Carta de despedida a PlayStation

Carta de despedida a PlayStation

Querida PlayStation:

Nunca imaginé que llegaría el día en que tendría que escribirte una carta de despedida. Hay decisiones que uno toma movido por la indignación y otras que nacen de una tristeza mucho más profunda, aquella que aparece cuando comprende que algo amado ha dejado de existir mucho antes de anunciar oficialmente su final. No escribo estas líneas impulsado por la ira, sino por la serenidad que concede el paso del tiempo. Después de más de tres décadas compartiendo contigo una parte importante de mi vida, siento que ha llegado el momento de aceptar una verdad que llevaba años resistiéndome a reconocer: la compañía que conocí ya no existe, aunque conserve el mismo nombre y el mismo logotipo.

Tengo cincuenta y cuatro años y pertenezco a una generación que descubrió el videojuego cuando todavía era una tierra virgen, habitada por pioneros más que por consumidores. Mi primer compañero de viaje fue un Amstrad CPC 464, una máquina humilde vista desde los ojos actuales, pero inmensa para quien descubría que un teclado podía abrir la puerta de castillos, galaxias y civilizaciones enteras. Aquellos interminables minutos esperando la carga de una cinta de casete jamás me parecieron una pérdida de tiempo; eran el ritual que precedía al milagro. Aprendimos a amar los videojuegos cuando todavía no eran una industria multimillonaria, sino una manifestación de ingenio, de creatividad y de pasión artesanal. Quizá por eso nuestra relación con ellos nunca fue únicamente comercial. Nunca comprábamos solo un producto. Comprábamos una ilusión.

Cuando apareciste a mediados de los noventa comprendí que estaba asistiendo a un momento histórico. No eras únicamente una consola más; representabas una nueva manera de entender el videojuego. Trajiste consigo una ambición artística que pocas compañías habían demostrado hasta entonces. Apostabas por estudios que querían experimentar, por mundos que aspiraban a emocionar, por obras que podían dialogar con el cine, la literatura o la música sin complejos. Detrás de cada lanzamiento se percibía la sensación de que había personas intentando construir algo que permaneciera en la memoria de quienes lo jugaran.

Después llegó PlayStation 2 y contemplé, con el mismo asombro con el que se observa una edad de oro irrepetible, cómo aquella filosofía alcanzaba una plenitud extraordinaria. Nunca antes una consola había reunido semejante concentración de talento creativo. Cada pocos meses aparecía una obra destinada a permanecer para siempre en la historia del medio, y uno tenía la impresión de que el futuro se encontraba precisamente allí, en aquellas cajas alineadas en las estanterías de las tiendas, esperando ser descubiertas. Comprar un videojuego significaba llevarse a casa una pequeña obra cultural cuya existencia física parecía otorgarle una dignidad semejante a la de un libro o una película.

Ni siquiera abandoné el barco cuando PlayStation 3 atravesó sus años más difíciles. Mientras muchos anunciaban el declive definitivo de la marca, yo seguí creyendo en ella porque intuía que detrás de los errores comerciales seguía latiendo un corazón creativo. El tiempo terminó dando la razón a quienes mantuvimos aquella confianza. La remontada de PlayStation 3 no fue únicamente una victoria empresarial; fue la demostración de que una compañía podía rectificar cuando todavía escuchaba a quienes entendían el videojuego como algo más importante que un simple negocio.

Con PlayStation 4 pensé que habíais alcanzado la madurez definitiva. La tecnología parecía haberse puesto al servicio del talento, los estudios disfrutaban de libertad para crear y el jugador continuaba ocupando el centro de la experiencia. Aquella generación me hizo creer que el equilibrio entre rentabilidad y creación artística era posible y que PlayStation seguiría siendo durante muchos años el hogar natural de quienes amábamos este medio desde sus orígenes.

Sin embargo, durante la generación de PlayStation 5 comenzó a instalarse una sensación difícil de describir, una especie de vacío que no tenía que ver con la calidad técnica de las consolas ni con la potencia del hardware. Era algo mucho más sutil. Poco a poco las decisiones dejaron de parecer inspiradas por una visión cultural del videojuego y comenzaron a responder casi exclusivamente a criterios financieros. Las conversaciones dejaron de girar alrededor de los grandes creadores y empezaron a centrarse en modelos de negocio, servicios, suscripciones, ecosistemas cerrados, rentabilidad por usuario y crecimiento trimestral. El lenguaje había cambiado porque también habían cambiado quienes tomaban las decisiones.

La confirmación definitiva llegó con el anuncio de que PlayStation abandonaría por completo el formato físico. Muchos han querido presentar esa decisión como un paso inevitable hacia el progreso, pero yo no la interpreto así. Lo verdaderamente significativo no es el soporte que desaparece, sino el motivo de su desaparición. Cuando una empresa sacrifica una parte esencial de la cultura del videojuego y, apenas unas horas después, los mercados financieros celebran la noticia con una subida de sus acciones, queda perfectamente dibujado quién es el verdadero destinatario de sus decisiones. Ese mismo día comprendí que PlayStation había dejado de hablarles a los jugadores para empezar a hablarles exclusivamente a los accionistas.

No me marcho porque desaparezcan los discos. Me marcho porque desaparece una manera de entender este medio. El formato físico nunca fue únicamente un trozo de policarbonato. Era la prueba material de que una obra nos pertenecía; era la posibilidad de conservarla, prestarla, heredársela a nuestros hijos o reencontrarla décadas después en una estantería. Era memoria. Era patrimonio. Era cultura. Convertir el videojuego en una licencia revocable administrada desde un servidor remoto supone romper un vínculo que mi generación siempre consideró sagrado: el derecho a ser propietario de aquello que uno compra.

Por eso esta carta no pretende convencer a nadie ni detener un proceso que probablemente resulte irreversible. Simplemente quiero despedirme con la misma honestidad con la que os acompañé durante treinta años. Prefiero conservar intacto el recuerdo de la PlayStation que admiré antes que convertirme en cliente de una empresa que ya no reconoce los valores que la hicieron grande. La marca seguirá existiendo, sin duda; quizá incluso alcance beneficios nunca vistos y satisfaga a unos mercados que premian cualquier reducción de costes como si fuese una victoria cultural. Pero yo continuaré recordando otra PlayStation, la que estaba dirigida por ingenieros, diseñadores, productores y artistas que soñaban con cambiar la historia del videojuego y no únicamente con mejorar el siguiente informe para los inversores.

Por primera vez desde 1994 no habrá una consola de PlayStation en mi salón. El lugar que durante décadas ocupó vuestra máquina será para una Nintendo Switch 2. No porque sea más potente ni porque posea el catálogo perfecto, sino porque todavía respeta una idea que para mí resulta irrenunciable: que un videojuego sigue siendo una obra que merece existir también como objeto, que puede formar parte de una biblioteca personal y sobrevivir al paso de las modas, de los servidores y de los cambios de estrategia empresarial.

No siento rencor. Sería injusto. Me regalasteis algunos de los recuerdos más felices de mi vida como jugador y eso nadie podrá arrebatármelo jamás. Precisamente por respeto a esos recuerdos prefiero despedirme ahora, antes de asistir a una transformación que ya no puedo reconocer como propia. No soy yo quien ha abandonado PlayStation. Es PlayStation quien decidió abandonar aquello que la convirtió en un referente para toda una generación.

Gracias por todo lo que un día fuiste.

Adiós.

Optimizado por Optimole