Desnudos, alienígenas y celuloide: la historia secreta del sexo en la ciencia ficción (1961–1989)
Breve historia del cine de ciencia ficción y sexo, parte 1: 1961–1989
Hay momentos en la historia del cine en los que una sentencia judicial pesa más que un manifiesto artístico. Eddie Muller y Daniel Faris lo recuerdan con precisión quirúrgica en su libro Grindhouse: The Forbidden World of “Adults Only” Cinema, al evocar el día en que se abrieron las compuertas del desnudo legal en las pantallas neoyorquinas. El 3 de julio de 1957, el juez Charles Desmond dictaminó que la desnudez, en sí misma, no era indecente. No había en ella —escribió— nada “sexy ni sugestivo”. Aquellos nudistas que aparecían en pantalla eran, según la sentencia, gentes sanas, felices, familiares incluso, practicantes de una teoría tan sincera como equivocada: que la ropa, cuando el clima no la exige, daña la salud mental al fomentar la vergüenza sobre el cuerpo y sus funciones naturales.

La industria entendió el mensaje con la rapidez de un tahúr. De inmediato, el circuito grindhouse se vio inundado por películas nudistas producidas por cineastas oportunistas, deseosos de hacer caja antes de que el viento cambiara. Todas respondían a una fórmula invariable: un personaje ajeno al nudismo llega a un campamento, se escandaliza, observa cuerpos jugando al voleibol y tomando el sol, conversa con nudistas de sonrisa permanente y, finalmente, se convierte. El espectador, espejo del protagonista, salía del cine con la sensación de haber asistido a una lección de higiene moral y física… entre saque y saque de pelota.
Durante un breve periodo, estas películas fueron enormemente populares: eran el único lugar donde podían verse pechos y nalgas en una pantalla grande, aunque el pubis siguiera siendo territorio prohibido. El problema era otro: el tedio. Incluso el voyeur más paciente acaba cansándose del voleibol semidesnudo. Doris Wishman, futura leyenda de la sexploitation, lo entendió mejor que nadie. Cuando decidió rodar su propio filme nudista, optó por dinamitar la rutina. En Hideout in the Sun (1960), dos hermanos atracan un banco, secuestran a una mujer que trabaja en un campamento nudista y se refugian allí mientras la policía les pisa los talones. Entre huidas, cuerpos desnudos y un inesperado enamoramiento, Wishman había cruzado el cine nudista con el thriller criminal.

Un año después llegaría su obra más célebre y extravagante: Nude on the Moon (1961). Pionera incansable, Wishman decidió mezclar nudismo y ciencia ficción. Dos científicos viajan a la Luna y descubren una sociedad de alienígenas humanoides nudistas, adornados con antenas elásticas. No era la primera película de ciencia ficción que apelaba al erotismo, pero sí la primera en mostrar desnudos reales. Casto en tono y argumento, el filme marcó, con toda probabilidad, el nacimiento del cine de ciencia ficción sexual.

Casi en paralelo surgió el ciclo del nudie cutie, comedias “adultas” de humor infantilizado inauguradas por The Immoral Mr. Teas (1959), de Russ Meyer. Sus protagonistas, torpes y pasmados, se veían rodeados de mujeres desnudas mientras la narración avanzaba a golpe de gag visual. Algunas de estas películas incorporaron elementos de ciencia ficción, como 50,000 B.C. (Before Clothing) (1963), donde un marido expulsado de casa duerme en un taxi que resulta ser una máquina del tiempo y despierta entre cavernícolas desnudos.

Otros híbridos llevaron la premisa aún más lejos. Kiss Me Quick! (1964), primera película rodada por el legendario director de fotografía László Kovács, invertía el esquema de Devil Girl from Mars (1954): aquí, el alienígena Sterilox, procedente de la “galaxia sin traseros”, llega a la Tierra en busca de la mujer humana perfecta. Entre bailes, striptease y comentarios chistosos, la película consolidó un tono que oscilaba entre la parodia y el delirio. The Monster of Camp Sunshine (1964), por su parte, mezclaba nudismo y horror: un científico loco convierte al guardés de un campamento en una criatura descontrolada. Hoy, estas películas sobreviven como fósiles de culto, pero establecieron tropos que el género no ha dejado de reciclar.


A medida que las leyes sobre obscenidad se relajaban en los años sesenta, el cine nudista fue dando paso a formas más ásperas de sexploitation: los roughies en blanco y negro de Herschell Gordon Lewis, Joseph Mawra y otros. El contagio llegó también a la ciencia ficción. Electronic Lover (1966) presentaba a un misántropo que observa a la humanidad a través de cámaras ocultas, sentado ante un ordenador gigantesco, con una sordidez que remitía al cine de Wishman. The Girl from S.I.N. (1966) optaba por un tono más disparatado: una píldora de invisibilidad, una organización criminal y una ayudante científica que pasa gran parte del metraje desnuda. Frente a ellas, Space Thing (1968), rodada en color, parecía casi opulenta, con su nerd obsesionado con la ciencia ficción que sueña con alienígenas voluptuosos y decorados de cartón piedra.

Ese mismo año, Hollywood quiso probar suerte. Paramount distribuyó Barbarella (1968), superproducción franco-italiana dirigida por Roger Vadim y protagonizada por Jane Fonda. Con un presupuesto descomunal para el estándar del género y una imaginería psicodélica desbordante, la película fracasó en taquilla, pero dejó en evidencia la precariedad encantadora de sus competidoras. Frente a ella, títulos como Henry’s Night In o 2069 A.D.: A Sensation Odyssey (ambas de 1969) parecían reliquias prehistóricas.

El cambio de década trajo consigo un terremoto mayor: la irrupción del hardcore. Películas como Man & Wife: An Educational Film for Married Adults (1969) mostraron sexo no simulado bajo el paraguas de la educación. El mercado del softcore se desmoronó con rapidez. Mientras tanto, en el Reino Unido, los incentivos fiscales impulsaron una prolífica industria de sexploitation que siguió un camino paralelo: del nudismo inicial a dramas sórdidos, pseudo-documentales y, finalmente, éxitos masivos como The Wife Swappers (1969). En ese contexto surgiría Zeta One (1969), primer largometraje británico plenamente adscrito a la ciencia ficción sexual, con agentes secretos y amazonas alienígenas.
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Los años setenta consolidaron el género en múltiples direcciones. En Estados Unidos convivieron propuestas hardcore como The Orgy Machine (1972) o la distopía marcial Cries of Ecstasy, Blows of Death (1973) con parodias que abrazaban el humor sin complejos. Flesh Gordon (1974) convirtió la burla pornográfica en un estilo reconocible. Otras obras, como Rollerbabies (1976), imaginaron futuros opresivos donde el sexo estaba regulado por el Estado, logrando una extraña mezcla de sátira, ciencia ficción y patinaje.

La llegada de Star Wars (1977) alteró el paisaje cultural y pornográfico: las parodias se multiplicaron, desde Star Babe hasta Carnal Encounters of the Barest Kind. Incluso cuando no se trataba de spoof directo, el tono cómico se imponía. Excepciones notables fueron Sex World (1978), inspirada en Westworld, y Café Flesh (1982), una obra amarga y desoladora ambientada en un mundo postnuclear donde el sexo es un espectáculo obligatorio para una humanidad incapaz de tocarse.

Los años ochenta trajeron consigo la revolución del vídeo doméstico. El VHS abarató costes, multiplicó la producción y desplazó el consumo del cine adulto al salón de casa. En ese caldo de cultivo florecieron híbridos de ciencia ficción, fantasía y erotismo producidos por figuras como Roger Corman o Charles Band. Títulos como Slave Girls from Beyond Infinity (1987) o Dr. Alien (1989) explotaban sin pudor la promesa de carne desnuda envuelta en tropos de serie B.

El softcore de género siguió siendo raro, aunque dejó curiosidades como The Click (1985) y sus versiones alternativas. A finales de la década, incluso remontajes como Droid (1988) —derivado de producciones hardcore previas— intentaban reciclar imaginarios de moda, como el de Blade Runner, con resultados tan confusos como fascinantes.
Al cerrar los años ochenta, el terreno estaba preparado para una explosión futura. La ciencia ficción sexual, durante décadas relegada a los márgenes, se disponía a dar el salto hacia una visibilidad mayor en los años noventa. El género, hijo bastardo del deseo, la tecnología y la risa nerviosa, había aprendido a sobrevivir mutando. Y aún no había dicho su última palabra.




