Radiografía de las casas de apuestas junto a centros educativos
Murcia ostenta el infausto título de ser la comunidad autónoma con mayor número de casas de apuestas por habitante en toda España. Detrás de esta proliferación, el Grupo Orenes domina el sector, beneficiándose de sus estrechas relaciones con el gobierno regional del Partido Popular, cuyos favores y concesiones han sido ampliamente documentados.
Estos establecimientos, que bien podrían definirse más como bares que como meros centros de juego, se emplazan estratégicamente en barrios donde la vulnerabilidad social favorece su actividad. En zonas como San Andrés, San Antolín y San Antón, donde predomina una población de clase media-baja, los salones de apuestas abundan. Uno de ellos se sitúa a escasos metros del Instituto de Educación Secundaria Miguel de Cervantes, cuya oferta educativa incluye tanto ESO y Bachillerato como grados básicos de Formación Profesional. La proximidad no parece casual: la captación de nuevos clientes se orienta claramente hacia la juventud, un sector particularmente propenso a desarrollar adicciones.
A diario, la clientela de estos locales refleja el impacto del juego en distintos estratos sociales. Se pueden distinguir tres grupos predominantes:

— Jubilados que frecuentan el establecimiento a media tarde, generalmente para consumir café a precios anormalmente bajos, una estrategia de fidelización orientada a normalizar el ambiente y atraer nuevos jugadores.
— Hombres de mediana edad con aspecto deteriorado, muchos de ellos víctimas evidentes de múltiples adicciones. La ludopatía se suma a una espiral de degradación que les ha consumido física y emocionalmente.
— Jóvenes, algunos posiblemente menores de edad, con vestimenta deportiva y cadenas de bisutería dorada. Pasan horas en la puerta o dentro del local, dejando entrever un porvenir incierto. Resulta imposible no establecer un paralelismo inquietante entre los estudiantes que cruzan la calle para asistir a clase y aquellos que se deslizan hacia la otra orilla, la del vicio y la desesperanza.
La presencia policial es esporádica, pero las escenas que se viven en estos locales reflejan la crudeza de la adicción: mujeres que intentan sin éxito rescatar a sus parejas del juego, individuos en evidente estado de embriaguez tambaleándose hasta la puerta, conversaciones entre jóvenes sobre negocios ilícitos con una naturalidad alarmante. El ambiente que rodea estos lugares es un microcosmos de precariedad, donde las esperanzas de unos pocos se reducen a la ilusión de un golpe de suerte, mientras la realidad los devora.
El fenómeno de la ludopatía no es azaroso. Los jugadores son, en su mayoría, personas vulnerables que ven en el juego una vía de escape: la ignorancia y la juventud los hacen presa fácil del espejismo de riqueza inmediata; la miseria y la desesperación los impulsan a arriesgar lo poco que tienen; la angustia psicológica los empuja a sumergirse en la única distracción que les anestesia el dolor. En todos los casos, son carne de cañón para una industria diseñada para exprimir hasta el último recurso de quienes menos pueden permitírselo.
Así, las casas de apuestas no solo ofrecen alcohol barato y ubicaciones estratégicas, sino que prosperan a costa de la fragilidad humana. Mientras tanto, sus beneficios se disparan y los responsables políticos facilitan su expansión con una permisividad cómplice, permitiendo que el destino de cientos de personas quede sellado en el brillo artificial de una pantalla y el giro inexorable de una ruleta.