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Jumanji, el último eco aventurero de una franquicia inesperada

Jumanji

Antes de la llegada de las franquicias concebidas como engranajes infinitos y de la obsesión contemporánea por el espectáculo digital sin peso ni materia, las nuevas adaptaciones de Jumanji parecían, en principio, una propuesta condenada a la desconfianza. La sombra del clásico de 1995 protagonizado por Robin Williams era demasiado alargada y la idea de convertir el misterioso tablero en un videojuego despertaba inevitables recelos. Sin embargo, Jumanji: Bienvenidos a la jungla (2017), dirigida por Jake Kasdan, acabó revelándose como una agradable sorpresa: una aventura familiar de espíritu clásico que comprendía algo esencial del cine de entretenimiento, la importancia de que la fantasía estuviese anclada en cuerpos, espacios y actores reales.

El último eco aventurero de una franquicia inesperada

La primera entrega de esta nueva etapa posee una virtud que hoy parece casi arqueológica: la capacidad de construir una gran aventura popular sin avergonzarse de su condición de cine para todos los públicos. Bajo su envoltorio de comedia juvenil se esconde un relato que recupera el aroma de las producciones de Amblin y de aquel cine de los años ochenta y noventa donde la diversión convivía con la emoción y donde el humor, incluso el más gamberro, nacía siempre de los personajes y no de la acumulación de chistes improvisados.

La película encuentra una inesperada química entre Dwayne Johnson, Kevin Hart, Jack Black y Karen Gillan, explotando la gracia de que cada uno de ellos encarne, en realidad, a adolescentes atrapados dentro de cuerpos imposibles. El hallazgo dramático resulta sencillo pero eficaz, y permite una comedia con cierto descaro adulto que nunca pierde el tono familiar. Hay algo juguetón y casi artesanal en la manera en que la película transforma las convenciones del videojuego en situaciones cinematográficas.

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(l to r) Nick Jonas, Dwayne Johnson, Karen Gillan, Kevin Hart and Jack Black star in JUMANJI: WELCOME TO THE JUNGLE.

También sorprende su puesta en escena. Sin alcanzar la fisicidad salvaje del original de Joe Johnston, la película de 2017 todavía conserva una textura relativamente tangible. Las localizaciones, la fotografía y la acción poseen un sentido espacial reconocible, y la producción transmite una sensación de aventura clásica que el cine comercial contemporáneo parece haber ido abandonando en favor de escenarios generados por ordenador. El resultado es una obra modesta pero sincera, consciente de que el espectáculo nace tanto de la imaginación como de la presencia física de los actores dentro del encuadre.

Por desgracia, Jumanji: Siguiente nivel (2019) demuestra hasta qué punto una fórmula eficaz puede desgastarse con sorprendente rapidez. La secuela amplifica todos los elementos superficiales de la anterior y reduce aquello que la hacía especial. El mecanismo humorístico se vuelve repetitivo, las situaciones pierden frescura y la sensación de descubrimiento desaparece. Lo que en 2017 parecía una ingeniosa reinvención termina convirtiéndose en un producto mucho más rutinario.

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La diferencia más visible se encuentra en la propia imagen. La dimensión digital adquiere un protagonismo excesivo y la aventura pierde peso físico. Los paisajes, las persecuciones y los efectos especiales se perciben más artificiales, como si la película hubiese renunciado a la ilusión de realidad que todavía conservaba su predecesora. Paradójicamente, cuanto mayor es el despliegue tecnológico, menor es la sensación de maravilla.

Ni siquiera la incorporación de veteranos como Danny DeVito y Danny Glover consigue devolverle la inspiración perdida. Aunque proporcionan algunos momentos entrañables, la película nunca logra encontrar una nueva identidad y termina pareciendo una variación menos inspirada del mismo juego.

Sin embargo, existe un detalle casi melancólico que convierte la presencia de Danny DeVito en algo especialmente fascinante. Al ver a Dwayne Johnson interpretando, en cierto modo, al nieto del personaje de DeVito, emerge una extraña continuidad histórica entre generaciones de estrellas. DeVito fue, junto a Arnold Schwarzenegger, uno de los dúos más improbables y carismáticos de los años ochenta en Los gemelos golpean dos veces (1988). Décadas después, el pequeño gigante de Nueva Jersey aparece acompañado por otro coloso de la pantalla, Dwayne Johnson, heredero natural de cierto arquetipo físico y carismático que Schwarzenegger había encarnado durante los años dorados del cine de acción.

No deja de resultar curioso que Danny DeVito actúe como un testigo privilegiado entre dos épocas y dos titanes musculares. Porque, al igual que Arnold, Johnson posee esa cualidad casi mitológica de los héroes imposibles, una mezcla de fuerza, simpatía y desmesura que convierte al actor en una presencia cercana a la caricatura clásica. Ambos pertenecen a una especie de estrellas que Hollywood parece incapaz de fabricar hoy con la misma naturalidad.

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Quizá por ello, vista con cierta perspectiva, Jumanji: Bienvenidos a la jungla representa uno de los últimos ejemplos de gran entretenimiento familiar concebido todavía con espíritu cinematográfico, mientras que Jumanji: Siguiente nivel encarna ya la transición hacia una forma de espectáculo más dependiente de la imagen digital y menos preocupada por la materialidad de la aventura. Entre una y otra apenas median dos años, pero en esos dos años parece haberse producido una pequeña mudanza del cine hacia un territorio más virtual, más ligero y también menos memorable.

Y acaso sea esa la verdadera ironía del juego. El Jumanji de 2017 todavía invitaba a perderse en una selva. El de 2019, en cambio, parecía conformarse con mostrar una simulación de ella.

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