La belleza inusual de Shadow of the colossus

Hay obras que no parecen construidas con polígonos, sino con polvo de sueño. Shadow of the colossus pertenece a esa familia secreta de criaturas artísticas que desbordan su propio medio y se convierten en algo más: un lienzo móvil, una plegaria muda, un eco que persiste cuando ya no quedan músicas sonando. Su belleza no es evidente ni complaciente; es una belleza que disfruta en los huecos, en las pausas, en esa vastedad melancólica que se abre entre un latido y otro mientras cabalgamos por tierras que parecen haber olvidado el tacto humano hace siglos.

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El silencio es aquí un personaje más. No la ausencia de sonido, sino la presencia de lo que no se atreve a pronunciarse. En cada llanura que atravesamos, en cada ruina devorada por la luz, sentimos que alguien —o algo— nos observa desde un rincón que nunca se revela. Es un silencio onírico, casi litúrgico, que inaugura un diálogo entre el jugador y el propio mundo, como si ambos compartieran un secreto que no puede verbalizarse. Ese mutismo envuelve a Wander, un héroe sin épica y sin fanfarria, cuya determinación tiene el color de lo imposible.

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La cámara, libre y flotante como una cometa sostenida por manos invisibles, es el pincel maestro. No se limita a mostrar: compone. Deja que el viento haga coreografías sobre la hierba y que los colosos, gigantes de piedra y tiempo, se presenten como murallas vivas, templos errantes con corazón. Su movimiento no sigue la lógica del cine clásico ni del videojuego convencional; se desliza como si intuyera que estamos contemplando un fresco renacentista que, por capricho divino, decidió animarse. Y, de algún modo, así es.

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Cada combate se convierte en un ritual. No hablamos de la violencia frenética de los juegos de acción, sino de un ascenso físico y espiritual hacia criaturas que parecen pedir perdón mientras se desploman. La magia del juego está en comprender que no existe una frontera firme entre la realidad y lo fantástico: ambas dimensiones se rozan en cada milímetro del escenario, en cada sombra que cae oblicua, en cada nota musical que irrumpe con la precisión de una lágrima inesperada.

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Recorrer este mundo es atravesar un sueño lúcido. Las torres, los desiertos, los lagos quietos como un suspiro suspendido… todo remite a un arte perdido, a una escuela pictórica que nunca existió pero que, sin embargo, sentimos tremendamente nuestra. Shadow of the colossus nos habla desde un tiempo remoto y futuro a la vez; su estética es un meteorito caído sobre la historia del videojuego, una pieza anómala cuyo fulgor aún ilumina la forma en que concebimos la narrativa interactiva.

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Con él aprendimos que lo minimalista puede ser colosal, que lo vacío puede rebosar significado y que un caballo y un joven pueden protagonizar una de las odiseas más silenciosamente devastadoras del medio. En su quietud late la memoria de algo esencial, casi sagrado: el videojuego como arte que respira, que sueña, que construye catedrales de aire.

Por eso su belleza es inusual. Por eso su misterio no se agota. Porque en esa mezcla de silencio, magia y ruina se esconde uno de los pasajes más hermosos jamás escritos en la historia del videojuego; un poema de piedra y luz que, aun hoy, sigue cabalgando con nosotros.

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