Sin el abrigo de la noche anterior, resultaba incluso más perturbadora. Llevaba pantalones de montar ajustados, camisa blanca abierta en exceso y una chaqueta corta de cuero desgastado. Tenía ese tipo de belleza que no se disculpa: demasiado consciente de sí misma para resultar inocente.

—Le advertí que tuviera cuidado —dijo con una media sonrisa.

Eleine se detuvo a unos pasos.

—Y yo le advertí que no me marcho fácilmente.

Sadie dejó caer la ceniza al suelo y avanzó un poco.

—No debería estar aquí cuando llegue Virginia.

—¿Y por qué?

La muchacha inclinó ligeramente la cabeza, observándola con una mezcla de curiosidad y deseo que no se molestó en disimular.

—Porque a veces uno confunde valentía con atractivo.

El comentario habría incomodado a otra mujer.

A Eleine le arrancó una sonrisa.

—Y otras veces —respondió— uno confunde deseo con amenaza.

Sadie sostuvo la mirada un instante demasiado largo.

Luego sonrió.

Era una sonrisa triste.

—Quizá aquí ambas cosas sean lo mismo.

Y se marchó.

Dejando en el aire una sensación incómoda, como una posibilidad no resuelta.

El cadáver apareció antes del mediodía.

Uno de los mineros colgaba del campanario de la escuela, balanceándose suavemente sobre la nieve intacta. El viento agitaba sus botas como si el muerto quisiera volver a caminar.

La nota clavada en su pecho era simple:

Así terminan los traidores.

Eleine examinó el cuerpo con la frialdad profesional que la caracterizaba. Pero lo que le llamó la atención no fue el mensaje.

Fue la precisión.

La cuerda estaba anudada con técnica militar.

El cuchillo era europeo.

Y la víctima tenía las manos destrozadas.

No por golpes.

Por trabajo reciente.

Aquel hombre había excavado algo.

Algo importante.

Y había muerto antes de contarlo.

Aquella noche volvió al saloon con el cuerpo cansado y la mente demasiado activa.

Y allí estaba él.

El jinete.

Sentado solo en el rincón más oscuro, como si el local hubiera sido construido alrededor de su silencio.

No llevaba el abrigo.

Eso permitió a Eleine observarlo mejor.

Era un hombre alto, más de lo que había calculado la noche anterior, con hombros anchos y una delgadez engañosa, la de quienes parecen hechos de cuerda y hierro. El rostro estaba curtido por demasiados inviernos. Los ojos, claros y profundamente cansados, poseían la extraña serenidad de quienes han dejado de temer a la muerte porque hace tiempo la aceptaron como compañía.

Se acercó.

Se sentó frente a él.

Ninguno habló durante unos segundos.

El silencio no era incómodo.

Era una prueba.

Finalmente, Eleine dijo:

—No parece sorprendido de verme.

El hombre levantó el vaso de whisky.

—Tampoco usted de verme a mí.

La voz era grave, erosionada, con esa sequedad del Oeste que convierte cualquier frase en sentencia.

—¿Quién es usted? —preguntó ella.

Él dejó el vaso sobre la mesa con delicadeza.

—Depende de quién pregunte.

—Hoy pregunto yo.

Él la observó largo rato.

Luego dijo:

—Soy el hombre que llaman cuando la ley llega demasiado tarde.

Eleine sostuvo su mirada.

No era una respuesta.

Era una confesión.

Y había en ella algo inquietantemente atractivo.

Sintió, contra toda lógica, una oleada de deseo.

No era romántico.

Era otra cosa.

Una fuerza antigua.

Animal.

El tipo de atracción que aparece cuando dos depredadores se reconocen.

Él pareció advertirlo.

Y no apartó la mirada.

Eso empeoró las cosas.

—No salga esta noche —dijo finalmente.

—Ya me lo han dicho.

Esta vez sí sonrió.

Una sonrisa mínima.

Peligrosa.

—Esta vez no es una advertencia.

Es preocupación.

Y se levantó.

Abrió la puerta.

El viento irrumpió cargado de nieve.

Pero antes de desaparecer añadió:

—Porque esta noche vienen a por usted.

Eleine apenas tuvo tiempo de reaccionar.

El primer disparo atravesó el cristal de la ventana.

El segundo apagó una lámpara.

Y abajo, sobre la calle nevada, siete siluetas femeninas avanzaban hacia el saloon como una procesión infernal.

Virginia James había decidido que la detective de Chicago ya había vivido demasiado.

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