Un hallazgo improbable: dos libros de la biblioteca personal de Lope de Vega aparecen en Quito

Un hallazgo improbable: dos libros de la biblioteca personal de Lope de Vega aparecen en Quito

Hoy, 30 de julio de 2025, el mundo cervantino ha recibido una noticia sorprendente: en la histórica biblioteca del convento de Santo Domingo, en Quito (Ecuador), el investigador Antonio Sánchez Jiménez ha hallado dos volúmenes que portan con claridad el ex libris personal de Lope de Vega. Frente a la aridez aparente del hallazgo, lo que emerge es un desplazamiento epistemológico: parte del universo material del Fénix de los ingenios se encontraba, inadvertido, cruzando el Atlántico.

Estas obras, hoy identificadas como pertenecientes a Lope, son dos ediciones antiguas: una notablemente cargada de anotaciones y dos marcas de lectura, lo que revela que aquel cuerpo de tinta no sirvió solo de ornamento, sino de instrumento intelectual para quien escribía comedias, novelas y poemas con furor incansable. Se trata, en efecto, de dos ejemplares que provendrían de su biblioteca personal, que heredó su hija Feliciana y que se perdió en los circuitos del comercio editorial.

Lo verdaderamente afortunado es que uno de estos libros lleva la rúbrica clara de Lope de Vega, ubicada en un índice cuidado y destinado al teólogo san Juan Crisóstomo («Index amplissimus insignium sententiarum…» impreso en París en 1536). Para el estudioso, más que objetos iconográficos, estos volúmenes son pruebas tangibles de cómo trabajaba Lope: qué leía, cómo tomaba notas, qué reverberaciones personales encontraron eco en sus lecturas.

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Y aunque desconocemos cómo estos libros llegaron a Ecuador —quizás en uno de los envíos europeos de fray Ignacio de Quezada al fundar el Colegio de San Fernando en Quito entre los siglos XVI y XVII— su aparición tiene la fuerza de un rescate arqueológico del intelecto.

Una reconexión con el cosmos intelectual del Fénix

La importancia de este descubrimiento radica en su capacidad de reconstruir la biblioteca de quien fue el escritor más prolífico del Siglo de Oro. Tradicionalmente, sabemos que Lope poseía una colección considerable de libros, que su hija heredó y posteriormente dispersó. Hasta ahora, apenas teníamos referencias indirectas de su fondo personal: citas en comedias o alusiones literarias. Este redescubrimiento trae al presente los pedazos rotos de esa colección como evidencia directa.

Gracias a la rigurosa huella de autoría –su firma–, y a los rastros de uso —marcas de lectura—, este hallazgo no solo nos conecta con su mundo lector, sino que también nos permite comprender cómo se zambullía en textos teológicos y filosóficos que ampliaban el horizonte de su creación literaria.

Este golpe de fortuna no solo revive la tinta en papel, sino también el escrutinio de un académico que sabe mirar bajo las tapas desgastadas y descifrar el rastro del genio.

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¿Qué implicaciones tiene para la investigación cervantina?

  • Revisión de hipótesis sobre la difusión transatlántica de libros en época colonial.
  • Posible reconstrucción parcial de la biblioteca personal de Lope, saldando una laguna histórica.
  • Nuevas preguntas sobre el impacto de ciertos textos teológicos en su producción literaria.
  • Potencial de hallar más volúmenes en América Latina que devuelvan fragmentos perdidos del pensamiento lopiano.

Ambos libros forman parte hoy de la biblioteca Fray Ignacio de Quezada, que alberga más de 30 000 volúmenes acumulados durante siglos por los dominicos en Quito. Y aunque aún no se han identificado los itinerarios precisos que llevaron estos dos ejemplares desde la España del siglo XVII hasta Ecuador, ese misterio enriquece su aura histórica.

En conclusión

El descubrimiento de estos dos libros con el ex libris de Lope de Vega no supone un simple hallazgo bibliófilo: supone el rescate de parte de su mirada lectora, de su modo de conocimiento, de su taller íntimo. Es un destello diminuto, pero luminoso, en la oscuridad de la historia editorial del Siglo de Oro. El profesor Sánchez Jiménez ha abierto una ventana: quizás no solo tengamos que revisar lo que sabíamos del joven Lope de Vega, sino preguntarnos qué voces —aún dormidas en los anaqueles coloniales— aguardan aún por ser leídas de nuevo.

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