La loba de fuego de Thul-Ka

La loba de fuego de Thul-Ka | Relatos eróticos en video

Mucho antes de que los cartógrafos trazaran fronteras sobre pergaminos amarillentos y mucho antes de que los sacerdotes encerraran a los dioses en templos de piedra, existió una época en la que el mundo era todavía una criatura salvaje. Los océanos ocultaban ciudades sumergidas donde dormían reyes convertidos en coral, las montañas eran consideradas los huesos visibles de gigantes petrificados y los bosques se extendían durante miles de leguas como océanos de sombra verde donde la humanidad apenas ocupaba unos pocos claros arrebatados a la oscuridad. Aquella fue la Era de los Tronos de Bronce, cuando cada horizonte prometía maravillas o pesadillas y cuando la aventura no era una elección, sino una condición inevitable de la existencia.

En aquellos tiempos, cuando los hombres todavía temían a los bosques más que a los ejércitos enemigos, se alzaba al norte del continente la inmensa selva de Thul-Ka, una extensión tan antigua que ninguna leyenda recordaba su nacimiento. Los árboles crecían allí con proporciones ciclópeas; sus troncos eran tan anchos como torres y sus copas formaban una bóveda perpetua bajo la que reinaba un crepúsculo verdoso incluso durante el mediodía. Las tribus cercanas afirmaban que aquella espesura no era un lugar, sino una entidad consciente, una inteligencia vegetal que observaba desde hacía milenios el paso de imperios y civilizaciones con la misma indiferencia con la que un hombre contempla la lluvia caer sobre una roca.

Fue hacia el corazón de aquella inmensidad donde cabalgó Aelyra, última descendiente de los clanes de Arken, portando una espada forjada en la desaparecida Atlor y una promesa pronunciada sobre la tumba de su padre. Los ancianos le habían advertido que ningún ser humano regresaba del santuario de los Reyes Astados, pero las advertencias tienen poco valor para quienes han perdido todo cuanto amaban. Durante semanas atravesó pantanos donde criaturas translúcidas emergían de las aguas negras para cantar con voces humanas, cruzó valles cubiertos por ruinas imposibles cuyos constructores habían desaparecido miles de años antes del nacimiento de la primera ciudad conocida y contempló columnas de piedra que ascendían hasta perderse entre las nubes como si sostuvieran los restos de un cielo olvidado.

Sin embargo, ninguna de aquellas maravillas la preparó para la visión que encontró cuando alcanzó el Claro de las Cenizas Eternas.

Allí, en medio de un círculo de árboles ennegrecidos por un fuego imposible, descubrió una bestia que parecía haber escapado de los sueños de algún dios antiguo. Era un lobo gigantesco cuya melena estaba formada por llamas vivas que no consumían la carne ni la tierra sobre la que caminaba. Sus ojos brillaban como carbones encendidos y cada respiración escapaba de sus fauces convertida en una nube de chispas doradas. No pertenecía al reino de las bestias ordinarias; incluso la naturaleza parecía retroceder a su alrededor, como si reconociera en aquella criatura una fuerza más antigua que el tiempo.

Los viejos manuscritos de Atlor hablaban de los Lobos del Sol, guardianes forjados durante la Primera Aurora, cuando los dioses todavía caminaban sobre la tierra y las estrellas eran jóvenes. Según aquellas historias, la mayoría había perecido durante las Guerras Celestes, exterminados por hechiceros que deseaban apropiarse del fuego primordial que ardía en sus corazones. Aelyra comprendió entonces que se hallaba ante el último superviviente de una raza legendaria, una reliquia viviente de una era desaparecida.

Pero el animal estaba herido.

Gigantescas cadenas negras, cubiertas de runas carmesíes, se hundían en su piel como serpientes metálicas. Aquellas cadenas no habían sido forjadas por manos humanas. Procedían de las forjas abisales de Morgorath, el Rey Hechicero de los Mil Cuernos, señor de las fortalezas ocultas bajo la montaña de Khar-Nul. El tirano había capturado a la criatura para extraer el fuego inmortal de su sangre y alimentar con él una máquina capaz de eclipsar el sol para siempre.

Mientras observaba aquella escena, Aelyra comprendió que el destino de reinos enteros se había concentrado en aquel instante silencioso. Si el lobo moría, las sombras cubrirían el mundo. Si era liberado, todavía existiría una esperanza para las naciones libres.

Con un grito que resonó entre los árboles como el choque de dos espadas divinas, levantó su arma y descargó el primer golpe contra las cadenas.

Las runas explotaron en una tormenta de luz.

El bosque tembló.

Las copas se agitaron como si una tempestad hubiera despertado de repente.

Y desde las profundidades de la selva comenzó a escucharse el sonido de cuernos de guerra.

Los ejércitos de Morgorath habían encontrado a la intrusa.

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Lo que siguió sería cantado durante siglos por bardos, marineros y aventureros. Las legiones del Rey Astado descendieron sobre el claro como una marea de acero oscuro, pero encontraron algo que ninguna profecía había anunciado: una guerrera empuñando una espada de luz y un lobo de fuego ancestral luchando hombro con hombro bajo las sombras de una selva primigenia. Allí, entre llamas, sangre y raíces milenarias, comenzó una batalla tan colosal que los propios árboles parecieron inclinarse para contemplarla.

Y todavía hoy, cuando los viajeros atraviesan los bosques septentrionales durante las noches de tormenta, algunos aseguran ver dos siluetas recorriendo los senderos perdidos de Thul-Ka: una mujer armada con una espada que brilla como una estrella caída del firmamento y un lobo envuelto en fuego dorado que jamás se extingue. Los sabios afirman que no son más que supersticiones. Pero los viejos narradores sonríen al escuchar esas explicaciones, porque saben que hay leyendas demasiado grandes para morir y héroes cuyo recuerdo permanece vivo mientras exista alguien dispuesto a mirar hacia la oscuridad del bosque y preguntarse qué maravillas aguardan todavía más allá de la última frontera conocida.

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