Spider-noir o la penumbra innecesaria de un héroe solar

En estos tiempos de sobreproducción febril y catálogos infinitos, el vértigo ha sustituido a la imaginación. Las plataformas no compiten por contar mejor las historias, sino por envolverlas en una pátina de gravedad que las haga parecer más importantes de lo que son. Y en esa carrera por la “madurez” —palabra que hoy se pronuncia con la solemnidad de un dogma— Amazon y ciertos arquitectos del multiverso arácnido han decidido vestir de sombra a un personaje que nació precisamente para iluminar.

Spider-Man no es Batman. Nunca lo fue ni lo necesitó. Su grandeza no radica en la noche, sino en el amanecer. Es un héroe que tropieza, que bromea mientras cae desde un rascacielos, que convierte la culpa en responsabilidad y el dolor en impulso vital. Su universo está tejido con el color primario de los cómics clásicos, con la energía adolescente que no pide permiso para existir. Oscurecerlo no es hacerlo más profundo; es negarle su naturaleza.

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Sin embargo, el streaming ha instaurado una tendencia curiosa: ante la saturación de propuestas, la solución parece consistir en girar cada concepto hasta hacerlo irreconocible. Si algo fue luminoso, ahora debe ser sombrío. Si fue ligero, debe volverse áspero. La adultez se confunde con la opacidad; la complejidad, con la ausencia de luz. Y así, el héroe que conquistó al público por su humanidad vibrante se convierte en un primo lejano de los vigilantes de callejón húmedo, como si Manhattan debiera parecer Sin City para justificar su existencia.

El precedente es claro. Cuando Disney quiso revestir Star Wars de gravedad política con Andor, lo hizo con indudable calidad formal, pero desplazando el espíritu mítico que definía la saga. El resultado fue un producto sólido, sí, pero ajeno al pulso épico y casi infantil —en el mejor sentido de la palabra— que convirtió a la franquicia en rito generacional. Ahora la tentación es repetir la operación con el trepamuros: sofisticarlo, ennegrecerlo, despojarlo de su ironía juvenil, como si el color fuese un pecado estético.

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Detrás de esta maniobra hay una intuición de mercado: existe un público joven que asocia oscuridad con profundidad. Que cree que el blanco y negro —real o metafórico— concede automáticamente prestigio cultural. No importa tanto lo que se dice como el tono grave con que se pronuncia. La forma sustituye al fondo. La negrura basta para sentirse iniciados en una supuesta madurez.

Pero Spider-Man no necesita prostituir su esencia para sobrevivir en el océano del contenido diario. Su fortaleza está en lo contrario: en la mezcla de tragedia y esperanza, en la carcajada lanzada en mitad del peligro, en la elasticidad emocional que convierte cada caída en aprendizaje. Si algo lo ha mantenido vigente durante décadas es su capacidad para conectar con la alegría, no con el nihilismo.

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El futuro del personaje no pasa por disfrazarlo de antihéroe taciturno, sino por comprender que la luz también puede ser adulta. Que el color puede ser sofisticado. Que la ironía es una forma elevada de inteligencia. En un panorama saturado de sombras impostadas, quizá la verdadera revolución consista en reivindicar el brillo.

Porque si el mercado exige convertir a cada icono en su versión más turbia para llamar la atención, el riesgo no es que Spider-Man pierda su inocencia: es que el público olvide que la grandeza también puede vestirse de rojo y azul.

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