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Lo que mató a los videoclubs en España

Hubo un tiempo en que el cine no cabía en un bolsillo ni se deslizaba silenciosamente por una aplicación. Había que salir de casa. Había que caminar bajo la lluvia de un viernes por la tarde, atravesar las calles del barrio y empujar la puerta iluminada del videoclub, ese pequeño santuario doméstico donde las carátulas parecían ventanas hacia otros mundos.

En España, los primeros videoclubs aparecieron en 1980 y, durante las décadas de los ochenta y noventa, se convirtieron en uno de los grandes rituales familiares del país. Miles de establecimientos poblaron ciudades y pueblos, hasta el punto de que en 2005 existían alrededor de siete mil locales dedicados al alquiler de películas. Aquellos lugares eran mucho más que un negocio: eran una escuela sentimental del cine.

Cada fin de semana tenía su pequeña liturgia. Los niños recorrían los estantes de aventuras y dibujos animados; los adolescentes descubrían el terror, la acción o las primeras películas prohibidas; los adultos buscaban una comedia o el último estreno. La elección importaba porque era limitada. Precisamente esa limitación otorgaba valor al acto de escoger. Una película no era un archivo entre miles de opciones infinitas, sino una pequeña conquista.

Sin embargo, el enemigo no llegó de repente. El videoclub no cayó fulminado por Netflix. Su agonía comenzó mucho antes.

La primera herida fue la piratería. A comienzos del nuevo siglo, la expansión de internet y de las conexiones ADSL transformó los hábitos de consumo. Millones de personas descubrieron que podían descargar películas desde casa. Aquello no era tan cómodo como el streaming actual, pero bastó para erosionar los cimientos de un negocio que dependía del alquiler físico. Los propietarios comenzaron a contemplar cómo cien alquileres se convertían en veinte, luego en diez y finalmente en apenas un puñado.

La segunda herida llegó con las plataformas digitales. Ya no era necesario esperar a que una película estuviera disponible ni preocuparse por devolverla al día siguiente. El modelo del pago mensual ilimitado resultó imposible de combatir para unos establecimientos que debían mantener locales, empleados y costosos catálogos físicos.

Pero quizá hubo una tercera causa más profunda y menos visible: el cambio de nuestra relación con el tiempo.

Los videoclubs pertenecían a una época en la que la espera todavía tenía sentido. Había que desear una película antes de verla. Había que recorrer los pasillos, leer las sinopsis, dejarse seducir por una portada extravagante o por una cinta desconocida. El azar tenía un papel fundamental. Muchas veces uno regresaba a casa con una obra maestra inesperada o con una serie B imposible que terminaba convirtiéndose en un recuerdo imborrable.

Las plataformas actuales ofrecen abundancia; los videoclubs ofrecían descubrimiento.

Por eso, cuando desaparecieron, no perdimos únicamente una forma de alquilar películas. Perdimos un espacio físico donde el cine se mezclaba con la conversación, la curiosidad y el misterio. Se extinguió un paisaje cotidiano hecho de estanterías infinitas, cajas de VHS desgastadas, carteles de Schwarzenegger y Stallone, multas por retraso y recomendaciones del dueño, que conocía mejor nuestros gustos que cualquier algoritmo.

Hoy apenas sobreviven algunos resistentes, convertidos en lugares de culto, cafeterías o pequeños museos vivientes. Ya no representan una industria, sino una memoria. Y quizá esa sea su última victoria. Porque el videoclub, en realidad, nunca vendió películas.

Vendió algo mucho más difícil de sustituir.

Vendió la ilusión de que una noche cualquiera podía convertirse en una aventura.

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