Cuando el sonido importa… y nadie lo escucha
Sobre Predator: Asesino de asesinos (2025) y la tragedia acústica del cine doméstico
Hay películas que se construyen desde la imagen y otras que, en silencio, se levantan desde el sonido. Predator: Asesino de asesinos (2025) pertenece, sin duda, a esta segunda estirpe: la de los filmes que entienden el audio no como un mero acompañamiento, sino como un músculo narrativo, una arquitectura invisible que sostiene la experiencia. Y, sin embargo, paradójicamente, es una obra destinada a no ser escuchada.
El tercer acto de la película —especialmente su último bloque narrativo— despliega un diseño sonoro que roza lo sobresaliente, incluso lo excepcional dentro del cine de animación contemporáneo. No es exageración ni entusiasmo ciego: hablamos de un trabajo meticuloso en capas, con un uso inteligente del espacio, de la direccionalidad y del silencio. Un sonido que no se limita a ilustrar la acción, sino que la anticipa, la rodea y la amenaza.

El problema es otro. El verdadero antagonista del film no es el Predator, sino el contexto de consumo.
Un sonido pensado para una sala… condenado al altavoz de bolsillo
Predator: Asesino de asesinos está mezclada con una ambición clara: Atmos, graves profundos, subwoofer activo, una ecualización que distingue planos de acción y atmósferas, y una direccionalidad que convierte cada movimiento del cazador en una presencia física. El sonido no solo se oye: se desplaza, acecha, vibra.
En una sala equipada —o incluso en un hogar con un sistema 5.1 decente— el resultado es extraordinario. El Predator no aparece: se presiente. Los graves no golpean por espectacularidad, sino para generar ansiedad. Los silencios no son huecos, sino trampas. El diseño acústico construye un mapa invisible donde el espectador está siempre en desventaja, exactamente como los personajes.

Y sin embargo, el 90 % de su público verá esta película en un smartphone, una tablet o un ordenador portátil con un altavoz de 25 euros. Un único canal plano, sin profundidad, sin graves reales, sin espacio. Todo ese trabajo de capas, de direcciones, de frecuencias bajas y medias, reducido a un murmullo domesticado. Como escuchar una sinfonía a través del timbre de una bicicleta.
El silencio crítico: cuando nadie habla de lo mejor
Resulta revelador —y tristemente coherente— que prácticamente ninguna crítica ni medio haya destacado el sonido como uno de los grandes logros del film. No porque no lo sea, sino porque ya no se considera relevante. La crítica ha asumido, quizá sin quererlo, que el sonido es un lujo prescindible en la era del consumo distraído.
Se habla de animación, de violencia estilizada, de referencias al universo Predator. Pero nadie habla de cómo el rugido llega desde detrás, de cómo el entorno sonoro se estrecha antes del ataque, de cómo el silencio se convierte en arma. Nadie habla de lo invisible. Porque lo invisible, hoy, no puntúa en métricas.

Y sin embargo, ahí está: uno de los diseños de sonido más cuidados y coherentes del cine de animación reciente, condenado a no ser percibido por la mayoría.
Una obra que merece ser escuchada
Por eso conviene decirlo alto y claro: Predator: Asesino de asesinos es una película que merece ser escuchada con la misma atención con la que se mira. Su sonido no es accesorio, es narrativo. No adorna, amenaza. No acompaña, persigue. Es un ejemplo de cómo el cine —incluso el de plataformas— todavía puede aspirar a una experiencia sensorial completa.

Quizá sea una batalla perdida. Quizá el futuro del cine esté condenado a altavoces minúsculos y atención fragmentada. Pero mientras existan películas que sigan creyendo en el poder del sonido, alguien tiene que señalarlo. Alguien tiene que recordarnos que el cine no solo entra por los ojos.
Porque cuando todo se oye igual, el verdadero depredador no es el monstruo en pantalla, sino el silencio crítico que decide no escuchar.



