Jordan Vogt-Roberts o la aparición precoz de una mirada

Jordan Vogt-Roberts o la aparición precoz de una mirada

Jordan Vogt-Roberts no ha escrito ninguna de sus dos primeras películas, y sin embargo ambas están firmadas con una caligrafía tan reconocible que resulta imposible no atribuirles una autoría clara. Los reyes del verano y Kong: la isla de la Calavera comparten algo más profundo que un simple gusto estético: participan de un mismo clima, de una sensibilidad visual y sonora que las hermana y las sitúa dentro de un mismo territorio imaginario. Dos obras radicalmente distintas en escala, presupuesto y ambición industrial que, contra toda lógica, parecen dialogar como si fuesen fragmentos de un mismo universo emocional.

Desde la planificación visual hasta el uso del sonido y el montaje, ambas películas revelan una coherencia poco habitual en un cineasta debutante. Vogt-Roberts demuestra poseer eso que no se aprende en las escuelas ni se improvisa con oficio: una visión. No una suma de referencias, no una colección de gestos prestados, sino una intuición clara de cómo debe sentirse una película antes incluso de pensar cómo se cuenta. Esa capacidad de generar atmósfera, de envolver al espectador en un estado casi físico, es la señal más inequívoca de una personalidad creativa sólida.

El cine, como la historia se empeña en recordarnos, no siempre reconoce a sus talentos a tiempo. Durante décadas, Alfred Hitchcock fue considerado un mero artesano del suspense hasta que la crítica francesa —Bazin, Truffaut y compañía— se tomó el trabajo de mirar con atención lo que otros habían pasado por alto. No se trata de proclamar a Vogt-Roberts como heredero de nadie, ni de inflar comparaciones innecesarias, pero sí de advertir que estamos ante uno de esos casos en los que dos películas bastan para levantar una sospecha fértil: aquí hay algo.

Resulta especialmente revelador que Los reyes del verano y Kong: la isla de la Calavera no compartan ni temática ni contexto industrial. Una es un relato íntimo sobre la adolescencia, la huida y el deseo de fundar un mundo propio; la otra, una superproducción monstruosa anclada en el imaginario del cine de aventuras. Y, aun así, ambas respiran el mismo aire. Incluso trabajando con directores de fotografía distintos, Vogt-Roberts consigue imponer una unidad sensorial que atraviesa la imagen, el ritmo y el paisaje sonoro.

Sus planos no buscan la espectacularidad vacía, sino la inmersión. El montaje no acelera por ansiedad, sino que acompaña el pulso emocional de cada escena. El sonido, lejos de limitarse a ilustrar la acción, construye una atmósfera envolvente, casi táctil, que refuerza la dimensión bucólica y salvaje de sus mundos. Hay en su cine una manera muy precisa de transitar entre lo serio y lo cómico, de permitir que ambos registros convivan sin anularse ni ridiculizarse mutuamente. El humor no rebaja el drama, y el drama no asfixia la ligereza.

Ese equilibrio tonal es, quizá, una de sus mayores virtudes. Vogt-Roberts entiende que el cine no tiene por qué elegir entre solemnidad y juego, entre gravedad y aventura. Sus películas avanzan por esa frontera con una naturalidad poco común, como si el tono no fuese una decisión estratégica, sino una consecuencia orgánica del relato.

Es evidente que Jordan Vogt-Roberts todavía tiene mucho que demostrar. Dos películas no construyen una filmografía, ni garantizan una trayectoria. Pero también es cierto que no todos los directores dejan huellas tan claras desde el primer paso. Desde Cinematte Flix creemos que estamos ante uno de esos nombres que conviene seguir con atención, no por lo que ya ha hecho, sino por lo que promete. Su próxima película no será simplemente un estreno más: será la prueba definitiva de si esta mirada precoz está destinada a consolidarse como una de las voces creativas más singulares del cine contemporáneo.

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