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Crítica de La muerte de Robin Hood: cuando una civilización deja de creer en los héroes

Crítica de La muerte de Robin Hood

Existe una pregunta mucho más interesante que juzgar si La muerte de Robin Hood es una buena película: ¿por qué nuestra época siente la necesidad de oscurecer a todos sus héroes? ¿Qué revela de una sociedad el hecho de que ya no soporte la existencia de figuras luminosas y necesite rebajarlas hasta convertirlas en hombres derrotados, culpables y moralmente ambiguos?

El nuevo largometraje de Michael Sarnoski no solo reinterpreta al legendario arquero de Sherwood. Participa de una tendencia cultural cada vez más evidente: la de sospechar de toda grandeza. Robin Hood deja de ser el símbolo de la justicia popular para transformarse en un anciano consumido por los remordimientos, perseguido por los fantasmas de sus propios crímenes y convencido de que nunca fue el héroe que las leyendas narraban.

La película funciona con solvencia como drama crepuscular. Hugh Jackman ofrece una interpretación contenida y áspera, mientras Jodie Comer aporta una delicadeza emocional que sostiene buena parte del relato. La fotografía de Pat Scola convierte los bosques ingleses en paisajes de una belleza casi funeraria, donde la naturaleza parece compartir el agotamiento espiritual de sus personajes.

Sin embargo, el verdadero interés del filme quizá no resida en lo cinematográfico, sino en lo simbólico.

Durante siglos, las sociedades levantaron mitologías para señalar horizontes. Los héroes no eran perfectos; eran modelos hacia los que dirigir la mirada. Representaban virtudes aspiracionales, no biografías psicológicas. Aquiles encarnaba el valor, Ulises la inteligencia, Arturo la nobleza y Robin Hood la justicia frente al abuso del poder. Nadie necesitaba que fueran moralmente impecables para comprender aquello que simbolizaban.

Nuestra época parece haber invertido completamente ese proceso.

Ahora desconfiamos de cualquier figura luminosa. No queremos héroes; queremos autopsias morales. Ya no preguntamos qué representa un personaje, sino qué traumas ocultaba, qué errores cometió o qué pecados lo hacían tan miserable como nosotros. Confundimos humanizar con degradar, profundidad con oscuridad y complejidad con desesperanza.

El resultado es una curiosa paradoja: cuanto más intentamos acercar los mitos al ser humano, más terminamos destruyendo aquello que los convertía en referentes culturales.

No se trata únicamente del cine. Basta observar los informativos contemporáneos para advertir el mismo fenómeno. Hace décadas aspiraban, al menos en teoría, a ofrecer una visión amplia de la realidad. Hoy gran parte de ellos parecen haber sido absorbidos por la lógica de la crónica negra. Asesinatos, violencia, corrupción, desapariciones y tragedias ocupan un espacio desproporcionado hasta crear la sensación de que el mal constituye la única noticia posible.

El cine no vive aislado de esa transformación cultural; la refleja.

Las películas de superhéroes muestran protagonistas traumatizados. Los cuentos clásicos se reescriben desde el resentimiento. Los villanos reciben elaboradas justificaciones psicológicas mientras los héroes son desmontados pieza a pieza para demostrar que nunca merecieron nuestra admiración.

No es casualidad que el lema promocional de La muerte de Robin Hood proclame: «No era un héroe».

Quizá esa frase resuma mejor que ninguna otra el espíritu de nuestro tiempo.

La cultura contemporánea parece experimentar una necesidad casi compulsiva de demostrar que toda virtud era impostura, que toda grandeza escondía corrupción y que toda leyenda debe terminar reducida a la escala de nuestras propias heridas. Como si aceptar la existencia de modelos elevados resultara ofensivo para una sociedad cada vez más escéptica respecto a la posibilidad misma de la virtud.

Paradójicamente, esta obsesión por desnudar psicológicamente a los héroes termina empobreciendo la imaginación colectiva. Los mitos nunca pretendieron funcionar como expedientes judiciales ni como historiales clínicos. Su función consistía en iluminar un camino, recordar que el ser humano puede aspirar a algo más alto que sus propias miserias.

Eso no significa que no puedan revisitarse o reinterpretarse. Las grandes obras siempre han dialogado con los mitos. El problema aparece cuando toda reinterpretación apunta invariablemente en la misma dirección: destruir, desacralizar y ensombrecer.

La oscuridad deja entonces de ser un recurso dramático para convertirse en una ideología estética.

La muerte de Robin Hood es una película visualmente poderosa, magníficamente interpretada y construida con indudable talento. Pero también constituye un síntoma de una sensibilidad cultural que merece ser estudiada. Tal vez el verdadero interrogante no sea quién fue realmente Robin Hood, sino por qué nosotros necesitamos que nunca haya existido el héroe que durante siglos inspiró a generaciones enteras.

Porque las civilizaciones no solo se reconocen por los héroes que crean.

También por aquellos que deciden destruir.

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