Farrah Fawcett en su esplendor: fotografías deslumbrantes de los años setenta y ochenta

Hubo un instante en la historia del cine y de la cultura popular en que el rostro de Farrah Fawcett era mucho más que un rostro: era un icono solar. Su cabello dorado, ingrávido como espuma de mar, se convirtió en el estandarte de una era; su sonrisa era la frontera luminosa entre lo cotidiano y lo divino. Ella no solo habitó la televisión o el cine, sino que redefinió la estética del deseo en los años setenta y ochenta.

Las fotografías de su juventud, aún hoy, nos hablan con la fuerza de una epifanía. En ellas hay un aura que trasciende lo físico: la manera en que la luz se enreda en sus mechones rubios, la postura espontánea que parece coreografía secreta, el magnetismo de una mujer que encarnaba, sin proponérselo, la libertad de una década que quiso brillar sin pudor.

El famoso póster de Farrah en traje de baño rojo —colgado en millones de habitaciones adolescentes— no fue solo una imagen erótica, fue un manifiesto cultural. Allí estaba la California soñada, la juventud convertida en mercancía, pero también en aspiración. El cuerpo de Farrah era saludable, atlético, vibrante, ajeno al artificio quirúrgico que después dominaría la industria. Representaba la carne viva del sueño americano: el bronceado, la sonrisa, el movimiento detenido en un segundo eterno.

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En los ochenta, cuando su carrera dio un giro hacia roles más dramáticos, su imagen fotográfica ya estaba grabada en el inconsciente colectivo. Las instantáneas de aquella época muestran un brillo distinto: la belleza seguía intacta, pero ahora se mezclaba con una madurez más intensa, con la sombra de una actriz que quería escapar de la cárcel de su propio mito. Sus retratos de esos años no son solo estéticos; son documentos de una batalla entre el icono y la mujer real.

Revisar hoy las fotografías de Farrah Fawcett en su esplendor es adentrarse en un archivo emocional, en un atlas de gestos y miradas que resumen el tránsito entre dos décadas de libertad, artificio y glamour. Ella fue, sin proponérselo, la encarnación de un erotismo solar, de un tiempo en que la belleza femenina se vestía con jeans ajustados, camisetas ligeras y un bronceado que parecía eterno.

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Farrah no solo fue un símbolo de deseo, sino un espejo cultural: la adolescente que decoraba habitaciones, la estrella televisiva que definió Los ángeles de Charlie, la actriz que se atrevió a romper su imagen para explorar dramas más oscuros. En cada fotografía de los setenta y ochenta palpita ese cruce de mundos: la inocencia convertida en mercancía, el erotismo luminoso enfrentado a su propio peso icónico.

Hoy, sus imágenes siguen siendo deslumbrantes porque no solo capturan a una mujer hermosa, sino a un espíritu de época. Mirarlas es recordar un tiempo en que el cine y la cultura visual podían aún fabricar mitos de carne y hueso, antes de que el photoshop, las redes y la uniformidad digital diluyeran la magia. Farrah Fawcett, en su esplendor, sigue siendo ese sol indomable que ilumina un rincón secreto de nuestra memoria cultural.

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La eterna sonrisa, los cabellos dorados y la sexy figura de Farrah Fawcett, fallecida hoy a los 62 años, le llevaron a ser uno de los «Ángeles de Charlie» originales tras haber sido imagen del póster más célebre de los 70 en Estados Unidos. Un cáncer acabó con la vida de la actriz, un producto típico de la factoría del productor Aaron Spelling, que hizo de ella una de las caras más conocidas de la pequeña pantalla por su papel de Jill Munroe, que interpretó durante sólo una temporada.

Ha sido un adiós anunciado pero batallado, como prueba el documental que la actriz realizó recientemente para el canal NBC durante las terapias para hacer frente a la enfermedad que sufría (un cáncer anal que se extendió al hígado), y que fue seguido por más de nueve millones de espectadores. «No quiero morir de esta enfermedad. Así que le digo a Dios que realmente es la hora para un milagro», dijo la actriz en ese filme, sin temor a que el público apreciase de cerca el deterioro de un físico que en el pasado hechizó a todo un país.

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La foto que realizó en 1976 Bruce McBroom, en la que aparecía la por entonces modelo sentada, con un inocente traje de baño rojo, con una amplia aunque algo forzada sonrisa, pero sin dejar atisbo de dudas sobre su escultural anatomía, vendió más de 12 millones de ejemplares y se convirtió en una de las imágenes icónicas de la década. Incluso la revista GQ nombró en 2007 ese póster como «la pieza de arte construida por el hombre más influyente en los últimos 50 años», imagen que ha parecido en películas como «Fiebre del sábado noche», «Encuentros en la tercera fase» o «Boogie Nights». Aún hoy día, comprar el póster a través de la página oficial de la actriz cuesta 100 dólares (71,6 euros).

Figura ineludible de la cultura popular, el característico peinado que lucía Jill Munroe, con la melena rubia a capas y las puntas peinadas hacia afuera, fue imitado hasta la saciedad, especialmente por las mujeres estadounidenses. De su faceta como intérprete destacan los tres candidaturas a los premios Emmy que logró, por la serie dramática «The Guardian» (2001), por la mini-serie «Small Sacrifices» (1989) y por la película para televisión «The Burning Bed» (1984). También consiguió seis nominaciones al Globo de Oro, por las dos últimas y por las películas para televisión «Poor Little Rich Girl: The Barbara Hutton Story» (1987), «Nazi Hunter: The Beate Klarsfeld Story» (1986), el filme «Extremities» (1986) y la serie de televisión «Los ángeles de Charlie» (1976). Hija de una ama de casa y un empresario petrolífero, Fawcett abandonó abruptamente la serie que le había llevado al éxito sólo un año después de comenzar su participación, y el desencuentro con los productores acabó con una demanda en los tribunales. Sus exigencias económicas eran mayores que los 10.000 dólares por episodio que cobraba.

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Fue sustituida por Cheryl Ladd, pero Fawcett volvió a aparecer en la serie tres veces más, como resultado del fallo judicial. Aunque durante su etapa de esplendor se negó a posar desnuda, la revista Playboy la convenció para dar ese paso en diciembre de 1995, un número que se convirtió en el más vendido de la publicación en la década, con más de cuatro millones de ejemplares. En lo personal, la actriz se casó con el también actor Lee Majors, muy popular en los 70 por la serie «El hombre de los seis millones de dólares», pero se separaron en 1979. Tres años después comenzó una relación con Ryan O’Neal («Love Story»), con quien tuvo un hijo, Redmond, en 1985. En las últimas horas de su vida, el actor le pidió de nuevo que se casara con ella, y la actriz, finalmente, accedió, aunque se desconoce si tuvieron tiempo de cumplir ese deseo.

El actor reveló, en una entrevista con el canal ABC prevista para mañana, viernes, que Fawcett era el amor de su vida. A pesar de que la intención original era mostrar el documental de su lucha contra el cáncer a su familia y allegados, la actriz decidió que lo emitiera la NBC porque pensó que su historia podría inspirar a la gente, según dijo Alana Stewart, su mejor amiga y productora de ese trabajo. El documental, según explicó O’Neal, comenzó «el fatídico día en el que Farrah llevó su pequeña cámara de vídeo al consultorio del médico. Y resultó ser el día en el que los médicos le dijeron que el cáncer, que ella creía superado, había reaparecido».

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En las últimas semanas, Fawcett recibió también la visita de Redmond, que está preso por violación de libertad vigilada en un caso de drogas, después de varios problemas con la ley. Padre e hijo fueron detenidos el pasado 17 de septiembre acusados de posesión de narcóticos. Todo ello conforma un destino que jamás pudo imaginar el «ángel de Charlie». Y mucho menos aquella joven del traje de baño rojo.

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