Un puente de silicio entre pasado y futuro: evolución visual y jugable de Marathon

En 1994, Marathon no era simplemente un shooter en primera persona: era un laboratorio narrativo disfrazado de videojuego. Mientras otros títulos se limitaban a ofrecer corredores y enemigos como obstáculos funcionales, Bungie diseñó un sistema donde el espacio tenía densidad moral, donde las inteligencias artificiales no eran decoración sino personajes con voluntad propia, y donde el jugador avanzaba no solo disparando, sino leyendo, interpretando, sospechando.

A nivel técnico, su motor trabajaba con geometría pseudo-3D, sprites bidimensionales incrustados en estructuras tridimensionales y una arquitectura de niveles que permitía verticalidad, superposiciones y diseños no lineales inusuales para su tiempo. El uso del ratón para mirar libremente, la física balística diferenciada y la gestión de oxígeno en ciertos mapas construían una experiencia más sistémica que arcade. No era velocidad por sí misma: era espacio pensado.

Treinta años después, la reinterpretación de Marathon para PlayStation 5 no busca replicar aquella estructura, sino mutarla. El pasillo cerrado se transforma en ecosistema competitivo; el aislamiento narrativo deviene tensión multijugador. Donde antes había progresión lineal con capas filosóficas, ahora emerge un extraction shooter donde la partida es un riesgo calculado: entrar, saquear, sobrevivir, escapar.

Arquitectura del espacio: del laberinto al territorio

El Marathon original concebía el nivel como un mecanismo cerrado. Cada sala estaba pensada como pieza de una maquinaria mayor, con rutas alternativas, trampas espaciales y diseño vertical que obligaba al jugador a orientarse mentalmente. El mapa no era un fondo: era un sistema lógico.

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En la nueva versión, el espacio se convierte en territorio disputado. Ya no es un enigma estático sino una superficie dinámica donde confluyen jugadores humanos, IA hostil y variables de extracción. El diseño abandona la clausura para abrazar la incertidumbre. Técnicamente, esto implica redes sincronizadas, persistencia parcial de progreso, balance dinámico de recompensas y gestión de riesgo sistémico. La arquitectura deja de ser únicamente geométrica para volverse probabilística.

Inteligencia artificial: de personaje a sistema

En 1994, Durandal y las otras IA no eran simples dispensadores de misión. Eran entidades textuales con identidad, casi antagonistas metafísicos. Su profundidad emergía del lenguaje escrito, del tono, de la ambigüedad. Era una sofisticación narrativa más que algorítmica.

En la versión contemporánea, la inteligencia artificial opera a dos niveles: como entidad de mundo (enemigos con rutinas complejas, patrullaje reactivo, lectura de amenazas) y como estructura sistémica que regula el equilibrio del entorno. Ya no es solo personaje: es infraestructura invisible que mantiene la tensión constante. La evolución aquí no es solo tecnológica; es conceptual.

Visualidad: del sprite al espectro lumínico

El Marathon original trabajaba con limitaciones que se convirtieron en estilo: texturas austeras, iluminación plana, contraste marcado. Esa sequedad técnica generaba una atmósfera fría, casi clínica. El vacío era parte de la estética.

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En PlayStation 5, el nuevo Marathon despliega shaders volumétricos, iluminación dinámica, densidad de partículas, materiales con respuesta física y retroalimentación háptica. La superficie ya no es sugerida: es táctil. El arma vibra con personalidad propia; el entorno responde con ecos visuales y sonoros. Si el original insinuaba un universo tecnológico, la nueva versión lo materializa con una fisicidad casi quirúrgica.

Jugabilidad: del avance a la economía del riesgo

El Marathon clásico se estructuraba en objetivos claros: sobrevivir, activar terminales, derrotar enemigos. El desafío era espacial y táctico. Cada nivel era una pieza cerrada con principio y fin.

El nuevo diseño introduce economía, extracción, pérdida permanente potencial y progresión metajuego. Cada incursión implica cálculo estratégico. El jugador ya no solo domina el mapa; gestiona recursos, reputación, riesgo y beneficio. La experiencia se desplaza del simple avance a la toma de decisiones bajo presión.

Retórica de la evolución

Si el Marathon de 1994 era un monólogo existencial en corredores metálicos, el Marathon de 2026 es un diálogo competitivo en un universo compartido. Uno reflexionaba sobre la conciencia artificial desde la soledad; el otro explora la supervivencia en red, donde cada encuentro humano añade imprevisibilidad.

No es una sustitución, sino una transformación. El primero representaba el misterio interior del código; el segundo encarna la complejidad exterior de los sistemas conectados. Ambos, sin embargo, comparten una misma obsesión: convertir el espacio digital en tensión dramática.

En esa continuidad se encuentra el verdadero nexo. Marathon no corre hacia adelante; se reconfigura. Y quizá esa sea su esencia más fiel: la idea de que el futuro no consiste en repetir el pasillo, sino en expandirlo hasta que el propio jugador forme parte del engranaje.

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