El monte de venus talado: cuando el vello pubiano dejó de ser erotismo para volverse ausencia

Del secreto erótico al desierto higiénico en el cine y la cultura

El vello púbico femenino, antaño emblema de misterio y frontera del deseo, ha sido durante décadas un territorio prohibido, un monte sagrado que el arte, la literatura y, sobre todo, el cine supieron custodiar como última frontera entre lo decible y lo indecible. Ese manto oscuro, ondulado o crespo, funcionaba como un cortinaje que invitaba al espectador a imaginar, a completar lo que el ojo no alcanzaba a abarcar. El monte de Venus era, en sí mismo, un paisaje.

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El cine lo entendió con la precisión de un cartógrafo. En los años sesenta, cuando la cámara comenzaba a tensar los márgenes de la censura, la aparición de un pubis era un terremoto. Recordemos el escándalo de Blow-Up (1966), de Antonioni, donde el desnudo no era aún frontal pero abría el camino; o la conmoción que supuso Emmanuelle (1974), donde el vello pubiano se convertía en protagonista, tan icónico como el rostro de Sylvia Kristel. En esos fotogramas no había solo erotismo, había política: mostrar un pubis en pantalla era desafiar a la censura, dinamitar los códigos morales heredados.

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Las revistas de los setenta —Playboy, Penthouse, las clandestinas de barrio— sabían que el límite de lo que podía mostrarse no era el pezón, sino la línea exacta donde comenzaba el vello. Ese arbusto mínimo se convirtió en frontera jurídica y moral, la cicatriz que marcaba lo permitido y lo prohibido. Allí se jugaba la batalla cultural de lo erótico.

Hoy, sin embargo, ese bosque ha sido talado. La moda y la industria pornográfica han impuesto un canon de piel lisa, un desierto donde ya no hay umbral ni frontera. El monte de Venus se ha allanado hasta convertirse en un páramo inofensivo, domesticado. Lo que antes era singularidad —el color, el grosor, la forma— se sustituye por la uniformidad. En esa ausencia de vello desaparece el misterio, y con él el temblor del descubrimiento.

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Lo irónico es que al eliminar esa frontera, el cine y el erotismo pierden su posibilidad de sugerencia. Un pubis depilado no prohíbe, no oculta, no vela: lo muestra todo de inmediato, y al hacerlo mata el suspense del deseo. El erotismo necesita de la penumbra, de la espesura, de la resistencia que obliga a demorarse. Lo rasurado, en cambio, entrega lo erótico sin batalla, y lo convierte en un paisaje higiénico, uniforme, casi quirúrgico.

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En la gran pantalla, esa desaparición ha achatado la narrativa visual. El escándalo que en los setenta y ochenta encendía debates, hoy se convierte en exposición sin eco. El vello púbico ha pasado de ser un tabú a convertirse en una ausencia que ni siquiera genera preguntas. Y en esa transición se ha perdido algo esencial: la noción del cuerpo como territorio irrepetible.

Quizás por ello, algunos fotógrafos y cineastas contemporáneos, como Gaspar Noé o Lars von Trier, buscan recuperar la crudeza del pubis en su estado natural, conscientes de que allí late un gesto de resistencia contra la homogeneidad digital y la pornografía en serie. Ese retorno al bosque íntimo es, en el fondo, una rebelión estética y erótica: devolver al cuerpo femenino su topografía original, su diversidad cromática, su poder de velar y revelar.

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El monte de Venus no debería ser un recuerdo arqueológico de los setenta, sino una forma viva de recuperar lo prohibido en la era de lo expuesto. Porque, paradójicamente, solo a través de lo que se oculta puede volver a encenderse el deseo. El erotismo, como el cine, necesita sombras para brillar. Y nada brilla tanto como el misterio que aún palpita en esa jungla íntima.

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