La ciudad siempre huele a lluvia vieja y a secretos mal enterrados.
Esta noche New York City parece medio dormida. Las ventanas lejanas titilan como cigarrillos encendidos en la oscuridad, y el murmullo del tráfico sube desde las avenidas como un animal cansado que se niega a morir.
En lo alto de un edificio cualquiera, donde el viento afila el aire y corta la piel, aparece ella.
Black Cat.
La luna dibuja su silueta con la precisión de una fotografía robada. La máscara negra, el cabello claro agitándose con elegancia indolente, y bajo sus botas la ciudad desplegada como un tablero infinito lleno de trampas, promesas y errores humanos.
No se mueve.
No necesita hacerlo.
En las calles hay hombres que creen cazar. Hombres con pistolas, con trajes caros, con insignias brillantes o con demasiadas preguntas. Todos convencidos de que esta noche será la suya.
Pero la ciudad tiene sentido del humor.
Y a veces la mala suerte adopta forma de mujer.
Ella inclina la cabeza ligeramente, observando el océano eléctrico de luces. Hay algo casi divertido en su mirada, como si estuviera recordando un chiste que nadie más ha entendido todavía.
Porque en esta ciudad hay ladrones.
Hay policías.
Hay mafiosos que creen controlar la oscuridad.
Y luego está ella.
Una sombra elegante que aparece donde no debe, que toma lo que nadie debería tocar y que desaparece antes de que la noche termine de darse cuenta.
Una caricia en una caja fuerte.
Un susurro en una galería de arte.
Un diamante que deja de existir entre un latido y el siguiente.
Abajo, la ciudad sigue respirando su cansancio de neón.
Arriba, el viento juega con su cabello plateado.
Y durante un segundo, justo antes de que salte al vacío como si la gravedad fuera solo una sugerencia, Nueva York recuerda algo que a menudo olvida:
que la mala suerte también sabe caminar con estilo.
Y que a veces…
lleva tacones.
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