La reina de la selva | 1982 | Erotismo en la selva
Luana se perdió en la selva cuando era pequeña, tras estrellarse el helicóptero de sus padres, y reina en ella como una especie de Tarzán femenino. Dos turistas consiguen extraviarse en esa selva, perseguidos por caníbales y «rescatados» por Luana.

La reina de la selva (1982), de Umberto Lenzi: erotismo, celuloide y fiebre tropical
En 1982, cuando el cine de explotación europeo comenzaba a declinar con la misma lentitud con la que el sol se hunde en el horizonte ecuatorial, Umberto Lenzi entregó una de sus piezas más voluptuosas y discutidas: La reina de la selva. Conocida internacionalmente como Eaten Alive! —título que en sí mismo es ya una promesa de exceso—, la película se inscribe en esa fiebre italiana por la jungla que convirtió la espesura en escenario de pulsiones, violencia ritual y deseo sin domesticar.
Lenzi, artesano infatigable del sensacionalismo elegante, no rueda la selva: la invoca. La cámara no se limita a registrar árboles y lianas; parece sudar sobre el objetivo. Hay una densidad húmeda en cada plano, una temperatura que se adhiere a la piel del espectador como si la butaca del cine fuera una hamaca tendida entre dos troncos carcomidos por insectos invisibles.
La jungla como teatro del deseo
Más allá de su adscripción al subgénero caníbal —que comparte territorio con títulos como Cannibal Holocaust de Ruggero Deodato—, La reina de la selva despliega una iconografía que trasciende el mero shock. La jungla no es únicamente un espacio salvaje: es un espejo moral donde Occidente pierde su máscara y queda reducido a instinto.

La protagonista femenina, convertida en mito erótico y figura de fascinación primitiva, encarna una dualidad esencial del cine de serie B europeo: víctima y sacerdotisa, objeto de deseo y presencia totémica. Lenzi compone su cuerpo como si fuese parte del paisaje; no lo aísla del entorno, lo funde con la vegetación, con el barro, con el humo de las hogueras. La carne y la tierra comparten textura.
En términos visuales, la fotografía abraza una paleta cálida, saturada de verdes densos y ocres abrasivos. La luz no acaricia: golpea. Cada rayo solar que atraviesa el follaje parece una cuchilla luminosa que fragmenta la imagen en claroscuros violentos. Es un cine donde el exceso no se disculpa; se celebra.
Entre lo grotesco y lo hipnótico
Desde una perspectiva crítica, la película oscila entre el delirio y la repetición de fórmulas. El montaje privilegia el impacto inmediato sobre la construcción dramática. Las escenas de violencia —tan polémicas en su momento— buscan sacudir al espectador más que interpelarlo. Sin embargo, en ese afán por provocar, emerge una extraña cualidad hipnótica.

Lenzi comprende que el subgénero no solo vive de la sangre, sino del rito. Hay una cadencia casi litúrgica en ciertas secuencias de ceremonias tribales: el fuego, los tambores, los cuerpos pintados. El horror se transforma en coreografía. La barbarie adquiere una estética.
Por supuesto, vista desde el presente, la película arrastra una carga ideológica problemática: exotización, simplificación cultural y una mirada colonial que convierte al “otro” en espectáculo. Pero precisamente ahí radica su valor como documento histórico de una época del cine europeo donde la corrección política aún no había colonizado la imaginación. Es un artefacto incómodo, sí, pero también revelador.
Erotismo y explotación: la frontera difusa
En el fondo, La reina de la selva es menos una película de caníbales que una fantasía erótica disfrazada de aventura selvática. El cuerpo femenino se convierte en epicentro narrativo; la cámara lo observa con una mezcla de devoción pictórica y voracidad comercial. La explotación, lejos de esconderse, se exhibe con descaro.

Y sin embargo, hay algo casi ingenuo en su atrevimiento. No hay ironía posmoderna ni distancia cínica. Lenzi filma con la convicción del artesano que cree en la potencia del espectáculo físico: sangre falsa, maquillaje rudimentario, localizaciones que parecen más sudorosas que exóticas. Frente al acabado digital y aséptico del audiovisual contemporáneo, esta materialidad posee una extraña nobleza.
Legado y relectura
Hoy, La reina de la selva sobrevive como pieza de culto, citada en ciclos de cine extremo y revisitada por espectadores que buscan experiencias sensoriales antes que discursos domesticados. Su legado no reside tanto en su calidad narrativa como en su capacidad para capturar una era en la que el cine europeo exploraba los márgenes sin pedir permiso.
En un futuro dominado por pantallas impecables y narrativas calibradas por algoritmos, obras como esta recuerdan que el cine también fue —y quizá deba volver a ser— un territorio indómito. Imperfecto, excesivo, sudoroso.
Porque en el corazón de la selva de Lenzi no solo hay caníbales: hay celuloide ardiendo bajo el sol.
Título original
Incontro nell’ultimo paradiso
Año
1982
Duración
92 min.
País
Italia Italia
Dirección
Umberto Lenzi
Guion
Marina Garroni, Giovanni Lombardo
Música
Roberto Donati, Fiamma Maglione
Fotografía
Giovanni Bergamini
Reparto
Sabrina Siani, Rodolfo Bigotti, Renato Miracco, Mario Pedone, Salvatore Borghese, Wai Laung, Claudio Miraco
Productora
National Cinematografica, Nuova Dania Cinematografica
Género
Aventuras. Comedia



