La Vampiresa Desnuda es una bella y estilizada fusión de surrealismo y extraño que trata de una sececta con tendencias suicidas. Una sececta formada por la gente de alto nivel social, en el que los hombres, ocultos tras máscaras, subyugan a las mujeres e incitan al fetichismo cubriendo sus pechos con extraños ornamentos y obligándolas a cometer perversas acciones. Segunda entrega de la trilogía vampírica de Jean Rollin, formada por Le viol du vampire (1967), A vampire nue (1970) y Le frisson des vampires (1971); todas ellas mezclan la mito de los vampiros con ciertos elementos eróticos.
La vampiresa desnuda: el erotismo poético y la revolución psicodélica de Jean Rollin
El cine de terror europeo de finales de los años sesenta y principios de los setenta no se puede entender sin la mirada libérrima, fetichista y profundamente poética de Jean Rollin. En un panorama dominado por la sobriedad gótica de la Hammer británica o el sadismo estilizado del giallo italiano, el realizador francés prefirió levantar un universo propio a las orillas del Sena; un microcosmos donde el mito del vampiro abandonaba las criptas polvorientas para fundirse con el surrealismo, las playas desiertas de Dieppe, la psicodelia y un erotismo desarmante. La vampiresa desnuda (La vampire nue, 1970) no es una simple película de género: es el testamento estético de una época convulsa, una obra donde la carne y la ideología se entrelazan bajo la sombra de la inmortalidad.
Como segunda entrega de su célebre trilogía vampírica primigenia —precedida por la escandalosa La violación de la vampira (1967) y continuada por la hipnótica El amanecer de los vampiros (1971)—, este film supuso la consolidación de Rollin como el cineasta de la sensualidad fantástica. Hoy, en pleno año 2026, cuando el cine comercial parece haber anestesiado el deseo a golpe de algoritmos y puritanismo digital, asomarse a las imágenes de Rollin resulta un ejercicio de resistencia cultural tan estimulante como necesario.
Una trama de linajes, máscaras y túnicas transparentes
La historia arranca con una colisión puramente surrealista en la noche parisina. Un joven burgués, hijo de un acaudalado hombre de negocios, interrumpe su deambular nocturno al toparse con una visión perturbadora: una bellísima muchacha, sumida en un mutismo místico, que deambula apenas cubierta por una túnica transparente. La delicadeza de la escena se quiebra de inmediato cuando tres misteriosos hombres ocultos tras perturbadoras caretas de carnaval irrumpen en el lugar, abatiendo a la joven a tiros antes de desvanecerse en las sombras.

Lo que en un principio simula ser un crimen mundano se transforma en una intriga gótica y conspiranoica cuando el protagonista, consumido por la obsesión y el remordimiento, decide investigar el suceso. Sus pesquisas lo llevan a descubrir una realidad fragmentada y delirante: en primer lugar, que la misteriosa mujer no pertenece al mundo de los mortales y que un simple plomazo no basta para apagar la llama de una criatura de la noche. En segundo lugar, que su propio padre es el líder espiritual de una selecta secta de la alta sociedad que mantiene cautiva a la joven nudista en un apartado castillo. ¿El propósito? Extraer de su sangre el secreto de la inmortalidad biológica y, ya de paso, subyugarla en un perverso entramado fetichista donde los pechos femeninos se adornan con extraños ornamentos y las mujeres son forzadas a actuar como esclavas rituales. Para complicar el lienzo, una facción de vampiros libertarios y extraños mutantes de piel azulada comienzan a sembrar el caos en las calles, difuminando las fronteras entre el folclore transilvano, la ciencia ficción pulp y el espíritu de los cómics de la época.
Del mayo del 68 al fetichismo de clases: la lectura política
Para aquellos espectadores habituados al ritmo frenético del cine de terror contemporáneo o a las persecuciones canónicas de estacas y ajos, La vampiresa desnuda puede resultar un choque cultural desconcertante. Rollin no filma para asustar; filma para evocar. Los intelectuales del cine de culto siempre han encontrado en su filmografía un pozo sin fondo de lecturas sociopolíticas, y este film es, quizás, el ejemplo más evidente de cómo el cine de explotación puede ser profundamente subversivo.
Rodada apenas un par de años después de las barricadas del mayo del 68, la película está completamente empapada del espíritu revolucionario que sacudió Francia. Aquí, el vampirismo abandona la maldición divina para convertirse en una bellísima metáfora de la lucha de clases. Si en La violación de la vampira la criatura era una enferma perseguida por la intolerancia de la autoridad médica y religiosa, en esta entrega el vampirismo es un estado mental y social secuestrado por la gran burguesía.
Los empresarios adinerados actúan como los verdaderos parásitos del sistema, encerrando la libertad y la inmortalidad (representadas por la magnífica e imperturbable vampiresa protagonista) para comercializarlas en su propio beneficio. De la misma manera que el capitalismo convence a las masas de que no existe otra alternativa económica fuera de su yugo, los enmascarados de la secta han convencido a la pobre muchacha de que la luz del sol la destruirá por completo.
Sin embargo, el despertar es inevitable. El joven protagonista, inicialmente un burguesito alienado que disfruta de los privilegios de su cuna, sufre una paulatina toma de conciencia de clase al enamorarse de la oprimida. Su viaje emocional lo lleva a rebelarse contra la tiranía paterna y a abrazar la insurrección. No es casualidad que los vampiros rebeldes porten anillos con una grafía sospechosamente similar a la «A» del anarquismo, ni que sus proclamas resuenen con el eco del flower power y la liberación sexual de la era hippy: un mundo sin propiedad material, sin fronteras intelectuales y donde el amor y el deseo libre son las únicas fuerzas capaces de derribar los viejos imperios.
El erotismo como arte y resistencia en 2026
Mirar hoy La vampiresa desnuda es también un acto de nostalgia estética. Las actrices fetiche de Rollin —con sus cuerpos estilizados, sus miradas perdidas en el vacío y esa desnudez natural, desprovista de la malicia zafia del porno convencional— encarnan un erotismo melancólico y poético que parece haberse perdido en el cine actual. La desnudez en Rollin es política porque es libre; es un rechazo frontal a las vestiduras de una sociedad pacata y alienante.
En Passionatte entendemos que el cine erótico y el fantástico son vasos comunicantes de la imaginación humana. Jean Rollin no buscaba la perfección técnica, sino la textura del sueño y el peso del deseo. La vampiresa desnuda sigue siendo, décadas después de su estreno, una joya imperecedera para los paladares cinematográficos más exquisitos, un recordatorio de que la revolución también se puede filmar a través de la sugerencia, el misterio y la deslumbrante belleza de una piel expuesta a las sombras.




