Zathura (2005)
Existe una nobleza secreta en aquellas películas destinadas al público infantil que se niegan a tratar a los niños como seres incapaces de comprender las emociones complejas. Zathura pertenece a esa tradición casi spielbergiana donde la aventura es solamente el disfraz luminoso de algo mucho más importante. Bajo los meteoritos, los robots averiados, los Zorgons y las inmensidades del cosmos, la película de Jon Favreau narra, en realidad, la lenta reconciliación de dos hermanos condenados a compartir una misma existencia.
Lo admirable es que nunca predica. Nunca convierte su discurso en una lección moral. El amor fraternal surge como una consecuencia natural del peligro compartido. Los pequeños Walter y Danny comienzan la historia separados por las discusiones cotidianas, por las rivalidades infantiles y por esa incapacidad para comprender que el otro constituye, en el fondo, una parte esencial de uno mismo. El espacio exterior acaba transformándose en un territorio iniciático donde ambos descubren que sobrevivir significa permanecer juntos.

No es casualidad que el guion estuviera firmado por David Koepp, uno de los colaboradores más importantes de Steven Spielberg. Koepp había participado en obras fundamentales como Jurassic Park, The Lost World: Jurassic Park o War of the Worlds, y en todas ellas existe una constante que también recorre Zathura: el espectáculo nunca es el destino, sino el vehículo. Los dinosaurios o los trípodes marcianos, en realidad, excusas para hablar de padres e hijos, de familias fracturadas o de seres humanos obligados a reencontrarse.
En ese sentido, Zathura parece una película nacida directamente del espíritu de Spielberg. Su cámara contempla la maravilla desde la mirada del niño, convierte el hogar en un escenario extraordinario y entiende que el cine fantástico alcanza su verdadera grandeza cuando sirve para expresar sentimientos reconocibles. Incluso el astronauta interpretado por Dax Shepard parece una variación de aquellos adultos perdidos que abundaban en el cine del creador de E.T., hombres condenados a redescubrir aquello que habían olvidado.
Vista desde 2026, la película adquiere una resonancia inesperada gracias al reciente estreno de The Mandalorian & Grogu. El regreso de Jon Favreau al gran formato con la pareja formada por Din Djarin y Grogu confirma que el director sigue fascinado por las historias de dos seres diferentes obligados a convertirse en una familia improvisada. La nueva aventura galáctica continúa esa sensibilidad emocional que ya estaba presente en Zathura, donde los planetas lejanos, las criaturas imposibles y las batallas espaciales importaban menos que los vínculos afectivos entre sus protagonistas.
La odisea de Walter y Danny por el universo guarda, además, una curiosa semejanza con la travesía de Mando y Grogu. Ambos relatos hablan de compañeros que comienzan unidos por la obligación y terminan descubriendo una forma de amor capaz de trascender cualquier parentesco biológico. En un caso son dos hermanos; en el otro, un guerrero y una pequeña criatura de enormes ojos. Pero el corazón de ambas historias es idéntico. Favreau parece entender que las grandes epopeyas espaciales no son las que recorren millones de años luz, sino aquellas que reducen la inmensidad del cosmos a un gesto íntimo de protección y afecto.

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Quizá por eso Zathura posee una calidez que muchas superproducciones contemporáneas han perdido. Rodada con efectos físicos, miniaturas y un sentido artesanal del espectáculo, conserva esa textura tangible del cine familiar de los años ochenta. No aspira a revolucionar nada. No pretende ser trascendental. Se limita a recordarnos una verdad que los niños entienden mejor que los adultos: cuando el universo parece inmenso y aterrador, tener a un hermano al lado puede convertirse en la más extraordinaria de las aventuras.
Y tal vez ahí resida su verdadera grandeza. Porque mientras muchas películas sueñan con conquistar galaxias enteras, Zathura comprendió que la estrella más difícil de alcanzar siempre ha sido el corazón del otro.




