Greenland 2: del apocalipsis al parque temático de la catástrofe
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Hay películas que nacen del éxito y otras, más tristes, que nacen de la incomprensión de ese éxito. Greenland (2020) fue un fenómeno coyuntural: estrenada en plena pandemia, con las salas medio vacías y el mundo real atravesando su propio colapso, logró recaudar unos más que dignos 50 millones de euros. Hollywood, siempre atento a la cifra y raramente al contexto, interpretó aquello como una invitación a continuar. El resultado es Greenland 2: Migration, que llega a los cines el 16 de enero bajo la dirección, de nuevo, de Ric Roman Waugh y con Gerard Butler encabezando el reparto. Y sí: es peor que la primera.
La película original cerraba su relato con una sensación de clausura bastante clara. El meteorito impactaba, la amenaza se consumaba y la familia protagonista —Butler, Morena Baccarin y su hijo— lograba sobrevivir refugiándose in extremis en un búnker en Groenlandia. No era una obra especialmente inspirada, pero sí funcional dentro de su modesta ambición. Greenland 2, en cambio, nace sin necesidad dramática, sin urgencia narrativa y, lo que es más preocupante, sin una idea clara de puesta en escena.

La secuela obliga a sus personajes a abandonar el refugio para emprender un viaje por una Europa postapocalíptica en busca de un nuevo Edén. El planteamiento podría haber dado lugar a un relato crepuscular, áspero, incluso incómodo. Pero la película opta por el camino más sencillo, el más transitado y el menos arriesgado. Los clichés desfilan sin pudor: terremotos oportunos, lluvias de meteoritos perfectamente sincronizadas, supervivientes hostiles que aparecen justo cuando la trama necesita un obstáculo. Todo sucede cuando conviene y todo se resuelve como debe, siempre a favor del trío protagonista. El azar aquí no existe; solo existe el guion.
Comparada inevitablemente con obras como La carretera (John Hillcoat, 2009) o, más recientemente, The last of us (HBO, 2023), Greenland 2 se revela como un producto marcadamente pueril. No solo en su escritura, sino en su concepción visual y narrativa. Este es el nuevo cine de catástrofes serializado: un cine que ha aprendido más de las plataformas que de la historia del medio, más de los algoritmos que del lenguaje cinematográfico. Nuevos directores y productores que ya no buscan arte, ni siquiera calidad, sino una eficiencia plana, cómoda, digerible. La puesta en escena se limita a ilustrar el guion; no hay tensión en el encuadre, ni subtexto en el movimiento de cámara, ni atmósfera que dialogue con la devastación que se nos muestra.

Es cierto que alguna escena de acción está correctamente resuelta y que la película se presenta, sin disimulo, como un producto familiar, más interesado en el entretenimiento transversal que en explorar las miserias morales del fin del mundo. Pero incluso aceptando ese marco, el resultado es irregular y, en cualquier caso, inferior a la primera entrega, que al menos conservaba cierta honestidad en su planteamiento.
Lo que mantiene la película a flote es la química entre Gerard Butler y Morena Baccarin. Ambos sostienen el relato con profesionalidad y presencia, ofreciendo una unidad emocional que la película, por sí sola, no sabe construir. Verlos juntos en pantalla, aferrados a una épica doméstica tan previsible como funcional, es el único elemento que impide que Greenland 2 se hunda por completo bajo el peso de su propia inercia.
Al final, Greenland 2 no fracasa por falta de medios, sino por falta de ambición artística. Es el síntoma de un cine contemporáneo que confunde continuidad con repetición, y supervivencia con comodidad. Un cine que, incluso cuando habla del fin del mundo, ya no se atreve a mirar al abismo. ⭐⭐
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Gerard Butler y Morena Baccarin volvieron a reunirse en Greenland 2, una secuela que, en su momento, fue anunciada como la expansión natural de un éxito inesperado. Según informó entonces Deadline, el rodaje de Greenland: Migration comenzó en abril de 2024 en el Reino Unido, con Butler y Baccarin retomando sus respectivos papeles bajo la dirección, nuevamente, de Ric Roman Waugh. El guion partía de una idea desarrollada por Chris Sparling junto a Mitchell Lafortune, decididos a prolongar el viaje de una familia que ya había sobrevivido al fin del mundo.
En esta continuación, la familia Garrity se veía obligada a abandonar la aparente seguridad del búnker en Groenlandia tras la devastación provocada por el cometa Clarke. El relato se desplazaba entonces hacia una Europa arrasada, convertida en territorio de tránsito y amenaza, donde el viaje en busca de un nuevo hogar adquiría tintes de odisea contemporánea, más cercana al desplazamiento forzado que a la épica heroica.
Butler participó activamente en la producción, acompañando a Basil Iwanyk, Erica Lee, Sébastien Raybaud, John Zois, Alan Siegel y Brendon Boyea, mientras que Robert Simonds, Noah Fogelson, Sam Brown, Ric Roman Waugh y el propio Chris Sparling figuraron como productores ejecutivos. Una implicación que evidenciaba la confianza depositada en una franquicia concebida, inicialmente, como un relato cerrado.
Conviene recordar que Greenland: El último refugio nació con vocación de estreno en salas, pero los retrasos derivados de la pandemia de COVID-19 alteraron su recorrido comercial y la empujaron, en muchos territorios, hacia un lanzamiento directo en VOD. Pese a ello, la película logró recaudar 52,3 millones de dólares, superando con holgura su presupuesto estimado de 35 millones. Un éxito relativo, condicionado por su contexto histórico, que acabaría siendo el verdadero detonante de una secuela que, vista con perspectiva, ya estaba escrita más por los números que por la necesidad artística.



