Tiempo de lectura: 7 minutos — por LucenPop
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La ciudad perdida de Z, más que un Oscar: una obra maestra que el tiempo intenta enterrar

CRÍTICA ‘LA CIUDAD PERDIDA DE Z’ DE JAMES GRAY

Puntuación: *****
Visual: *****
Narrativa: ****

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Hay películas que parecen nacer para el ruido efímero de la cartelera… y otras que llegan como visitantes de otro tiempo, como si hubieran atravesado décadas de polvo, celuloide y memoria para recordarnos qué era el cine antes de convertirse en algoritmo. Esta pertenece sin duda a la segunda estirpe.

Lo que provoca en el espectador no es solo admiración: es una especie de fascinación hipnótica, casi física. Desde el primer plano se percibe una mirada profundamente cinematográfica, una sensibilidad que entiende la imagen no como adorno sino como lenguaje vivo. Cada encuadre respira, cada sombra parece pensada con la paciencia de quien todavía cree en el misterio de la luz sobre un rostro.

Hay algo magnético en su forma de mirar el mundo. No busca seducir con el artificio del espectáculo contemporáneo; prefiere el temblor de lo clásico, ese pulso secreto que tenían las grandes películas cuando la cámara se movía como si escuchara el latido de los personajes. El espectador, si posee un mínimo de sensibilidad fílmica, lo percibe de inmediato: aquí hay cine de verdad.

La puesta en escena funciona como una coreografía de atmósferas. Las luces bajas, los silencios cargados de intención, la manera en que los rostros emergen de la penumbra… todo remite a una tradición que muchos creían perdida. Y, sin embargo, no se trata de nostalgia vacía. La película no imita el pasado: dialoga con él.

Lo más sorprendente es que esta obra parece destinada a convertirse en una de esas raras joyas que el tiempo rescata del olvido. Películas que en su momento pasan casi en susurro, pero que más tarde terminan instalándose en la memoria cinéfila como un secreto compartido entre quienes todavía aman el cine como arte y no solo como consumo.

Porque al final eso es lo que queda: la sensación de haber asistido a algo auténtico. Una de esas obras que nos recuerdan que el cine, cuando encuentra a alguien capaz de mirarlo con verdadera devoción visual, todavía puede ser una experiencia profundamente fascinante. Una de las últimas grandes titanes de la imagen, silenciosa pero indomable, esperando el lugar que merece en los altares del séptimo arte.

La ciudad perdida de Z: el sueño obstinado de un explorador

En 1925 desapareció en el corazón de la Amazonia uno de los exploradores más obstinados de su tiempo: Percy Fawcett. Militar, cartógrafo y aventurero, Fawcett se internó en la selva brasileña buscando una civilización perdida que él mismo bautizó con una sola letra: Z. Nunca regresó. Ni él ni su hijo ni su pequeño grupo de expedicionarios.

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Desde entonces, su historia ha quedado suspendida entre la crónica histórica y la leyenda. Es uno de esos relatos reales que parecen inventados por la literatura de aventuras. Historias que hablan menos de geografía que de obsesión: hasta dónde puede llegar un hombre cuando decide perseguir una idea.

Esa obsesión es el corazón de The Lost City of Z, la película dirigida por James Gray, basada en el libro de David Grann.


El retrato de una obsesión

La película sigue la vida de Fawcett desde sus primeros años en el ejército británico hasta sus repetidas expediciones al Amazonas, pasando por su participación en la World War I. El relato culmina, naturalmente, en la última expedición que lo condujo hacia el misterio definitivo.

Interpretado por Charlie Hunnam, el personaje adquiere una gravedad inesperada. Gray logra extraer del actor una serenidad y una convicción interior que rara vez se habían visto en su carrera. Su Fawcett no es un héroe de aventuras al estilo clásico; es un hombre silencioso, obstinado, casi ascético en su fe hacia lo desconocido.

La película adapta con notable equilibrio la vasta narración del libro. No era tarea fácil: condensar años de expediciones, derrotas, sueños y guerras en un relato coherente. Sin embargo, Gray opta por una estructura serena, donde cada episodio parece encajar en una lenta marcha hacia lo inevitable.

El resultado exige paciencia al espectador —sus 144 minutos no buscan la prisa—, pero nunca cae en la fatiga. La película avanza con la cadencia de un río profundo.


Los rostros que acompañan al explorador

Junto a Hunnam, la película encuentra dos aliados fundamentales.

Por un lado, Sienna Miller, quien interpreta a Nina Fawcett. Su personaje podría haber sido un simple papel secundario, pero Miller lo convierte en algo mucho más interesante: una mujer lúcida, adelantada a su tiempo, capaz de comprender la grandeza y la locura del sueño de su marido.

En uno de los momentos más hermosos del film, Nina afirma: “El alcance de un hombre siempre debe exceder su comprensión.” La frase resume el espíritu de la película: el progreso humano nace siempre de una pequeña forma de locura.

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El tercer vértice de este triángulo lo ocupa Robert Pattinson, quien interpreta al explorador Henry Costin. Pattinson confirma aquí el talento que lleva años cultivando en el cine independiente. Su personaje aporta humanidad, lealtad y una amistad silenciosa que acompaña a Fawcett en su viaje hacia el abismo.


La selva como experiencia física

Si algo distingue la película es su poderosa dimensión visual. Gray decidió rodar íntegramente en celuloide, convencido de que la textura del film captura mejor la sensación del pasado que la nitidez clínica de lo digital.

La fotografía del maestro Darius Khondji convierte cada secuencia en una experiencia sensorial: ríos envueltos en bruma, vegetación que parece devorar la luz, atardeceres que se disuelven en un verde infinito. La Amazonia aparece aquí no como decorado exótico sino como un organismo vivo, casi consciente de la presencia humana.

En muchos momentos uno tiene la sensación de poder extender la mano y tocar la humedad de las hojas o escuchar el rumor profundo de la selva.


Un proyecto tan obstinado como su protagonista

La historia de la película tiene un curioso paralelismo con la del propio Fawcett. El proyecto comenzó a gestarse en 2008 y tardó casi una década en materializarse. De alguna forma, James Gray terminó pareciéndose a su protagonista: ambos persiguiendo un sueño improbable durante años.

Si para Fawcett la ciudad perdida era Z, para Gray esa ciudad fue esta película.


Un viaje imperfecto, pero fascinante

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Es cierto que algunos espectadores pueden percibir un ritmo ligeramente pausado en la parte central del film. También es verdad que ciertos personajes secundarios aparecen de forma algo abrupta. Pero estas pequeñas irregularidades parecen inevitables en una obra de esta escala narrativa.

Además, conviene recordar que Gray abandona aquí por primera vez los paisajes urbanos que habían definido su filmografía —Nueva York y Nueva Jersey— para internarse en territorios radicalmente distintos.


El eco de una leyenda

A pesar de esas pequeñas imperfecciones, La ciudad perdida de Z permanece como una de las películas de aventuras más singulares del cine reciente. No es un relato de acción frenética ni una fantasía arqueológica al estilo clásico. Es algo más extraño: una meditación sobre la obsesión, la exploración y la fe en lo desconocido.

Con una interpretación magnífica de Charlie Hunnam y una de las fotografías más evocadoras del cine contemporáneo, la película se instala con firmeza dentro de la filmografía de James Gray como una obra ambiciosa, hipnótica y profundamente romántica.

Una aventura que, como el propio sueño de Fawcett, parece existir a medio camino entre la realidad y el mito.

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