La piel tostada
El sol derrama su oro antiguo sobre el patio, y ella avanza despacio, como si cada paso fuese una ceremonia secreta. La taza humea entre sus dedos, y el aroma del café de Colombia asciende denso, oscuro, casi carnal, envolviendo el aire con una promesa que no se nombra. Hay algo en ese instante —en la piel tostada, en la tela que abraza sus caderas, en la forma en que el vapor roza su pecho— que transforma lo cotidiano en deseo suspendido.
El café no se bebe: se demora, se contempla… como si en su amargura cálida latiera un eco del propio cuerpo. Y el mundo, afuera, espera. Pero aquí, en este rincón detenido, todo arde con una lentitud exquisita.



