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La noche en que la lluvia lo dijo todo (y ellas ya lo sabían)

La noche en que la lluvia lo dijo todo (y ellas ya lo sabían)

La calle descendía como un suspiro antiguo, empedrada de recuerdos que el agua volvía a pronunciar. Cada farola era una llama doméstica en mitad del otoño, un pequeño altar donde la lluvia afinaba su música. Y por esa pendiente, tomadas de la mano, bajaban ellas como si no pertenecieran del todo al tiempo. No corrían. No se protegían. La lluvia, fina y constante, se posaba sobre sus hombros con la familiaridad de quien ha sido invitada.

Sus faldas, de otro siglo más ingenuo, se adherían levemente a sus caderas, dibujando el paso con una cadencia tranquila, casi ceremonial. Había en su caminar una decisión suave, una intimidad que no necesitaba esconderse. Se miraban de vez en cuando, no para comprobar nada, sino para celebrar que estaban ahí, en ese instante suspendido donde el frío no incomoda y la piel recuerda. El mundo, allá arriba, seguía siendo urgente, ruidoso, innecesario.

Pero en aquella cuesta mojada, el tiempo se había vuelto cálido, como si el otoño, en lugar de marchitar, supiera abrazar. Una de ellas apretó ligeramente la mano de la otra. Fue un gesto mínimo, casi invisible bajo la lluvia, pero suficiente para encender algo más persistente que cualquier farola. No había prisa en llegar a ninguna parte. Porque ya estaban, sin saberlo, en el único lugar donde valía la pena quedarse.

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