‘La liga de los hombres extraordinarios’: cuando ‘Los otros Vengadores’ fue la última película de Sean Connery

Resulta una deliciosa ironía histórica que Sean Connery protagonizara Los vengadores en 1998 y, apenas cinco años después, encabezara otra película cuya premisa anticipaba con sorprendente claridad el modelo narrativo que más tarde consagraría el universo Marvel en pantalla. El destino, que a veces escribe con pluma de guionista travieso, quiso que su despedida como gran protagonista coincidiera con una obra que miraba al pasado… para señalar, sin saberlo, el futuro del cine de superhéroes.

Tarde o temprano era inevitable detenerse en La liga de los hombres extraordinarios, título de mención obligada en cualquier espacio cinéfilo que aspire a cierta memoria histórica. No solo por tratarse del último gran papel estelar de Connery, sino porque, bajo su superficie irregular, late una idea fascinante: la adaptación de un cómic de Alan Moore, ese cartógrafo de mitologías modernas que convirtió la cultura popular en literatura comparada con capa y antifaz.

La_liga_de_los_hombres_extraordinarios-193675554-large-1024x679 'La liga de los hombres extraordinarios': cuando 'Los otros Vengadores' fue la última película de Sean Connery

En esencia, la propuesta funciona como un proto-equipo de Vengadores avant la lettre: un grupo de figuras excepcionales, reunidas para enfrentar una amenaza común que supera las capacidades individuales. La diferencia —y su mayor encanto— es que aquí los “superhéroes” no nacen de laboratorios radiactivos ni de accidentes cósmicos, sino de la gran literatura popular del siglo XIX. Tenemos al doctor Jekyll y su reverso monstruoso, eco primigenio de Hulk; una vampira de linaje gótico; un hombre invisible con vocación de espía moralmente dudoso; el capitán Nemo, mezcla de científico, pirata y visionario tecnológico; una tiradora que anticipa arquetipos de heroína moderna; y hasta un Dorian Gray cuya inmortalidad narcisista podría codearse con más de un villano de cómic contemporáneo. Sobre todos ellos gravita Allan Quatermain, encarnado por Connery, mentor crepuscular de este gabinete de maravillas.

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La jugada intertextual de Moore —y por extensión de la película— tiene algo de ajuste de cuentas cultural: si los cómics de Marvel y DC se inspiraron en héroes arquetípicos de la literatura clásica, aquí esos personajes regresan para reclamar su condición de ancestros del superhéroe moderno. El eterno dilema del huevo y la gallina, servido con sombrero de copa y rifle de safari.

Por desgracia, la ejecución cinematográfica no estuvo a la altura de la brillantez conceptual. A pesar de un arranque prometedor y un diseño de producción que por momentos roza la elegancia de un folletín ilustrado con presupuesto generoso, el conjunto se resiente de un tono inestable y de una narrativa que nunca termina de ensamblar sus piezas con la precisión de un reloj victoriano. El resultado fue una película que no despertó el clamor por una secuela, veredicto silencioso pero implacable del público.

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Conviene, no obstante, situarla en su contexto: 2003 fue uno de los periodos más turbulentos para el cine de acción comercial, cuando el abuso del CGI incipiente y la hipertrofia del espectáculo digital solían aplastar la construcción de personajes y atmósferas. Aún no había llegado la mirada más sobria y estructural que, pocos años después, redefiniría el género desde una ambición dramática mayor. Vista hoy, La liga de los hombres extraordinarios se percibe como una pieza de transición: un experimento fallido, sí, pero también un eslabón curioso en la evolución hacia el cine de supergrupos que dominaría la cultura popular en la década siguiente.

Y así, entre engranajes de nautilus, sombras góticas y pólvora steampunk, Sean Connery se despidió del primer plano como quien abandona un escenario victoriano envuelto en niebla: con dignidad intacta, aunque la función no fuera memorable.

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