Marathon o el extraño arte de resucitar antes de nacer

Cuando fue presentado, Marathon apareció envuelto en un aura de sofisticación casi insolente. Bungie —nombre sagrado para cualquier devoto del disparo en primera persona gracias a Halo y al pulso mecánico de Destiny— prometía reinventar el “extraction shooter” con una identidad visual tan quirúrgica como seductora. Colores planos, geometrías limpias, interfaces minimalistas: una ciencia ficción que parecía diseñada por arquitectos del futuro tras una dieta estricta de neón y silencio.

Pero la ilusión se agrietó pronto. Las polémicas por supuestos plagios estéticos y la sombra alargada del fracaso de Concord instalaron un clima de desconfianza alrededor del proyecto. El público, cada vez más escéptico ante los shooters como servicio, empezó a mirar a Marathon como otro experimento condenado a llegar tarde a una fiesta que ya se estaba apagando. De estrella prometedora pasó a convertirse en advertencia industrial.

Y, sin embargo, algo cambió.

En este arranque de 2026, Marathon ha vuelto a escalar posiciones en las listas de deseos digitales. No con estruendo, sino con una persistencia silenciosa, como esas películas que el público redescubre años después de haber sido ignoradas. La pregunta es inevitable: ¿qué está pasando?

Parte de la respuesta está, sin duda, en su estética. En un mercado saturado de interfaces recargadas, texturas hiperrealistas y menús que parecen cabinas de avión, Marathon propone una limpieza casi insolente. Su diseño visual, heredero lejano de Tron, convierte cada escenario en un espacio legible, elegante, casi abstracto. No se trata solo de belleza: es claridad jugable. El ojo descansa y, al hacerlo, apunta mejor. En tiempos de sobrecarga sensorial, la síntesis se siente revolucionaria.

Captura-de-pantalla_26-1-2026_21452_www.youtube.com_-1024x496 Marathon o el extraño arte de resucitar antes de nacer

Pero reducir el resurgir de Marathon a su apariencia sería un error. La verdadera fe renovada se apoya en algo más profundo: el gunplay. Bungie sigue siendo, para muchos, la casa donde disparar se convirtió en una experiencia casi musical. Hay estudios que diseñan armas; Bungie diseña sensaciones. El retroceso, el sonido, la cadencia, la manera en que un enemigo cae: todo forma parte de una coreografía invisible que convierte el combate en una forma de ritmo.

Los avances recientes y las pruebas cerradas han dejado entrever que esa alquimia sigue intacta. En un género donde la progresión, los sistemas y la monetización suelen eclipsar la acción pura, Marathon parece recordar una verdad elemental: si disparar no es placentero, nada más importa. Y cuando lo es, el jugador perdona casi todo.

También influye el contexto. Tras varios tropiezos sonados en el terreno de los shooters como servicio, el público ya no se deja seducir por promesas grandilocuentes. Busca identidad. Busca propuestas que no parezcan diseñadas por comité. En ese paisaje, la personalidad tan marcada de Marathon —visual, sonora, mecánica— empieza a jugar a su favor. Lo que antes parecía rareza ahora se percibe como carácter.

Captura-de-pantalla_26-1-2026_21538_www.youtube.com_-1024x523 Marathon o el extraño arte de resucitar antes de nacer

Así, el juego que fue señalado como síntoma de agotamiento se está convirtiendo, poco a poco, en posible excepción. No porque haya desaparecido el riesgo, sino porque su propuesta resulta cada vez más singular en un mercado que se homogeneiza a velocidad industrial.

Marathon aún no ha demostrado nada definitivo. Sigue siendo una promesa, y las promesas en esta industria tienen fecha de caducidad corta. Pero su viaje anticipado —del entusiasmo al escepticismo y de ahí a una nueva fascinación— revela algo más amplio: incluso en la era de la desconfianza permanente, todavía hay espacio para que una obra recupere su luz.

A veces no se trata de gritar más fuerte, sino de brillar distinto. Y en ese resplandor frío, geométrico y casi silencioso, Marathon ha vuelto a hacerse visible.

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