El último sol de Venecia (2026)
Se habían alejado de la ciudad para escuchar mejor el silencio. A lo lejos, Venecia seguía allí, flotando como una aparición: la torre de San Giorgio Maggiore recortada contra el cielo, los últimos reflejos del día temblando sobre la laguna, el sol hundiéndose lentamente como una moneda arrojada al agua por algún dios antiguo.
Ella permanecía tumbada entre la hierba, con la piel todavía tibia por la luz del atardecer. Había decidido quitarse toda máscara, toda tela innecesaria, como quien entiende que amar también consiste en desnudarse ante el mundo, aunque nadie mire. Él ya no estaba. O quizá sí, pero de otra forma. A veces el amor continúa incluso cuando la otra persona ha desaparecido; persiste en el aire, en el olor salado de una tarde, en una sombra que parece sentarse todavía a nuestro lado.
Ella seguía hablando en voz baja, como si él pudiera escucharla desde algún rincón del horizonte. —Mira —susurró—. El sol vuelve a caer justo donde lo vimos juntos. Y durante un instante, tan breve como un parpadeo, sintió una mano invisible rozándole el cabello. Venecia guardó el secreto. El agua no dijo nada. Y la noche, delicada, empezó a cerrar lentamente los ojos.




