Hubo una época —no tan lejana como parece, aunque hoy nos resulte arqueológica— en la que el deseo se imprimía sobre papel barato y se vendía discretamente en los quioscos, mezclado entre revistas de automóviles, periódicos deportivos y tebeos infantiles. Era un deseo clandestino, no porque estuviera necesariamente prohibido, sino porque todavía necesitaba disfrazarse para circular. Y uno de sus disfraces más fascinantes fue el cómic de terror. Allí, en aquellas publicaciones de los años setenta y ochenta que combinaban tinta negra, papel poroso y portadas de colores violentos, el erotismo encontró un territorio de libertad inesperado: un lugar donde la carne podía insinuarse bajo la coartada del miedo y donde la censura, tan vigilante frente a lo explícito, a menudo no supo reconocer el incendio que se estaba produciendo entre las sombras.




Revistas como Creepy, Eerie o, en el ámbito español, Vampus y Rufus entendieron muy pronto que el terror y el erotismo compartían una misma lógica emocional. Ambos trabajan sobre la anticipación. Ambos necesitan del misterio. Ambos operan mejor cuando sugieren más de lo que muestran. El lector que abría una de aquellas revistas buscaba monstruos, sí, pero también encontraba otra clase de estremecimiento: el de una sensualidad que se filtraba entre criptas húmedas, castillos derruidos, laboratorios malditos y planetas bárbaros, donde siempre aparecía una figura femenina cuya mera presencia alteraba el equilibrio visual de la página.
Aquellas mujeres dibujadas —vampiresas de labios imposibles, supervivientes semidesnudas de mundos hostiles, hechiceras, guerreras o víctimas estratégicamente maltratadas por la narrativa— no eran un simple reclamo comercial, aunque evidentemente también cumplían esa función. Eran, sobre todo, una formulación gráfica del deseo masculino de la época, una mitología visual que condensaba pulsiones, fantasías y miedos en una sola imagen. El gran hallazgo del cómic fue comprender que esa operación resultaba mucho más poderosa cuando se realizaba desde la estilización. La fotografía aún debía negociar con la realidad física del cuerpo; el dibujo, en cambio, podía inventar otro cuerpo. Podía exagerarlo, idealizarlo, descomponerlo y volver a construirlo bajo nuevas leyes anatómicas. Podía fabricar mujeres irreales y, precisamente por ello, inolvidables.




Esa libertad convirtió a los grandes ilustradores de aquella era en auténticos arquitectos del deseo. José González transformó a Vampirella en un icono que todavía hoy continúa resultando visualmente hipnótico, no porque enseñara demasiado, sino porque comprendió que la sensualidad auténtica reside en la tensión entre mostrar y ocultar. Esteban Maroto dotó a sus personajes de una voluptuosidad casi litúrgica, como si estuviera pintando frescos paganos destinados a una catedral prohibida. Richard Corben, por su parte, llevó la fisicidad del cuerpo hasta extremos casi escultóricos, haciendo que la carne pareciera tangible incluso sobre una superficie plana. Y artistas como Bernie Wrightson demostraron que un buen uso de la sombra podía resultar más excitante que cualquier desnudo frontal.
Porque ahí estaba el verdadero secreto de aquel erotismo: en la sombra. No en el cuerpo completo, sino en el fragmento. No en la exposición total, sino en el claroscuro. La tinta china se convirtió así en una herramienta inesperadamente sensual. Un hombro apenas iluminado, una pierna emergiendo de la penumbra, un escote interrumpido por una mancha de negro profundo podían contener más tensión erótica que muchas imágenes explícitas contemporáneas. El lector participaba activamente de ese juego: completaba con su imaginación aquello que el dibujo apenas sugería.
En paralelo, el cómic underground radicalizaba la operación. Allí ya no era necesario fingir. Autores como Robert Crumb o Spain Rodriguez decidieron que el erotismo podía abandonar toda elegancia y presentarse como provocación frontal, sátira sexual o incluso agresión estética. Aquella corriente era menos refinada, más política y mucho más incómoda, pero cumplió una función decisiva: ampliar definitivamente los límites de lo representable.
Miradas desde el presente, aquellas revistas poseen además una textura que hoy parece irrepetible. No hablo solo del papel envejecido o del olor de la tinta oxidada, aunque también; hablo de una textura cultural. La sensación de estar accediendo a algo semiprohibido. De abrir una publicación que contenía un pequeño secreto. El erotismo contemporáneo, sometido a la lógica de la disponibilidad total y de la imagen infinita, ha perdido en gran medida esa capacidad de insinuación. Aquellos cómics, en cambio, estaban construidos sobre la espera. Sobre la promesa. Sobre la deliciosa sospecha de que la siguiente página quizá contendría algo más perturbador o más excitante que la anterior.
Quizá por eso siguen siendo tan magnéticos. Porque no eran únicamente revistas de terror ni simples artefactos pulp diseñados para el consumo rápido. Eran pequeñas máquinas de deseo fabricadas con tinta, papel y astucia editorial; artefactos visuales que aprendieron a burlar la censura no enfrentándose a ella de forma directa, sino desplazándose elegantemente hacia el territorio del símbolo, de la metáfora y de la penumbra.
Y es precisamente ahí donde reside su belleza duradera: en haber demostrado que incluso bajo la vigilancia de la moral más rígida, el arte siempre encuentra una manera de deslizar el deseo entre líneas. En este caso, entre líneas dibujadas.
El universo del cómic pulp, del terror de quiosco y de las revistas para adultos de los setenta y ochenta está poblado de heroínas y antiheroínas que hoy forman parte de una mitología visual casi secreta. Algunas nacieron dentro del terror gótico, otras en la fantasía bárbara, otras en el cómic erótico europeo o en el underground americano, pero todas comparten una misma cualidad: fueron diseñadas para habitar esa frontera fascinante entre el poder, el peligro y el deseo.
Aquí tienes una selección de algunas de las más icónicas.
Vampirella
Probablemente la gran reina del erotismo pulp. Creada en 1969 para la revista Vampirella, su bañador rojo imposible la convirtió inmediatamente en un icono pop. Dibujada por artistas como José González, alcanzó una sensualidad casi escultórica. Más que un personaje, era una declaración de intenciones.
Red Sonja
La guerrera bárbara definitiva. Espada, melena roja, bikini de cota de malla y una ferocidad que redefinió la fantasía heroica femenina. Su erotismo nacía menos de la vulnerabilidad que de la autoridad física. Era deseo convertido en amenaza.
Valentina
Creación del italiano Guido Crepax, representa la sofisticación erótica europea. Menos pulp y más intelectual, menos bárbara y más psicoanalítica. Valentina era deseo adulto, onírico, casi freudiano.
Druuna
Obra de Paolo Eleuteri Serpieri, es probablemente la gran emperatriz del cómic +18 europeo. Ciencia ficción distópica, sensualidad explícita y un virtuosismo anatómico apabullante. En ella desaparece ya cualquier disfraz: el erotismo ocupa el centro del escenario.
Ghita de Alizarr
La fantasía barroca de Frank Thorne. Menos famosa que Red Sonja, pero quizá aún más voluptuosa y exuberante. Cada página parecía una explosión de carne, tela rasgada y movimiento.
Jirel de Joiry
Aunque nació en la literatura pulp, sus adaptaciones visuales ayudaron a consolidar el arquetipo de la guerrera oscura: menos sexualizada de forma explícita, pero enormemente influyente en todo lo que vino después.
Barbarella
Antes de que Jane Fonda la inmortalizara en cine, fue una creación del cómic francés de Jean-Claude Forest. Ciencia ficción psicodélica y erotismo pop en estado puro.
Satana
La demonia de Marvel Comics que llevó el erotismo infernal al mainstream. Menos explícita que sus primas europeas, pero con una iconografía potentísima: cuero, magia negra y perversión glam.
Dejah Thoris
Princesa marciana creada por Edgar Rice Burroughs, sus múltiples adaptaciones visuales la transformaron en una de las grandes precursoras del erotismo pulp espacial.
Axa
Heroína postapocalíptica británica de culto. Pelo salvaje, estética leather y energía punk. Muy hija de su tiempo, muy setentera, muy irresistible.
Modesty Blaise
No era exactamente pulp erótico, pero su sofisticación, inteligencia y magnetismo sexual la convirtieron en una de las grandes fantasías adultas del cómic europeo.
Epoxy
Creada por Paul Cuvelier, es una pieza de culto: mitología clásica, desnudez artística y erotismo elevado a lenguaje plástico.
Scarlett Dream
Heroína de muchas revistas underground y antologías adultas menos conocidas, representante de esa zona gris entre el cómic de autor y la ilustración erótica.
Las heroínas de Métal Hurlant
Más que un personaje concreto, un universo entero: mujeres diseñadas por Moebius, Enki Bilal o Philippe Druillet, donde el erotismo se volvía experimental, extraño y futurista.
Si hubiera que resumirlas a todas en una sola idea, diría que estas heroínas no fueron simples “mujeres sexys dibujadas para vender”. Fueron, en realidad, el lugar donde el cómic pulp experimentó con el deseo como lenguaje visual: cuerpos imposibles, sí, pero también fantasías culturales de una época que todavía creía que la tinta podía ser tan peligrosa como la carne.
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