El sol cae con la indolencia de una tarde costera, lenta como una canción que se resiste a terminar. El mundo, mientras tanto, se curva dentro de unas gafas de aviador. En el cristal convexo, la realidad se dobla suavemente, como un recuerdo que ha permanecido demasiado tiempo guardado en un cajón.
Todo sucede allí, en ese pequeño universo reflejado.
Junto a una vieja barca blanca aparece ella.
Está de pie, inmóvil, bañada por la luz cálida del atardecer. La piel adquiere ese tono dorado que solo existe cerca del mar, cuando el sol empieza a despedirse sin prisa. El cabello se mueve apenas con la brisa salada, como si el viento supiera que no debe alterar demasiado la escena.
No posa.
No se esconde.
Simplemente está.
Y en esa simple presencia se concentra toda la calma de los veranos interminables, esos días que parecen suspendidos en una especie de eternidad luminosa donde cada gesto —por mínimo que sea— parece destinado a convertirse en memoria.
El hombre no gira la cabeza.
No necesita hacerlo.
La observa a través del reflejo oscuro de sus gafas, como si la vida —caprichosa, breve, irrepetible— solo pudiera contemplarse de ese modo: de reojo, en silencio, atrapada en la curva imperfecta de un vidrio que guarda el instante con la delicadeza de un fotograma antiguo.
Porque hay momentos que no se viven del todo.
Se reflejan.
Y luego quedan allí, suspendidos en la superficie de una mirada, como si pertenecieran ya a otra época.
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