‘War machine’ de Netflix y la selva que no pesa

En su nuevo tráiler, War Machine se presenta como una superproducción musculada, un desfile de explosiones digitales, soldados de mandíbula tensa y una amenaza invisible que acecha entre la vegetación. Todo parece dispuesto para invocar el recuerdo de Depredador (1987), aquel tótem de la acción selvática donde el sudor, el barro y la respiración agitada eran tan importantes como el monstruo. Sin embargo, en ese intento de resucitar el espíritu de Dutch y su comando, Netflix tropieza con un obstáculo que no se resuelve con presupuesto ni con renderizado de última generación: la materia.

El filme de John McTiernan no era solo una cacería alienígena; era una experiencia física. La jungla no era un fondo, sino un organismo hostil que oprimía el encuadre. Cada hoja cortaba la luz, cada rama parecía tener peso, cada charco de barro manchaba de verdad los cuerpos exhaustos de los actores. Schwarzenegger no luchaba únicamente contra un extraterrestre, sino contra la humedad, los insectos, el calor pegajoso que convertía el rodaje en una prueba de resistencia. Esa fricción entre cuerpo humano y entorno real es la esencia que War Machine intenta imitar… sin tocarla.

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Aquí Netflix apuesta por un protagonista de complexión imponente, una figura diseñada para evocar al héroe de los ochenta actualizado al canon contemporáneo: más estilizado, más fotogénico, menos tosco. Su presencia funciona como icono, pero rara vez como peso. Corre, dispara, se arrastra… pero el suelo no se hunde, las plantas no se rompen, el aire no parece espeso. La selva digital, por muy detallada que sea, carece de resistencia. Es un decorado sin gravedad dramática.

El problema no es el uso de CGI en sí, sino su función sustitutiva. En Depredador, los efectos especiales servían para introducir lo imposible dentro de un mundo tangible. El monstruo era irreal; el barro en la cara de Dutch, no. En War Machine, en cambio, también el entorno pertenece al reino de lo virtual. Y cuando todo es simulación, nada se siente amenaza. La cámara ya no registra una lucha física, sino una coreografía sobre fondo verde, pulida en postproducción hasta borrar la fricción que hacía vibrar al clásico del 87.

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Hay además una cuestión de puesta en escena. McTiernan filmaba los cuerpos como volúmenes sólidos en un espacio opresivo; la profundidad de campo estaba cargada de incertidumbre, y cada plano podía esconder la muerte entre los árboles reales. El tráiler de War Machine privilegia la limpieza visual: explosiones perfectamente legibles, movimientos de cámara imposibles, una claridad que traiciona la idea misma de acecho. La jungla deja de ser laberinto para convertirse en pantalla de videojuego.

Así, la película parece aspirar a la iconografía de Depredador —el comando aislado, la amenaza invisible, el héroe reducido a instinto primario— sin asumir su sacrificio físico. Quiere el mito sin el sudor, la épica sin las picaduras de mosquito. Y en ese gesto se delata una tendencia más amplia: la del blockbuster contemporáneo que reproduce formas del pasado mientras renuncia a su materialidad.

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Porque la grandeza de Depredador no residía solo en su criatura o en sus frases memorables, sino en la sensación de que aquello estaba ocurriendo en un lugar real, bajo un sol real, con cuerpos que podían romperse de verdad. War Machine, por lo que deja ver su avance, propone una guerra en la selva donde nada pesa demasiado. Y cuando la selva no pesa, el peligro tampoco.

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