El alma de Nintendo: un viaje a través del tiempo y el juego | De NES a Switch 2

El alma de Nintendo: un viaje a través del tiempo y el juego

Hubo un tiempo en que el videojuego era una promesa, un destello intermitente en la penumbra de los salones recreativos. En los años 80, cuando la fiebre de las monedas y los neones dominaba los sueños de los niños, llegó la NES. No era solo una consola, era un portal: el puente que llevó la adrenalina del arcade al calor del hogar. Con ella, la diversión dejó de depender del tiempo que quedaba en una ficha; ahora, el juego era una invitación perpetua, un reino donde cada botón pulsado era un grito de asombro.

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Los 90 trajeron consigo la Super Nintendo y, con ella, el videojuego dejó de ser un reto inmediato para convertirse en una epopeya. La tecnología permitió que los píxeles dibujaran historias, que los mundos tuvieran profundidad, que el jugador no solo saltara de plataforma en plataforma, sino que se sumergiera en aventuras que hablaban de heroísmo, de exploración, de emociones genuinas. Con cada cartucho, la infancia se expandía en direcciones insospechadas.

Luego vino la Nintendo 64, y con ella la tercera dimensión. De repente, los castillos podían recorrerse en todas sus esquinas, los campos se extendían hasta donde la vista alcanzaba, y el mando en las manos era el timón de una travesía sin precedentes. La realidad ya no era solo observada en la pantalla, sino sentida, explorada, dominada por la voluntad del jugador.

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GameCube tomó aquella promesa y la refinó. Con su potencia discreta y su diseño audaz, la consola transformó lo técnico en arte, elevando la experiencia a nuevas alturas. No se trataba solo de gráficos o potencia bruta, sino de perfeccionar la esencia del videojuego en cada textura, en cada historia, en cada desafío.

Entonces llegó la Wii y con ella, la revolución. Nintendo miró hacia atrás, a los tiempos del arcade, y recordó que el videojuego no era solo un viaje solitario, sino una celebración compartida. Con un simple giro de muñeca, cualquiera, sin importar edad o experiencia, podía ser parte del juego. El videojuego volvió a ser físico, volvió a reunir, volvió a sorprender.

La Wii U fue un susurro de lo que vendría. Un experimento, una visión temprana de la fusión entre lo portátil y lo doméstico. Su legado fue más conceptual que comercial, pero en sus circuitos se gestaba la promesa de un futuro donde las barreras entre jugar en casa o en cualquier otro lugar se desdibujarían.

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Y entonces llegó la Switch. Nintendo había aprendido la lección y perfeccionó la visión. Con un solo movimiento, la consola se adaptaba al momento, al jugador, al espacio. La frontera entre lo portátil y lo doméstico se disipó para siempre. Y con ella, la compañía encontró su mayor éxito, no en la potencia, sino en la versatilidad, en la idea de que jugar no debía estar condicionado por dónde, sino por cómo.

Mañana, el círculo se cierra. Nintendo Switch 2 aterriza en nuestras manos con un mensaje claro: el hardware ya no es la estrella. Nintendo ha puesto un «2» en su consola por primera vez, no como una secuela cualquiera, sino como la declaración de que ya no busca sorprender con lo que la máquina puede hacer, sino con lo que el juego mismo puede ser. Es el fin de un viaje y el comienzo de otro.

Porque Nintendo nunca ha sido solo tecnología, gráficos o potencia. Ha sido, es y será, la chispa que enciende la imaginación, el arte de transformar botones en emociones, el hilo invisible que conecta generaciones enteras en un mismo acto: el de jugar.

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