La ilusión infinita y el precio invisible: IA, videojuegos y el silencio de los oficios
Hay algo hipnótico en la promesa: entrar en un videojuego y que cada personaje nos hable como si nos conociera desde la infancia, que el mundo se pliegue a nuestro humor, que la aventura camine a nuestro ritmo emocional. Una fantasía de intimidad algorítmica donde nada se repite y todo parece escrito para nosotros. La tecnología, con su sonrisa de neón, nos susurra que el milagro ya está aquí.
Y sin embargo, bajo esa superficie luminosa, late una pregunta incómoda, casi indecente en medio del entusiasmo: ¿quién deja de estar cuando la máquina empieza a improvisar?
Durante décadas, los mundos virtuales fueron levantados por ejércitos invisibles de guionistas, diseñadores narrativos, artistas de entornos, músicos, modeladores, actores de doblaje. Gente que no solo producía contenido, sino mirada, intención, memoria cultural. La nueva ola de IA generativa promete personajes que conversan sin guion, misiones que se escriben solas, paisajes que brotan de una frase tecleada al vuelo. Lo que antes requería meses de trabajo coral ahora se presenta como un proceso automatizado, escalable, inagotable.
La palabra mágica es eficiencia. La palabra que no se pronuncia es sustitución.

Cuando un NPC ya no necesita un escritor que piense su biografía, su tono, su silencio, sino un modelo entrenado con millones de textos, el ahorro no es solo presupuestario: es humano. Cuando una textura se genera en segundos a partir de una descripción, hay un artista menos afinando luz, materia y atmósfera. Cuando la música se adapta proceduralmente al estado emocional del jugador, hay un compositor menos negociando con el misterio de una melodía irrepetible.
Se nos vende como expansión creativa, pero en demasiados despachos huele a recorte elegante.
El discurso oficial habla de herramientas que “liberan” a los creadores de tareas repetitivas. Y es cierto: la IA puede ser un aliado formidable. Pero la frontera entre asistir y reemplazar es tan fina como una línea de código. En una industria sometida a plazos brutales y a la presión constante de maximizar beneficios, la tentación de reducir equipos y delegar en sistemas generativos no es una distopía futura: es una hoja de cálculo.
Mientras tanto, el jugador —nosotros— quedamos fascinados ante la experiencia personalizada. Juegos que detectan nuestra frustración, que ajustan la dificultad a nuestro pulso, que modelan nuestras preferencias como un sastre invisible. Somos el centro de todo… y, a la vez, el pretexto perfecto. Porque en nombre de nuestra inmersión total se justifica una producción cada vez más deshumanizada en su trastienda.
La paradoja es cruel: mundos virtuales más “vivos” creados con menos vidas implicadas en su construcción.

Apoyar esta revolución tecnológica sin matices es aceptar que el arte interactivo se convierta, poco a poco, en un flujo automático de estímulos optimizados. Dudemos. No por nostalgia, sino por dignidad cultural. Porque un videojuego no es solo un sistema que responde: es también la huella de quienes lo imaginaron desde su biografía, sus miedos, su sentido del humor, su forma única de entender la belleza y el conflicto.
Si la IA termina siendo el nuevo gran estudio invisible que lo produce todo, corremos el riesgo de habitar universos infinitos… y cada vez más parecidos entre sí en su vacío de experiencia humana real.
La cuestión no es frenar el avance, sino decidir quién manda en él. Si la tecnología se usa para amplificar la voz de los creadores, estaremos ante una edad de oro híbrida y fértil. Si se usa, sobre todo, para abaratar costes y diluir oficios, entonces la industria habrá ganado eficiencia y perdido alma.
Y un videojuego sin alma, por muy adaptativo que sea, no deja de ser un espejo brillante que ya no refleja a nadie.



