La ceremonia del color doméstico en El comienzo del verano
Aquí Ozu abandona la tinta del recuerdo y se adentra en una sinfonía cromática de una delicadeza casi comestible. El color no irrumpe: se posa. Como el vapor del té, asciende sin ruido y lo impregna todo con una calidez que no busca deslumbrar, sino reconciliar.
La paleta está construida sobre una base de marrones miel, ocres suaves y beiges tostados que evocan madera viva, papel envejecido y tela usada con dignidad. Son colores que no gritan modernidad; susurran permanencia. La casa no es solo un espacio: es un organismo de fibras naturales donde cada tono parece haber madurado con los años, como si las paredes también tuviesen memoria.
Sobre esa base terrosa, Ozu introduce acentos cuidadosamente medidos. El rojo lacado de la mesa baja actúa como corazón visual del encuadre. No es un rojo pasional, sino doméstico, casi ritual. Es el punto de reunión, el altar cotidiano donde la familia negocia afectos, silencios y decisiones. Ese rojo concentra la energía emocional de la escena sin romper la armonía general: late, pero no desborda.

Los azules apagados y verdosos que aparecen en pequeños objetos —tazas, botellas, textiles— refrescan la composición como una brisa que se cuela por la ventana. Son colores de pausa, de conversación que se alarga cuando nadie mira el reloj. Frente al predominio cálido de la madera, estos matices fríos introducen equilibrio, recordándonos que incluso en la intimidad más tibia existe distancia, pensamiento, mundo exterior.
La piel de los personajes se integra en esta arquitectura cromática con naturalidad pasmosa. No destacan sobre el entorno; dialogan con él. Sus ropas —blancos rotos, grises suaves, tonos tierra— evitan cualquier estridencia. Ozu huye del contraste dramático: prefiere la continuidad afectiva. Las figuras humanas son una variación más dentro de la gama del hogar, como si la familia fuese otro mueble heredado, indispensable y silencioso.
La iluminación refuerza esta filosofía. No hay brillos violentos ni sombras expresionistas. La luz parece filtrada por papel de arroz, difusa, envolvente, casi táctil. Los colores no tienen bordes duros; se funden unos con otros con la cortesía de quien sabe convivir. Todo sugiere una temperatura templada, de final de tarde, cuando el día afloja el gesto y la vida doméstica se convierte en refugio.

Y sin embargo, bajo esta armonía cromática late una idea sutil: el mundo está cambiando. Frente a los tonos tradicionales de la madera y el tatami, ciertos detalles —la camisa más clara, algún objeto de color ligeramente más vivo— insinúan una modernidad que se acerca con educación, pero sin pedir permiso. Ozu no necesita subrayarlo en el diálogo: lo deja insinuado en el color.
Este fotograma demuestra que, en su cine, el color no describe la realidad: la ordena emocionalmente. Cada tono es una forma de comportamiento. Cada combinación, una ética. La familia, como la paleta, funciona mientras nadie desentone demasiado. Y en esa armonía frágil, tan bella como inevitablemente pasajera, Ozu encuentra la verdadera temperatura del verano: cálida, dorada… y ya un poco melancólica.



