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Los intocables: arquitectura del mito y liturgia de la imagen

Los intocables: arquitectura del mito y liturgia de la imagen

Los intocables: arquitectura del mito y liturgia de la imagen

Hay películas que se construyen como relatos; y hay otras —raras, casi sagradas— que se erigen como catedrales. Los intocables de Eliot Ness pertenece a esta segunda estirpe: una obra donde cada plano parece cincelado en mármol frío, donde la luz no ilumina, sino que consagra.

Los intocables: arquitectura del mito y liturgia de la imagen

La mirada de Brian De Palma convierte el Chicago de la Ley Seca en un tablero de geometrías implacables. Columnas, escaleras, pasillos interminables: la ciudad se organiza como una partitura visual donde los cuerpos avanzan con una coreografía casi religiosa. La célebre secuencia de la estación —eco deliberado de El acorazado Potemkin— no es solo un homenaje, sino una reescritura del tiempo: cada disparo, cada caída, cada rueda de carrito suspendida en el aire prolonga el instante hasta hacerlo eterno. Pero la perfección visual no sería nada sin su doble invisible: el sonido.

Los intocables: arquitectura del mito y liturgia de la imagen

La música de Ennio Morricone no acompaña, sino que dicta el pulso moral del relato. Hay en sus acordes una mezcla de fatalidad y elegía, como si cada nota anunciara que la justicia, incluso cuando triunfa, deja tras de sí un rastro de ceniza. El silencio, por su parte, se convierte en un arma: tensa, dilata, amenaza. En este universo, callar es tan elocuente como disparar.

La puesta en escena alcanza así una pureza casi matemática. Kevin Costner se mueve con la rectitud de un ideal, mientras Sean Connery aporta la gravedad de lo crepuscular, y Robert De Niro, como un Capone operístico, introduce el exceso necesario, esa fisura barroca que impide que la perfección se vuelva estéril. Todos ellos son piezas de un mecanismo mayor: una sinfonía de miradas, sombras y gestos medidos al milímetro. ¿Y cómo es, en esencia? Es cine elevado a ceremonia. Es el instante en que la violencia adquiere forma estética sin perder su crudeza.

Los intocables: arquitectura del mito y liturgia de la imagen

Es, sin duda, una de esas obras maestras —en mayúsculas, como dictadas por el cielo— donde el artificio no oculta la verdad, sino que la revela con una claridad casi insoportable.

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