Cuando el mito habla: el error de humanizar al depredador en Predator Badlands

Durante décadas, el Depredador no fue un personaje: fue una presencia. Una silueta recortada contra la selva, un clic metálico en la oscuridad, una amenaza sin psicología ni biografía. No necesitaba palabras porque su lenguaje era el acecho; no necesitaba emociones porque su razón de ser era la caza. El Depredador funcionaba como funcionan los mitos antiguos: no se explican, se padecen.

Predator Badlands decide romper ese pacto primitivo con el espectador. Y al hacerlo, comete un error que no solo afecta a esta entrega concreta, sino que amenaza con vaciar de sentido toda la franquicia.

Humanizar al Depredador —hacer que se comunique, que verbalice, que muestre sentimientos reconocibles— no lo vuelve más complejo, sino más pequeño. Lo arrastra desde el territorio del símbolo al de la psicología banal. El mal deja de ser una fuerza abstracta para convertirse en un individuo con motivaciones comprensibles, y ahí el mito se resquebraja.

En Alien vs. Predator ya se coqueteó con esta idea, pero con inteligencia y contención. No se humanizaba al monstruo: se mostraba su vulnerabilidad frente a algo aún más radicalmente inhumano, el xenomorfo. El Depredador seguía siendo un animal salvaje, regido por un código incomprensible para nosotros, no un espejo emocional del espectador. Seguía siendo depredador porque su naturaleza lo exigía, no porque una escena de diálogo lo justificara.

Captura-de-pantalla_23-1-2026_17101_gemini.google.com-fotor-20260123171330 Cuando el mito habla: el error de humanizar al depredador en Predator Badlands

Predator Badlands, en cambio, cruza una línea peligrosa. Al dotar al Depredador de voz y sentimientos, lo desmitifica por completo. El mal ya no es una presencia sin rostro, sino un personaje con rostro, intenciones y, lo que es peor, empatía. Y cuando el mal pide comprensión, deja de ser terrorífico.

Este fenómeno no es aislado. En la última década, la industria ha abrazado una obsesión casi patológica por humanizarlo todo. Darth Vader necesita redención constante. El Imperio de Star Wars busca justificaciones políticas. Los villanos de Marvel reclaman traumas infantiles. Drácula ya no es una criatura nocturna, sino un amante melancólico. El Joker exige contexto social. Hasta los asesinos en serie son tratados como enigmas emocionales que debemos descifrar. A este paso, el Minotauro pedirá perdón y el inframundo solicitará terapia de grupo.

No se trata de profundidad, sino de demolición del mito. El mito vive de su opacidad, de su resistencia a ser explicado. Cuando lo reducimos a psicología contemporánea, lo matamos lentamente con palabras.

El Depredador no necesitaba ser entendido. Cazaba porque sí. Mataba porque sí. Era maldad sin justificación, como un dios antiguo o una pesadilla recurrente. Luke Skywalker era bueno porque sí. Vader era malo porque sí. Y funcionaba. No todo necesita ambigüedad moral para ser poderoso. A veces, la claridad es lo más radical.

El fracaso en taquilla de Predator Badlands no es casual. El público puede no saber explicarlo, pero lo siente: algo esencial se ha perdido. La destrucción del mito no ha generado ni mayor interés ni mayor conexión emocional. Solo ha dejado un vacío donde antes había temor.

Ojalá esta nueva generación de creadores —tan obsesionada con justificarlo todo— entienda que no siempre hay que iluminar las sombras. Hay monstruos que deben seguir siéndo eso, el mal. Porque cuando el Depredador habla, deja de acechar. Y cuando deja de acechar, deja de ser eterno.

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