Spider-man 4 o la despedida de un malabarismo que nunca existirá
Hay noticias que no llegan como un titular, sino como un susurro tardío, casi piadoso. La confirmación de que Spider-Man 4 de Sam Raimi no sucederá pertenece a esa categoría: no duele por lo que pierde la industria, sino por lo que pierde nuestra memoria sentimental del cine. Porque hoy, al volver a las películas de Raimi, uno no revisita simplemente una trilogía de superhéroes, sino una forma de entender el espectáculo que ya no existe.
En aquellas entregas protagonizadas por Tobey Maguire había algo que hoy se percibe como irrepetible: una aura mágica heredera de Tex Avery, una comicidad deformada y física, atada con alambre al terror clásico, al gusto por lo grotesco y por el exceso. Raimi no filmaba escenas: construía montañas rusas visuales. Cada secuencia era una vorágine de planos imposibles, encuadres oblicuos, travellings agresivos y un montaje que parecía reírse del propio espectador mientras lo lanzaba al vacío.
Ese equilibrio entre humor y espanto, entre parodia y pesadilla, ya no va a continuar. No porque Raimi no quiera, sino porque el cine que lo permitió ha desaparecido.
El propio director, al hablar ahora con serenidad y sin rencor, lo deja claro. Reconoce su amor intacto por el personaje, su gratitud hacia los productores y su respeto por una Marvel Studios que hoy funciona con la precisión de una maquinaria perfecta. Pero también asume que su Peter Parker pertenece a otro tiempo. Tobey Maguire y Kirsten Dunst ya caminaron hacia fuera de ese universo, sustituidos por nuevas encarnaciones que responden a otros ritmos, otras sensibilidades y otro público.
Raimi no habla como un creador frustrado, sino como alguien que acepta haber sido un eslabón más en una cadena demasiado larga para volver atrás. Le pasó el testigo a otro cineasta, a otro actor, y entiende que el personaje debe seguir avanzando, aunque ese avance implique borrar ciertas huellas del camino.
Y es ahí donde se instala la tristeza. Porque Spider-Man 4 no era solo una película pendiente, sino la promesa de volver a ese cine en el que el blockbuster aún tenía rostro humano, en el que el director podía deformar el encuadre, exagerar el gesto y convertir al superhéroe en un muñeco trágico, ridículo y sublime a la vez.
Hoy, cuando Raimi afirma que no sería correcto resucitar su versión de la historia, no está cerrando una puerta industrial, sino sellando una época. La suya fue una anomalía feliz: un cineasta de terror, amante del slapstick y del exceso, infiltrado en el corazón del gran espectáculo. Esa anomalía ya no tiene espacio en un sistema que busca coherencia, continuidad y control absoluto del tono.
Quizá el multiverso permita futuros reencuentros, cameos o guiños nostálgicos. Pero no nos engañemos: la montaña rusa ya no volverá a arrancar. Esa mezcla irreverente de carcajada y sobresalto, esa forma rocambolesca de encuadrar el mundo, pertenece a un momento histórico del cine que hoy solo podemos visitar como se visitan los parques cerrados: con asombro, gratitud y una melancolía inevitable.
Spider-Man 4 no ocurrirá. Y en esa certeza se esconde algo más profundo que una cancelación: la despedida definitiva de una ilusión cinematográfica que, precisamente por no haber existido, se ha vuelto eterna.



