‘Terminagolf 2’: 46 millones de visualizaciones y un descenso colectivo de neuronas

‘Terminagolf 2’: 46 millones de visualizaciones y un descenso colectivo de neuronas

46,7 millones de visualizaciones en tres días. Terminagolf 2, la última entrega del acuerdo faústico entre Adam Sandler y Netflix, ha hecho historia en la plataforma. Una historia que, más que celebrarse, debería preocuparnos como especie. Porque cada éxito como este no solo engorda las estadísticas de visionado, también adelgaza —hasta el raquitismo— nuestra dieta cultural.

Sí, se trata de una secuela. Sí, hay nostalgia. Y sí, volvemos a ver a Sandler haciendo lo mismo que lleva haciendo desde hace tres décadas: gritar, gesticular, poner voces tontas y deslizarse por un guion que parece escrito entre eructos y descansos de golf. Pero el dato frío —esos casi 47 millones de clics— oculta un drama más profundo: la comodidad pasiva del espectador que ya no busca cine, sino dopamina instantánea.

happy-gilmore-2-wide-1024x576 ‘Terminagolf 2’: 46 millones de visualizaciones y un descenso colectivo de neuronas

Netflix celebra el récord. La prensa lo reporta como un hito. Los fans de la primera parte —una comedia menor convertida en culto por acumulación de memes— se emocionan como si acabaran de redescubrir a Chaplin. Pero lo que se proyecta detrás del triunfo de Terminagolf 2 no es una película, sino la consolidación del algoritmo como programador en jefe del ocio humano.

La crítica incluso le ha dado un 65% de valoraciones positivas en Rotten Tomatoes. Más que la original. Qué más da. Hoy la crítica nada contracorriente en un mar de espectadores que no necesitan saber si una película es buena o mala: solo que esté ahí, fácil, rápida, digerible. Como una hamburguesa visual que no nutre pero sacia.

Por supuesto, hay quien sigue defendiendo que Garra fue la mejor cinta de Sandler para Netflix. Y que Diamantes en bruto —aunque no sea de la casa— sigue siendo la excepción brillante que confirma el desierto. Pero esa es otra conversación. Lo cierto es que Terminagolf 2 triunfa porque no pide nada a cambio. Solo tiempo. Y tiempo es lo único que parece sobrar mientras el pensamiento crítico escasea.

Detrás del supuesto “éxito histórico” hay un fenómeno más inquietante: la renuncia progresiva a la exigencia, al asombro, a la dificultad. El espectador medio ya no busca arte ni relato ni emoción: busca contenido. Y Netflix, que no da puntada sin hilo, se lo entrega con precisión quirúrgica.

Así, Terminagolf 2 es más que una secuela tonta con un título de chiste: es el retrato exacto del espectador domesticado. Del público que confunde el clic con la elección, la risa fácil con la comedia, el número de visualizaciones con la calidad.

Puede que no sepamos aún cuál será el techo de Terminagolf 2. Pero sí sabemos cuál es su suelo: el umbral crítico del espectador, cada vez más bajo, más plano, más anestesiado. Y eso, por muchas carcajadas que provoque, no es una buena noticia.

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