Rambo o la obra maestra maldita del cine de acción: anatomía de un desprecio crítico
«Si en 1989 me hubiera atrevido a proclamar que Rambo y Rambo III eran dos auténticas joyas del cine de acción, la condena habría sido inmediata: la hoguera crítica exigía entonces ese tipo de sacrificios. Así que, como dictaba la prudencia de la época, opté por no decirlo.»
Lucenpop

Pero han pasado 30 años y ya es momento de hablar de lo que los dos primeros Rambo (segundo y tercero si contamos Acorralado), supusieron y suponen para el cine de acción.
Rambo, estrenada en 1985, fue un fenómeno incontestable de taquilla; de hecho, el único éxito verdaderamente masivo de toda la franquicia. Y, sin embargo, padeció un linchamiento crítico ejemplar, tratada como una anomalía, casi como una obscenidad ajena a la noble categoría de lo cinematográfico. Conviene matizar: cuando hablamos aquí de “la crítica” nos referimos a esas voces pedantes y ruidosas, siempre desfasadas respecto a las mutaciones del gusto popular, pero curiosamente capaces de imponer el canon momentáneo de cada época.
Acorralado había sido recibida con respeto tanto por el público como por la crítica, aunque sin alcanzar la mitología popular de Rocky. Pero Stallone nunca soltó la presa. Intuyó —como actor, guionista y cineasta— que el paisaje estaba cambiando, que una nueva forma de espectáculo, el cine de acción, estaba a punto de convertirse en el gran lenguaje del blockbuster de finales del siglo XX.
Acorralado ya contenía, en germen, esa intuición de futuro, pero sería Rambo la película en la que Stallone afinaría la fórmula hasta fijarla, casi registrarla, como modelo industrial y estético para todo el cine de acción posterior.
En su gestación confluyeron cinco nombres decisivos: Sylvester Stallone, George Pan Cosmatos, James Cameron, Jerry Goldsmith y Mario Kassar. De esa alineación improbable, casi alquímica, surgió una obra compacta, musculada y rotunda: Rambo, no solo como película, sino como acta fundacional de una nueva era del espectáculo cinematográfico.
“Si quieres sobrevivir a una guerra, conviértete en guerra.”
John Rambo
BONDADES DE UNA JOYA DEL CINE DE ACCIÓN
A partir de aquí conviene detenerse en las virtudes que explican por qué Rambo sigue siendo, todavía hoy, una de las expresiones más puras y representativas del cine de acción de los años ochenta. Todo lo que puede decirse de esta segunda entrega es extensible, casi sin matices, a Rambo III: continuación directa, heredera de la misma musculatura estética y narrativa, aunque en esta ocasión con Peter MacDonald tras la cámara en lugar de Pan Cosmatos y con la ausencia —no menor— de James Cameron en la ecuación creativa. Cambian algunos nombres, pero la esencia permanece intacta. Vayamos, pues, a los autores y a la aportación concreta de cada uno para entender por qué estos filmes funcionan con una solidez tan poco frecuente.
-Stallone
El punto de partida solo podía ser Sylvester Stallone. En el plano interpretativo, Sly se encontraba en el cénit de su forma física, un elemento capital para dotar de credibilidad al héroe que debía encarnar. Nadie sostendría que Stallone sea el actor más versátil o refinado de Hollywood, pero hacer creíble a John Rambo no estaba al alcance de cualquiera, y ahí Stallone resultaba insustituible.
Rambo es un personaje de escasa verbosidad; su fuerza interpretativa no reside en el diálogo, sino en la mirada, el gesto, la forma de ocupar el encuadre y, sobre todo, en una presencia corporal que funciona como lenguaje en sí mismo. El silencio, en su caso, no es carencia, sino carácter.
Stallone ya había creado un icono popular con Rocky Balboa. Bastó, en cierto modo, tomar aquel arquetipo, clausurarle la palabra y someterlo a una transformación física aún más extrema para que el público aceptara, sin fisuras, que aquel hombre era capaz de aniquilar a un regimiento entero sin perder el aliento. Y lo logró. El físico de Rambo en su segunda entrega figura entre los más trabajados y emblemáticos de la historia del cine.
Se suele ensalzar —con razón— el sacrificio corporal de actores como Christian Bale o Robert De Niro cuando alteran radicalmente su peso para un papel, pero rara vez se reconoce con la misma seriedad el titánico trabajo físico de Stallone. Sin embargo, sin ese cuerpo esculpido hasta el límite, sin esa materialidad casi mitológica, Rambo y Rambo III no habrían alcanzado la contundencia visual y simbólica que hoy las convierte en referentes indiscutibles del cine de acción.

Como es sabido, el cine ha ofrecido otros cuerpos colosales: el coetáneo y casi antagónico Arnold Schwarzenegger, o, en tiempos más recientes, figuras como Chris Hemsworth. Sin embargo, en términos de definición extrema —cada músculo cincelado, cada vena expuesta, cada tendón convertido en signo dramático— nadie ha alcanzado el grado de precisión casi escultórica que Stallone logró entre 1985 y 1989, de Rocky IV a Rambo III. Aquello no era solo un físico poderoso: era un manifiesto visual.
Ya se ha dicho, y conviene insistir sin condescendencia, que Stallone nunca fue un prodigio interpretativo en el sentido académico del término. Pero su encarnación de John Rambo resulta, como mínimo, sólida y extrañamente entrañable. Hay en su torpeza verbal, en su rigidez expresiva, algo que refuerza la condición casi animal del personaje y lo vuelve cercano, incluso vulnerable, dentro de su brutalidad.
Y, además, Stallone no se limitó a prestar rostro y cuerpo. Aportó también pensamiento, intuición narrativa y una comprensión muy clara del tipo de mitología popular que estaba construyendo. Rambo no es solo un cuerpo en movimiento: es una figura diseñada desde la carne, sí, pero también desde una voluntad consciente de relato.
-James Cameron y Sly
Conviene recordar que la mitología de Rambo nace en realidad de la novela First Blood, escrita por David Morrell, y que fue el propio Stallone quien la adaptó para dar forma a Acorralado. En la segunda entrega, sin embargo, ya no existía un texto literario que sirviera de armazón: el personaje había quedado emancipado del papel impreso y exigía un nuevo relato. Para ello se recurrió a un primer tratamiento firmado por Kevin Jarre, pero aquel esbozo necesitaba ser transmutado en verdadero guion cinematográfico.
Ahí entran en escena dos fuerzas creativas destinadas al choque. Por un lado, Stallone, ya dueño absoluto de su criatura; por otro, un joven prodigio llamado James Cameron, recién consagrado tras el impacto sísmico de Terminator. Dos egos volcánicos, dos visiones férreas del cine y de la narración, cocinándose en la misma olla creativa.
El resultado, inevitablemente, fue explosivo. La olla no solo hirvió: saltó por los aires. Pero de esa colisión surgió una energía singular, un relato hipertrofiado, directo y sin complejos, que terminó de definir el canon del cine de acción moderno. A veces, el conflicto no destruye la obra: la afila.

Y es sabido —aunque a algunos les incomode recordarlo— que James Cameron reniega tanto de la coautoría del guion de Rambo como de la dirección de Piraña 2: vampiros del mar. Pero la historia del cine no se escribe con declaraciones retrospectivas, sino con hechos: Cameron estuvo allí, en ambos casos, le guste o no. Y su huella, aunque él la niegue, resulta difícil de borrar.
Quizá sea precisamente por su presencia —por esa obsesión quirúrgica con el ritmo, la progresión y la lógica interna de la acción— por lo que Rambo funciona con una precisión casi matemática. La película no se limita a encadenar disparos y explosiones: bajo el estruendo late una mínima pero eficaz estructura dramática, unos personajes reconocibles, una idea clara de conflicto. Entre ráfagas y detonaciones aún hay relato. A quién pertenece exactamente una frase tan demoledora como “Eso a lo que usted llama infierno, él lo llama hogar” resulta casi irrelevante; lo verdaderamente importante es que de aquel combate cuerpo a cuerpo en la mesa de escritura, entre Stallone y Cameron, surgieron noventa minutos que marcaron a una generación y fijaron para siempre el ADN del cine de acción moderno.
-George Pan Cosmatos
Ted Kotcheff ya había demostrado en Acorralado un notable pulso para la acción, pero Stallone entendió que el género debía avanzar mucho más allá de los márgenes heredados de los setenta y los primeros ochenta. Cineastas como Walter Hill, Steven Spielberg o el propio Stallone en Rocky III y Rocky IV estaban señalando un nuevo camino: las cámaras, las técnicas de rodaje y los efectos permitían ahora secuencias más largas, más complejas, más físicas, capaces de convertirse en el verdadero eje narrativo del film.
Para dar ese salto se recurrió a George Pan Cosmatos, un nombre discreto, casi invisible dentro de la industria, pero con una sólida formación en la acción clásica. Lejos de intimidarse ante el nuevo paradigma, Cosmatos supo adaptarse a los tiempos sin traicionar la disciplina del viejo cine. Como Kotcheff, entendía que la acción debía estar siempre al servicio del relato y resultar creíble dentro de lo inverosímil que proponían estos nuevos héroes hiperbólicos.
Así, Rambo lleva al extremo aquella cacería nocturna en la que John sometía a los policías en Acorralado, trasladándola ahora a la jungla y multiplicando al enemigo hasta convertirlo en un ejército entero. Y, sin embargo, incluso hoy la secuencia conserva una extraña verosimilitud: Rambo no parece un superhéroe, sino un ser entrenado hasta el límite, una anomalía plausible. Esa lógica de la caza —el hombre convertido en depredador— se convertiría en un arquetipo del género, replicado hasta la saciedad en títulos como Depredador, donde el alienígena no deja de ser una reformulación monstruosa del propio John Rambo.
A esta secuencia hay que sumar momentos de una ambición inédita hasta entonces, como las escenas del helicóptero, que empujan el cine de acción hacia un territorio de exceso controlado. Rambo fue pionera en llevar el espectáculo al límite sin romper la tensión dramática, sin caer en la parodia involuntaria; una cordura que, conviene decirlo, el cine contemporáneo ha perdido casi por completo.
Lo logrado por Cosmatos se prolongaría un año después en Cobra, y encontraría continuidad en Rambo III, ya bajo la dirección de Peter MacDonald, curtido en la planificación de grandes set pieces en títulos como Batman. MacDonald no traiciona el legado visual de Cosmatos: lo amplifica. Más presupuesto, más exageración, más músculo… pero siempre sobre una base ya establecida, sólida, consciente de que incluso el exceso necesita reglas para no convertirse en ruido.
-Jerry Goldsmith
El cuarto nombre esencial de Rambo es el de Jerry Goldsmith, porque sin su música la película perdería buena parte de su músculo invisible. El tema principal de Rambo —probablemente uno de los más inspirados de toda su carrera— posee una cualidad poco común: puede mutar. Su melodía se adapta con naturalidad tanto a la acción desatada como a los pasajes introspectivos y melancólicos, hasta el punto de abrir y cerrar Acorralado como si se tratara de un lamento contenido, casi elegíaco.
Pero más allá del tema central, Goldsmith redefine el sonido mismo del film. Sus célebres golpes de cuerda, secos, cortantes, casi agresivos, irrumpen en los momentos de máxima tensión y testosterona: cuando el cuerpo de Rambo se revela como un mapa de músculos y venas, cuando el machete entra en juego, cuando todo indica que el soldado ha alcanzado su clímax militar. No acompañan la acción: la anuncian. Funcionan como una señal primitiva que avisa al espectador de que algo irreversible está a punto de suceder.
Estas breves ráfagas musicales operan más como efectos sonoros que como fragmentos tradicionales de banda sonora, y sin embargo constituyen la firma sonora —y, por extensión, visual— más reconocible de la saga, al menos en Rambo y Rambo III, que son las entregas que aquí nos ocupan. Durante varios años, este recurso sería imitado hasta la saciedad, convirtiéndose en uno de los sellos más característicos del cine de acción de la segunda mitad de los ochenta y los primeros noventa.
-Mario Kassar, Vajna y Carolco
Cerramos este recorrido con el productor Mario Kassar y, por extensión, con su socio Andrew G. Vajna, los auténticos arquitectos industriales del fenómeno. Fueron ellos —y especialmente Kassar— quienes entendieron que Rambo no solo era viable, sino que podía inaugurar un nuevo modelo de cine de acción: más físico, más excesivo, más directo, y al mismo tiempo extraordinariamente rentable.
La firma de Kassar atraviesa buena parte del gran cine de acción de las décadas siguientes, desde Terminator 2 hasta Danko o Soldado universal. Bajo el paraguas de Carolco, el espectáculo dejó de ser una promesa para convertirse en un método. Rambo no fue solo una película: fue la prueba de que el músculo, la técnica y la épica podían organizarse como un sistema. Y durante un tiempo —breve, fulgurante, irrepetible— ese sistema funcionó con una potencia que el cine contemporáneo aún intenta imitar sin lograrlo del todo.

Los nombres de Mario Kassar y Andrew G. Vajna deben pronunciarse siempre en compañía de Carolco, aquella productora surgida a finales de los años setenta que empujó al cine de acción desde los márgenes hasta la portada de la cultura popular. Carolco no solo fabricó éxitos: inauguró una era de excesos industriales, de músculo financiero y ambición sin complejos, donde el espectáculo se entendía como una forma de conquista. Su caída, en 1995, tras el descalabro mayúsculo de La isla de las cabezas cortadas, fue tan aparatosa como su ascenso: el último disparo de un modelo de cine que había vivido siempre al borde del abismo, convencido de que el riesgo era parte esencial del espectáculo.
El caso es que Carolco con Kassar a la cabeza, fueron los impulsores de películas como Rambo y casi toda su franquicia y como ya hemos dicho películas como Danko, calor Rojo, Soldado Universal o Terminator 2, todas pertenecientes a un estilo muy particular con una estética muy similar aunque fuesen realizadas por nombres muy distintos, lo que nos dice que Carolco llegó a crear una estética de acción propia de la que Rambo es su abanderada.
En definitiva, Rambo encierra muchas más virtudes de las que la crítica apresurada le concedió en su momento. Hemos señalado apenas cinco aspectos dignos de atención, cuando sería posible detenerse, sin exageración alguna, en cada uno de sus elementos técnicos. Basta mencionar la fotografía para entenderlo: Jack Cardiff compone escenas selváticas de una belleza casi espectral, apoyándose en difuminados que hoy, lejos de resultar anticuados, desprenden una magia artesanal difícil de replicar. John Stanier, por su parte, firma los inolvidables azules neón de la secuencia de las cuevas, una auténtica oda al expresionismo rodada a todo color en 1988, cuando el género aún se permitía soñar con la plástica antes que con el píxel.
Todo ello revela un trabajo y un talento muy superiores a los que muchos críticos de 1985 supieron —o quisieron— ver. Afortunadamente, el tiempo actúa como el crítico más justo: el mismo que permitió que figuras como John Ford o Alfred Hitchcock fueran reconocidas como genios, algo que no siempre ocurrió durante su propia época, y que hoy invita a reconsiderar películas como Rambo desde una mirada más lúcida y menos prejuiciosa.
Por eso insistimos desde Cinematte Flix: Rambo y Rambo III no son obras maestras del cine en sentido absoluto, pero sí auténticas joyas del cine de acción y piezas fundacionales de un género que, aunque hoy se disfrace con leotardos, máscaras y capas, continúa siendo el gran motor de la taquilla mundial y una pasión intacta para todos aquellos que se acercan a él con los ojos abiertos y sin condescendencia.

CURIOSIDADES DE RAMBO
Basado en una novela, la popular saga protagonizada por Sylvester Stallone es un icono en la industria del cine. Se han hecho cinco partes, tres de ellas en la década del 80.
Empecemos a enumerar algunas curiosidades de las peliculas.
1- ¿Quienes fueron considerados para interpretar el papel?
Al Pacino, Nick Nolte Michael Douglas, Jeff Bridges, Robert De Niro, Ryan O’Neal, Paul Newman y James Garner. Algunos lo rechazaron y a otros no lo tomaron en cuenta.
2- El Coronel
Kirk Douglas (el padre de Michael) originalmente interpretaría al coronel Samuel Trautman. Dado que Kirk quería que Rambo muriera al final como en la novela, se retiró de la película y Richard Crenna fue contratado en el último segundo.
3- El Puente
La película tiene lugar en un pueblo ficticio de Washington en Acorralado, titulado First Blood. Sin embargo gran parte de la película fue filmada en Hope, Columbia Británica, Canadá.
4- Tela
El gran trozo de tela podrida que Rambo encuentra en el bosque y lo recorta para crear su abrigo, no era en realidad hecho por los encargados del vestuario, sino una verdadera pieza de tela podrida encontrada durante la producción de la película.
5- Cuchillo
Su historia comenzó en el verano del año 1981, cuando el actor Sylvester Stallone pidió que se diseñara un cuchillo de supervivencia exclusivo para su próxima película, First Blood. El fabricante de cuchillos de Arkansas, conocido popularmente con el nombre Jimmy Lile fue el encargado de hacer el cuchillo de Rambo First Blood parte I y parte II.
6- El Teniente
En Rambo II, Dolph Lundgren iba a ser inicialmente el malvado ruso teniente coronel Podovsky interpretado por Steven Berkoff. Al final Sylvester Stallone prefirió contratarlo para Rocky IV (1985).
7- ¿John Travolta?
En Rambo II los productores habían considerado a John Travolta como un joven que ayudaría a Rambo en el rescate de los prisioneros de guerra estadounidenses. Por suerte Stallone vetó esta idea cuando decidió que sería mejor hacer el rescate en solitario.
8- Muerte
Al final de Rambo II, se dedica la película a uno de los hombres del equipo de efectos especiales Cliff Wenger Jr., quien tuvo un accidente y murió a causa de una de las explosiones.
9- Cicatrices
Rambo III (1989), sique una continuidad con respecto a las cicatrices de Rambo. En First Blood (1982) se puede ver la cicatriz en su brazo derecho, causada por la caída a través de los árboles y en Rambo: First Blood Part II (1985) se puede también ver la pequeña cicatriz justo encima de la mejilla izquierda, causada por el cuchillo caliente. En la imagen se aprecia los momentos:
10- El Cuchillo en Rambo III
El cuchillo prototipo de Rambo III diseñado por Gil Hibben y no por Jimmy Lile, fue utilizado brevemente en las escenas del campo de minas. Sin embargo los productores se dieron cuenta de que habían utilizado otro cuchillo en lugar del oficial en el resto de la película, que aparece cuando abre el fardo de alambre, pero no tienen tiempo ni dinero para filmar nuevamente las escenas. La mayoría de la gente ni siquiera lo notan. Sin embargo, si se mira de cerca, se puede ver que el cuchillo oficial tiene muchos dientes de sierra, y el otro no lo tiene.
11- No a los Músculos
En Rambo 4 (2008) Sylvester Stallone no muestra en ningún momento sus músculos. Esto se debe por supuesto a la edad y a que el actor se tatuó ambos hombros a finales de julio de 2007.

“Prescindible es, cuando te invitan a una fiesta. Tu no vas, pero nadie se da cuenta.”
john rambo



