El lujo ligero de una comedia en segunda división: Conserje a su medida (For Love or Money, 1993)

En 1993, Barry Sonnenfeld firmó una comedia romántica que soñaba con el vértigo de la screwball clásica mientras emanaba todavía el perfume visual de los años ochenta. Traducida en España como Conserje a su medida, la película se desliza entre el brillo del gran hotel neoyorquino y la ligereza de un cuento contemporáneo sobre ambición y deseo. No aspira al Olimpo; aspira al encanto. Y lo consigue… casi siempre.

La herencia screwball pasada por laca noventera

El film juega a ser heredero de la tradición de enredos sofisticados que va de la comedia clásica americana a ciertos ecos de Blake Edwards. Hay ritmo, puertas que se abren y se cierran, equívocos sentimentales, personajes que orbitan alrededor del dinero como si fuera una brújula moral. Sin embargo, el resultado no alcanza la elegancia coreográfica de la screwball original; más bien la revisita con un barniz corporativo y un brillo de videoclip temprano.

LAND_16_9-fotor-20260215194933-1024x576 El lujo ligero de una comedia en segunda división: Conserje a su medida (For Love or Money, 1993)

Sonnenfeld, que venía de una sólida trayectoria como director de fotografía, apuesta por una puesta en escena dinámica, con grandes angulares en primeros planos y contrapicados que rozan lo caricaturesco. Esa estilización aporta energía, pero en ocasiones desvela cierta textura televisiva, una sensación de plató demasiado iluminado que rebaja la sofisticación que el guion pretende.

Artesanos eficaces, alma irregular

Ahí es donde aparece esa “segunda división” honorable. La fotografía cumple con solvencia, el diseño artístico del hotel ofrece una fantasía de lujo accesible y el montaje mantiene la agilidad sin caer en el histrionismo. La banda sonora acompaña con discreta eficacia, subrayando sin invadir.

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1993 – Conserje a su medida – For Love or Money

Pero la película nunca termina de despegar hacia algo memorable. Funciona como un mecanismo bien engrasado que no se permite el riesgo de la excentricidad. En algunos planos, el acabado recuerda a un episodio ampliado de series como Hotel o The Love Boat: espacios de lujo, conflictos románticos amables, ironía sin veneno.

Michael J. Fox: carisma como arquitectura

Si la película no se desmorona en su ligereza es gracias a Michael J. Fox. Él es el verdadero motor dramático. Su mezcla de ambición simpática, nervio cómico y vulnerabilidad convierte a su personaje en un héroe romántico creíble dentro de un entorno de fantasía inmobiliaria.

Fox sostiene la película con una naturalidad que evita que el relato se vuelva cínico. Su presencia equilibra el tono entre la fábula aspiracional y la comedia urbana. Sin él, el film sería un ejercicio correcto; con él, es una experiencia amable que no fatiga y que, incluso hoy, conserva frescura.

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A su lado, Gabrielle Anwar cumple con elegancia, pero no alcanza esa cualidad magnética que años después definiría a figuras como Julia Roberts o Jennifer Aniston. Es eficaz, luminosa, pero no transforma el encuadre cuando entra en él. Fox, en cambio, sí lo hace.

Una obra menor que resiste

La crítica estadounidense de la época fue tibia: reconocía el encanto del protagonista y la ligereza del conjunto, pero señalaba la previsibilidad del guion y la falta de verdadera chispa en los diálogos. No era una comedia destinada a redefinir el género, sino a ocupar con dignidad la cartelera de principios de los noventa.

Y, sin embargo, ahí reside su encanto contemporáneo. Vista hoy, For Love or Money funciona como cápsula temporal: una comedia romántica previa al cinismo posmoderno, anterior también al gran boom del género a finales de los noventa. No es joya imprescindible, pero sí pieza entrañable dentro de la filmografía de Fox.

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Entre el lujo y la ligereza

No estamos ante una obra maestra. Estamos ante una película que sabe exactamente qué quiere ser: entretenimiento elegante, romance sin aristas, ambición sin tragedia. A veces parece un telefilm con presupuesto generoso; otras, una comedia de estudio que roza algo mejor de lo que finalmente alcanza.

Quizá su destino sea ese: permanecer como título olvidado que reaparece cuando alguien revisita la carrera de Michael J. Fox y descubre que, incluso en segunda división, su carisma jugaba en primera.

Una película que no cambió el género, pero que lo habitó con simpatía y profesionalidad. Y en el mapa sentimental del cine comercial de los noventa, eso también tiene su lugar.

El trampantojo del deseo

Y en medio de esa ligereza emerge un detalle visual que sí roza la poesía: el plano en el que el protagonista sostiene el papel transparente con el diseño de su futuro hotel, alineándolo con el edificio real al fondo. Un pequeño truco de trampantojo cinematográfico que resume todo el film.

Ese gesto —superponer el sueño al presente, encajar la fantasía en la realidad— condensa la esencia de la película. No es solo una comedia romántica; es una historia sobre proyectar el deseo sobre el mundo hasta que el mundo parece aceptarlo.

En ese instante, Sonnenfeld encuentra una imagen más elocuente que muchos diálogos. El papel es frágil, casi invisible; el edificio, sólido. Entre ambos, la ambición. Y ahí, en esa superposición delicada, la película alcanza su momento más bello: la ilusión de que el futuro puede dibujarse con la mano y sostenerse frente a los ojos.

No es una joya imprescindible. Pero para los amantes de Michael J. Fox y de las comedias románticas que todavía creían en el encanto sin cinismo, sigue siendo un refugio luminoso. A veces modesto, a veces televisivo, pero siempre animado por una convicción sencilla: que el amor y la ambición, bien encuadrados, pueden convivir en el mismo plano.

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