Cuando lo visual enceguece y lo emocional se diluye: Los Cinco de Nicolas Winding Refn
Disponible en RTVE PLAY
Hay adaptaciones que nacen para dialogar con un clásico y otras que, sin pretenderlo, lo embalsaman en una vitrina de lujo. La nueva versión televisiva de Los Cinco, impulsada por Nicolas Winding Refn, pertenece —con dolorosa elegancia— a esta segunda categoría: una obra de impecable presencia formal que, sin embargo, parece haber olvidado dónde latía el corazón de Enid Blyton.

Desde el primer plano se percibe la ambición estética. La campiña inglesa se despliega como una postal en movimiento, los cielos tienen esa densidad pictórica de óleo húmedo y cada encuadre parece compuesto con la precisión de quien no quiere rodar una serie juvenil, sino un recuerdo idealizado de la infancia europea. La luz acaricia praderas, acantilados y senderos con una pureza casi publicitaria. Todo es hermoso. Todo es perfecto. Todo está, quizá, demasiado calculado.
El problema es que la aventura no vive de la perfección, sino del impulso.
Enid Blyton nunca escribió desde la solemnidad ni desde la obsesión estética. Sus historias eran directas, cálidas, impulsadas por el hambre de mundo de unos niños que corrían más que pensaban y sentían más de lo que explicaban. Había torpeza, risas, peligro ingenuo y una amistad que no necesitaba subrayados musicales ni silencios trascendentales. Era literatura de bocadillo envuelto en papel, de bicicleta apoyada en un seto, de merienda improvisada frente al misterio.
La versión de Refn, en cambio, parece mirar a los personajes como figuras dentro de un diorama exquisito. Se mueven con corrección, hablan con pulcritud, atraviesan paisajes majestuosos… pero rara vez vibran. La emoción no fluye: se posa. Y cuando la emoción se posa en lugar de brotar, se convierte en decoración.

A esta distancia emocional se suma otro fenómeno profundamente contemporáneo: la deconstrucción sistemática de los personajes clásicos. En su afán por actualizar comportamientos, sensibilidades y representaciones, la serie reconfigura al grupo hasta volverlo irreconocible. La diversidad racial, el reajuste de roles de liderazgo, la reformulación de temperamentos y dinámicas internas, e incluso la manera en que los niños se relacionan con el peligro y la autoridad, responden más a un marco ideológico actual que a la lógica emocional de la obra original.
El resultado no es necesariamente cuestionable en intención, pero sí en consecuencia dramática: ya no estamos ante aquel grupo de niños impulsivos, imprudentes y maravillosamente inconscientes que se lanzaban a la aventura con una mezcla de ingenuidad y valentía casi instintiva. Aquí los personajes parecen diseñados para representar ideas antes que para vivir peripecias. Son correctos, conscientes, alineados con sensibilidades contemporáneas… y, paradójicamente, menos libres.

La camaradería, que en Blyton era fricción, complicidad y espontaneidad, se convierte en una armonía programática donde cada rasgo parece calibrado para no desentonar con el presente. Pero la infancia —la real y la literaria— nunca fue tan equilibrada. Fue torpe, exagerada, visceral. Fue un territorio donde la amistad se forjaba en la aventura, no en la pedagogía emocional implícita.
Incluso las decisiones musicales y de atmósfera refuerzan esa sensación de artificio. Hay una voluntad clara de modernizar, de estilizar, de hacer que Los Cinco dialoguen con una sensibilidad audiovisual contemporánea. Pero en ese proceso se pierde la textura emocional de lo sencillo. Se gana diseño; se pierde latido.
Y es ahí donde la serie se convierte en un síntoma de su tiempo.
Vivimos una era en la que la industria domina como nunca el acabado visual: cámaras extraordinarias, etalonajes impecables, paisajes convertidos en experiencias de alta definición. Pero esa abundancia técnica no garantiza memoria. La infancia, la aventura, el descubrimiento… no se construyen con simetría, sino con desorden vital. Con tierra en las rodillas. Con miedo real y valentía improvisada.

Esta versión de Los Cinco es, sin duda, un objeto audiovisual bello, pulido, respetuoso en apariencia. Pero al intentar actualizarlo todo —rostros, dinámicas, discursos, equilibrios— ha terminado por desplazar aquello que no necesitaba ser corregido: la energía primaria de la amistad infantil enfrentándose al mundo con curiosidad y atrevimiento.
Así, lo que debía ser una puerta abierta a la imaginación se convierte en una vitrina luminosa que se admira… sin llegar a tocar. Y en esa distancia, tan elegante como fría, se extravía la esencia de Blyton: ese temblor sencillo que no necesitaba estilización porque ya estaba vivo.



