El legado del Victoria’s Secret Fashion Show en 2026
Hubo un tiempo —no tan lejano, aunque internet lo haya comprimido hasta volverlo arqueología pop— en que el Victoria’s Secret Fashion Show detenía el pulso mediático del planeta. La cita de 2011, celebrada el 9 de noviembre en el Lexington Avenue Armory de Nueva York, fue uno de sus momentos de apogeo: un ritual de lentejuelas, anatomías esculpidas y coreografías que convertían la lencería en espectáculo planetario.












Sobre la pasarela flotaban nombres que hoy pertenecen a una constelación ya clásica del modelaje: Alessandra Ambrosio, Erin Heatherton, Izabel Goulart, Candice Swanepoel, Lais Ribeiro, Lily Donaldson, Shanina Shaik, Chanel Iman y la incombustible Adriana Lima. Aquel desfile fue emitido en más de noventa países y rondó los diez millones de espectadores en Estados Unidos, cifras que hoy, en plena era del algoritmo y la fragmentación, parecen casi mitológicas.
La música en directo aportaba músculo y estruendo pop: Jay-Z, Kanye West y Nicki Minaj marcaban el ritmo de una fantasía donde la moda coqueteaba con el videoclip y el estadio. También apareció Adam Levine, vocalista de Maroon 5, en una de esas alianzas entre pasarela y música que definieron la década.
Y, por supuesto, estaba el fetiche máximo: el Fantasy Treasure Bra, engarzado con más de 3.400 piedras preciosas y valorado entonces en 2,5 millones de dólares, lucido por Miranda Kerr como si fuese una corona íntima. No era solo una prenda: era una declaración de exceso, un guiño barroco en un mundo que aún celebraba la opulencia sin demasiadas preguntas.






De 2011 a 2026: mutación y memoria
Pero el tiempo, siempre implacable, obligó a la marca a mirarse en el espejo. Tras la cancelación del show televisivo en 2019 y años de críticas sobre representación y diversidad, Victoria’s Secret inició un proceso de reinvención que culminó en 2023 con el formato híbrido The Tour, más cercano al documental performativo que al desfile tradicional. Desde entonces, la firma ha apostado por embajadoras diversas, narrativas personales y una estética menos uniforme, más acorde con la sensibilidad contemporánea.
En febrero de 2026, el recuerdo del desfile de 2011 funciona como cápsula del tiempo. Aquellas imágenes —alas imposibles, cuerpos bronceados, coreografías milimétricas— pertenecen a una era en la que el espectáculo era lineal y la audiencia, masiva. Hoy, la conversación es horizontal, las redes dictan tendencia y la belleza ya no responde a un único canon.
Y sin embargo, hay algo magnético en revisar aquel evento: su desmesura, su convicción en el artificio, su voluntad de convertir la pasarela en teatro eléctrico. No posaban desnudas, es cierto, pero el juego de transparencias y fantasía rozaba el límite con una sonrisa cómplice. Era una sensualidad coreografiada, casi mitológica, que hablaba de un mundo previo a la hiperconciencia crítica actual.
Quizá el verdadero legado del Victoria’s Secret Fashion Show no sea la nostalgia del brillo, sino la evidencia de que todo espectáculo debe evolucionar o extinguirse. En 2026, la moda no puede limitarse a exhibir; necesita narrar, incluir, dialogar. El ángel ya no desciende desde el cielo con alas de plumas: camina entre nosotros, consciente de que la belleza —como el cine, como la cultura— solo perdura cuando sabe transformarse.



