En ‘El diablo sobre ruedas’, Steven Spielberg compone el terror con una figura tan antigua como hipnótica: el círculo

En El diablo sobre ruedas, Steven Spielberg compone el terror con una figura tan antigua como hipnótica: el círculo.

No es solo la rueda del camión, es el ojo mecánico que acecha, el sol abrasador que vigila desde lo alto, el retrovisor que encierra el destino en un marco convexo. El círculo se repite como una rima visual, como una campana muda que marca el compás del miedo. Spielberg, aún joven pero ya dueño de una intuición geométrica prodigiosa, entiende que la curva es destino y que toda línea recta en el desierto conduce, inevitablemente, a una órbita de persecución.

Las ruedas no solo avanzan: giran, insisten, regresan. El movimiento circular se convierte así en una trampa narrativa, en un bucle donde el protagonista no progresa, sino que es arrastrado por una coreografía de acero y polvo. Cada encuadre parece recordar que no hay escapatoria lineal cuando el enemigo es una presencia sin rostro, una fuerza que gira y vuelve, gira y vuelve. La carretera, que debería prometer huida, se transforma en una espiral dramática. Y en ese giro perpetuo, Spielberg descubre una verdad visual poderosa: el terror no siempre avanza hacia nosotros… a veces simplemente nos rodea.

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