La caridad meteorológica y el invierno moral

Hay algo profundamente revelador —y dolorosamente coherente— en el modo en que reaccionamos ante el frío. Basta una alerta naranja, una ráfaga de viento con nombre propio, una noche de termómetros hundidos, para que las ciudades recuerden de pronto que existen los cuerpos que duermen a la intemperie. Entonces se abren pabellones, se improvisan albergues, se reparten mantas con la urgencia teatral de quien quiere llegar a tiempo a una fotografía moral.

Y, sin embargo, cuando la temperatura deja de ser titular, la compasión vuelve a hibernar.

Durante unos días, la indigencia adquiere estatuto de emergencia climática; el resto del año, vuelve a ser simple paisaje urbano. Un bulto en un cajero. Una silueta bajo un puente. Una figura inmóvil que aprendimos a no mirar con la misma disciplina con la que ignoramos una grieta en la pared: sabemos que está ahí, pero preferimos no calcular su profundidad.

Se diría que no hemos construido una ética, sino un sistema de reacción térmica.

Muchos de quienes hoy ocupan esos pabellones abiertos de urgencia llevaban meses —años— atravesando las mismas calles que nosotros. Algunos arrastran adicciones, sí. Otros padecen enfermedades mentales que nadie quiso tratar cuando aún era posible. Muchos más, sencillamente, no pudieron pagar un alquiler que subía con la misma alegría con la que bajaban sus oportunidades. No son un fenómeno meteorológico. Son el resultado de decisiones económicas, políticas y sociales perfectamente estables en el tiempo.

Pero preferimos pensar que el problema es el frío, no el abandono.

98-2-1024x576 La caridad meteorológica y el invierno moral

Nos gusta la solidaridad episódica porque no cuestiona nuestro modo de vida. Donar una manta no obliga a preguntarse por qué la vivienda se ha convertido en un lujo especulativo. Llevar café caliente una noche no nos enfrenta al hecho de que hemos aceptado como normal que miles de personas no tengan acceso estable a un techo y a un plato de comida en sociedades que baten récords de consumo, de turismo y de beneficios empresariales.

Es más cómodo combatir el hielo que la estructura.

Mientras tanto, cultivamos una identidad moral de escaparate. Nos tranquiliza exhibir diversidad en forma de amistades, banderas o consignas aprendidas, como si la justicia social fuese una colección de medallas que se lucen en la solapa digital. Defendemos grandes causas en abstracto —fronteras, discursos, símbolos— pero nos volvemos de mármol ante la miseria concreta que habita a dos metros de la terraza donde tomamos café de especialidad.

La empatía se nos ha vuelto conceptual, pero no práctica.

Vivimos obsesionados con el cuerpo propio y desentendidos del cuerpo social. Endurecemos el abdomen, perfeccionamos la sonrisa, acumulamos objetos que prometen una identidad más nítida —zapatillas, relojes, tatuajes con alfabetos que no entendemos— mientras a nuestro alrededor se deshilacha la red mínima que permite a una comunidad llamarse humana. Nos hemos especializado en el autocuidado estético y hemos delegado el cuidado real en instituciones desbordadas, burocracias fatigadas y ONGs que funcionan como parches de un sistema que hace aguas.

Hemos confundido bienestar con blindaje.

Y en ese proceso se ha ido erosionando algo más hondo que la política: la noción misma de responsabilidad compartida. No hace falta invocar necesariamente la fe o la religión, (tampoco hace falta detestarla), para percibir la pérdida; basta con hablar de ética, de esa antigua intuición de que el otro no es un estorbo en nuestro encuadre vital, sino la condición misma de nuestra dignidad. Cuando una sociedad tolera que miles de personas vivan y mueran en la calle mientras debate con pasión sobre tendencias, marcas y polémicas efímeras, no está fallando en eficiencia: está fallando en humanidad.

El verdadero aviso naranja no está en el cielo, sino en nuestra conciencia.

Abrimos pabellones cuando hiela, pero hemos cerrado, poco a poco, las habitaciones interiores donde antes habitaban la compasión sostenida, la vergüenza moral y el deber hacia el prójimo. Nos hemos alejado de toda forma de trascendencia —religiosa o laica— que nos recuerde que la vida no se mide solo en logros individuales, sino en la red de cuidados que somos capaces de tejer.

Y así, sin darnos cuenta, nos hemos convertido en administradores eficientes de un mundo brillante por fuera y devastado por dentro, orgullosos de nuestros avances mientras aprendemos a convivir con el escándalo cotidiano de seres humanos tratados como residuo estacional.

Quizá el frío más peligroso no sea el de enero, sino el que ya no sentimos cuando pasamos junto a alguien que lo está perdiendo todo.

Puede que te hayas perdido esta película gratuita